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Querido Enemigo por Alexandra Seller

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1Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Querido Enemigo por Alexandra Seller Mar 27 Ene 2009, 17:03

Martha.

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El ultimo trabajo que habían asignado a la detective privada Elain Owen la estaba volviendo loca. A medida que intentaba resolver el misterio, la lista de sospechosos crecía cada vez más. ¿Cómo iba poner en su informe que los culpables eran un fantasma travieso y una gata aficionada al whisky?

Para complicar las cosas, estaba el irresistible Math Powys. Como propietario del local incendiado, y poseedor de una póliza de seguros, él era el principal sospechoso, Sin embargo, el corazón le dictaba que no podía ser culpable. A no ser que lo acusaran de provocar un incendio en ella cada vez que la miraba...

2Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 1 Mar 27 Ene 2009, 17:22

Martha.

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EL PUEBLO estaba situado en la desembocadura de un río, cerca del puente Pontdewi, del que tomaba su nombre. La carretera principal pasaba sobre el puente en dirección hacia el mar, que se encontraba a dieciséis kilómetros. Elain tomó la única desviación del pueblo, un camino estrecho que llevaba al sur, siguiendo el curso del río.

De repente se encontró en otro mundo, ascendiendo por la garganta de un viejo y musgoso río, flanqueado por hayas y robles. Más abajo., y a la derecha, se oía el discurrir del agua sobre las rocas y entre los árboles. A la izquierda, aparecían diminutos campos verdes cercados con vallas de piedra, que se extendían hacia el bosque. El blanco de las ovejas contrastaba con el color de la hierba, y se podían ver árboles esparcidos por todas partes. El bosque estaba invadido por plantas foráneas, hileras de oscuras coníferas bajo el brumoso cielo. Pero en el margen derecho, aparecían los viejos robles, fresnos y hayas, propios del lugar. Pronto desaparecieron las plantaciones de coníferas y se encontró conduciendo a través de un mundo verde y fantástico.

Las ramas de los árboles se extendían sobre la carretera, cubriéndola. La tenue luz que se filtraba entre ellas parecía transportar a Elain a un lugar fuera del tiempo, como si de repente pudieran aparecer Arturo y sus caballeros cabalgando hacia ella por la angosta y escarpada carretera. Otro coche se cruzó con ella, y pensó que tal vez pudiera pintar aquel paisaje: un pequeño coche rojo en la carretera, ajeno a la presencia de Arturo y los caballeros medievales entre los árboles, y el estandarte del rey Arturo ondeando en lo alto.

Apenas acababa el desvío, aparecía un sucio camino cerrado por unas puertas con un pequeño letrero que decía Cas Carreg. Debajo había otro que indicaba el hotel White Lady, y debajo ponía Y Ddynes Wen. El camino bajaba hacia la parte más estrecha del río y lo cruzaba por un puente de piedra envuelto en la bruma. Después, volvía a subir, y de repente, el bosque desaparecía en el margen izquierdo. Elain se encontró en una colina, desde la que se divisaba un frondoso y bello valle. Las ovejas y las vacas pacían sobre los verdes pastos, y el paisaje estaba surcado por granjas y campos delimitados por vallas de piedra. A lo lejos se alzaban unas oscuras colinas cubiertas de brezos, cuyas cimas se perdían en la niebla.

Hechizada ante aquella visión, Elain disminuyó la velocidad, concentrada tanto en el camino como en el sereno y asombroso paisaje que se extendía hacia lo lejos. En el lado opuesto, el viejo bosque empezaba a desaparecer, dando paso a una espesa vegetación con rocas cubiertas de musgo. A partir de ahí, el camino se desviaba, y entonces, desde lo alto, pudo divisar la casa, en la ladera de la colina.

Era una sólida construcción de piedra y argamasa, con chimeneas altas y cuadradas que parecían almenas. Las dos alas del tejado formaban un ángulo recto. Una era más larga y quedaba a poca altura, y la otra era mas alta y cuadrada. La casa estaba enclavada sobre el valle, como un centinela. Tras ella, más allá de la colina y a través de los árboles, Elain podía ver lo que se suponía que eran unas ruinas. A la izquierda, un poco más lejos, estaban las construcciones accesorias.

Cubierta con una espesa hiedra, que se veía. casi negra a través de la niebla, la casa parecía antigua, acogedora e imponente. Elain tuvo que abrir otra puerta que cruzaba el camino, y cerrarla a su paso. Antes de hacerlo se detuvo un momento, rodeada por la bruma ligera, respirando la paz del lugar. Lo único que se escuchaba era el lejano balar de una oveja, y el viento que estremecía las hojas de los árboles. Cerca de las ruinas, vio un jinete sobre un caballo negro, que galopaba por la cresta de la colina.

En siglos pasados, los granjeros debían subir desde el valle para protegerse en la fortaleza ahora en ruinas, siempre que se vieran amenazados por un ataque. Podía imaginarlos arrastrando sus preciosas posesiones mientras trepaban por la colina. Las mujeres con la falda algo subida, con las piernas sucias de barro y un pañuelo sobre los hombros; los llantos de los niños; los animales jadeantes y aterrorizados, luchando contra la presión de las cuerdas anudadas en sus cuellos. Podía ver la enorme y oscura fortaleza en el horizonte.

—¿Estoy despierta? —había preguntado Sally, con un lamento—. ¿Has dicho Gales?
El cabello rubio ceniza rodeaba su cabeza formando un aura de rayos de sol. Se sentó y parpadeó ante la luz del día que se deslizaba por la bandeja del desayuno como si fuera una extraña forma de vida. Se sobresaltó al escuchar la risa de su amiga.
—Gales —confirmó Elain.
Dejó de reír, pero no podía evitar mantener la sonrisa.
—¿Por qué? —preguntó Sally, asombrada.
Gales sólo se encontraba a unas horas de camino, hacia el este, pero a juzgar por la reacción de Sally, parecía que estuviera en el otro extremo de la civilización.
—De acuerdo, es muy bonito —prosiguió—. Pero, ¿a qué viene tanta prisa? Y, ¿por qué a primera hora de la mañana? ¿Has encontrado unos primos lejanos o algo parecido?
—No, me voy por Raymond.
Elain se echó el cabello pelirrojo hacia atrás y sirvió el café. No podía dejar de sonreír. Al contrario que a la actriz con la que compartía piso, a Elain le gustaban las mañanas. Cuando Sally no actuaba, o «descansaba», como se decía en Londres, trabajaba en un club nocturno. El trabajo temporal de Elain era, por lo general, de nueve a cinco.

Las dos canadienses compartían un piso desde que se graduaron en dos prestigiosas escuelas de Londres, Sally en la escuela de actores RADA, y Elain en la escuela de arte Slade. Durante los dieciocho meses que llevaban juntas, Sally había ofrecido varias veces a Elain trabajo en el club, como camarera.

—Si trabajaras por la noche, podrías pintar durante el día. Y ganarías más dinero —le decía siempre— Ven y habla con Harry.

Tenía razón en lo que decía, y al principio, Elain se había sentido tentada. No podía pasar el día pintando si tenía que buscar un trabajo para vivir. Pero cuando vio el traje con el que Sally trabajaba, cambió de idea. Nunca confesó a su amiga la verdadera razón, y Sally se reía comentando con sus amigos que Elain era muy recatada. No era cierto, y el vestido no resultaba demasiado vulgar. Pero era excesivamente escotado y sabía que ningún gerente de un club nocturno la contrataría para que llevase un vestido así. Y no veía razón para someterse a la humillación de tener que escucharlo en boca de Harry.

De manera que consiguió algunos trabajos temporales de oficina, que sólo le permitían pintar los fines de semana. Hasta que un día tuvo suerte. La agencia la había enviado dos semanas con un detective privado llamado Raymond Derby. Él la encontró tan inteligente y despierta que, después de la primera semana, le dijo que estaba perdiendo el tiempo escribiendo a máquina y archivando, y le preguntó si estaría interesada en intentar trabajar como investigadora secreta.

Uno de sus clientes, un fabricante de ropa, tenía entre sus empleados un ladrón que había robado parte de sus existencias.

La idea era que Elain empezara a trabajar para el cliente, haciéndose pasar por secretaria temporal, y descubriera lo que estaba ocurriendo.

Raymond le ofrecía más del doble de lo que la agencia la pagaba, y Elain aprovechó la oportunidad. El ladrón, que había tomado tantas precauciones para que sus jefes no lo descubrieran, no se preocupó por una secretaria suplente, y ella lo desenmascaró enseguida.

Aquél había sido uno de los primeros trabajos importantes que había desempeñado para Raymond. Desde entonces, nunca tuvo que volver a trabajar a jornada completa. Trabajaba dos semanas al mes por término medio, y conseguía pagar las facturas gracias a su nueva ocupación y a las ganancias que obtenía de sus cuadros, que aún en plena crisis económica, aumentaban a medida que iba adquiriendo fama. De forma que tenía mucho tiempo para pintar. Pero el último trabajo era el mejor de todos. Estaba entusiasmada, y arrastró a su somñolienta compañera de la cama para contarle las nuevas noticias.

—Por la mañana siempre estás animada —se quejó Sally, observando la taza de café con desconfianza—. No me acosté hasta las cuatro.
Elain rió y se pasó una mano sobre el espeso cabello y después se acarició la mejilla izquierda, en un gesto característico. Un joven artista que trabajaba la madera, le había dicho que su pelo tenía el mismo color que la caoba clara. Con la luz del sol, los reflejos rojos y dorados resaltaban en el radiante cabello que le caía sobre los hombros como diamantes en una nebulosa.
—Lo siento, pero tengo que despertarte. Me voy dentro de una hora y no sé cuanto tiempo voy a pasar fuera. Y además, tengo que decirte algo increíble. ¡Voy a hacerme pasar por artista!
En el rostro de su compañera apareció una pequeña sonrisa.
—¿De verdad? ¿Qué clase de asunto es?, ¿cocaína escondida en tubos de blanco de titanio? Ya me gustaría a mí que alguien me enviara a un teatro de West End, a hacerme pasar por actriz —añadió en tono lastimero.
—Es una sospecha de incendio premeditado —dijo Elain, untando de mantequilla una tostada—. Raymond dice que se trata de un hotel cerca del Parque Nacional de Snowdonia.
Mordió la tostada y después, se quitó un trozo de mantequilla del labio y se chupó el dedo.
—Tengo que conseguir una habitación en el hotel. Voy a hacerme pasar por una artista que quiere pintar las montañas —sonrió otra vez y por un momento sus profundos ojos verdes parecían distantes—. Y las verdes colinas cubiertas de gordas y lanudas ovejas; los robles del bosque y cielo; las antiguas fortalezas celtas; los menhires y... —¡Hola! —dijo Sally, agitando una mano frente a los ojos de su amiga—. Si han quemado el hotel, ¿cómo vas a conseguir una habitación? Y si no lo han quemado, ¿dónde ha sido el incendio?
—Buena pregunta. Yo me pregunté lo mismo.
Elain masticó un momento y después tragó—. Raymond dice que se ha quemado un ala del hotel.
El resto está intacto. La gente todavía está alojada en el ala que no ha sufrido daños.
De repente tembló.
—¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre? Sally la miró, preocupada.
Elain se encogió de hombros y sacudió la cabeza.
—Nada. Es algo que se me ha ocurrido.
Pero había perdido el apetito. Dejó la tostada y alcanzó el café.
—¿Ha habido víctimas? ¿Es eso?
Sally sabía que su compañera había perdido a sus padres en un incendio, bastantes años atrás. También sabía que le ocultaba algo al respecto, pero no le gustaba presionar a la gente para que confiara en ella.
Elain se dio cuenta de que no había preguntado a Raymond si había muerto alguien en el incendio, o si habría algún herido. Ahora le preocupaba que su jefe no hubiera tocado un tema tan importante.
—No lo sé. No le pregunté —contestó.
Miró a Sally, sin darse cuenta de la expresión de sus ojos.
Sally se mordió el labio.
—¿De quién sospechan? ¿De los nacionalistas galeses?
Todo el mundo sabía que los nacionalistas galeses utilizaban los incendios como medio de protesta, pero siempre recurrían a casas de verano vacías, en ausencia de los propietarios ingleses, que eran el punto de mira de sus ataques.
Elain negó con la cabeza.

Martha.

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—No, según Raymond es por un asunto de un seguro. Sospecha del dueño, que se llama... —se detuvo y cogió el bloc de notas en el que apuntaba las instrucciones—. Se llama Mathonwy Powys. Es un nombre misterioso, ¿verdad? Ni siquiera se pronunciarlo.
—Tienes que acentuar la última sílaba —dijo Sally, ausente.
Estaba recordando que tiempo atrás había recorrido Gales interpretando Vidas Privadas. No habían tenido mucho éxito, y no dejó de llover durante toda la gira.
—Ése es el motivo por el que tengo que alojarme en el hotel.
Sally frunció el ceño.
—A mí me parece un poco peligroso. ¿No crees?
—No más que otros trabajos que he tenido.
Elain se encogió de hombros. Pero sabía que no era cierto. Nunca había tenido que mudarse para realizar una investigación. El supuesto pirómano, si lo había, tenía mucho que perder. Y se trataba del dueño.
—¿Y cómo vas a conseguir una habitación? De entrada, ¿no les parecería sospechoso que intentaras alojarte en un hotel quemado?
—Raymond dice que Gales está muy saturado en temporada alta y tal vez pueda fingir que he estado buscando en otros sitios.
—Ten cuidado al hacerlo. En los sitios pequeños todos los hoteles saben quién tiene habitaciones libres y quién no. Oh, me sorprende oírle decir que la señorita Beadle no tiene habitaciones. Precisamente ayer se quejaba de que las tenía vacías esta semana —dijo en tono agudo, imitando una voz de mediana edad con acento londinense.
Era una buena imitadora. Elain rió y sus preocupaciones se alejaron. Se dijo que era una tontería evocar malos recuerdos que estropearan el presente. Estaba segura de que no correría ningún peligro.
—Muy bien. Lo pensaré con detenimiento.
—Finge que tenías una reserva y se quemó en el incendio —sugirió Sally, levantándose para besar a Elain en la frente—. Ten cuidado, y recuerda que te echaré de menos. Y no te quedes mucho tiempo buscando pruebas.
—No se me había ocurrido —dijo Elain, impresionada—. Si las cosas salen bien, podría pasar meses en Gales pintando. Ya me lo imagino.
Sally sonrió y se dirigió al cuarto de baño. Elain recogió los cacharros del desayuno y los llevó a la amplia y soleada cocina, mientras tarareaba. Era un bonito piso, y lo echaría de menos tanto como a Sally, sólo un momento más tarde.
Estirando un poco el cuello, se podía ver el Támesis desde una de las esquinas de la ventana del salón. A Sally, como actriz, le entusiasmaba la idea de vivir el, un sitio tan elegante como Chelsea, y a Elain, como artista, le encantaba estar cerca del pintoresco río londinense. Con frecuencia, cogía el caballete y el maletín de pintura, llegaba a la calle Embankment en diez minutos, y desde allí, paseando por la orilla del río, iba a pintar a la zona donde estaban la abadía de Westminster, el Big Beg y la Casa del parlamento.
Elain fregó los cacharros del desayuno mientras escuchaba a Sally, cantando bajo la ducha Vuelvo a Chelsea. Pensó que podría pintar las montañas y valles del Parque Nacional Snowdonia y empezó a respirar con agitación, entusiasmada ante la idea. Le encantaba Londres, pero sin duda el aire contaminado, el tráfico y la suciedad de la calle acababan cansando a cualquiera. Necesitaba aire puro, y Raymond le había dicho que el pueblo más cercano estaba a un par de kilómetros. En Canadá no habría supuesto nada, pero en el superpoblado y pequeño Reino Unido, dos kilómetros parecían una distancia abismal.

Había otra razón que la impulsaba a viajar a Gales. Su bisabuelo había nacido allí, más de un siglo atrás. Era todo lo que sabía de él, y siempre había querido descubrir algo más. Tal vez podría aprovechar aquella ocasión. Era una buena razón para aceptar el trabajo, a pesar de sus temores.
Por otro lado, era conveniente enfrentarse al miedo, o al menos todo el mundo lo decía. Incluso cuando se había vivido con él durante veinte años.
Mientras se enjuagaba las manos, frunció el ceño y sacudió la cabeza. De repente tenía la sensación de que había otra razón para hacer aquel viaje, algo que desconocía.

El jinete cambió de dirección y ahora podía ver al caballo bajando la ladera, hacia donde ella se encontraba. Lo observó un momento, como en sueños, y entonces se dio cuenta de que, quienquiera que fuera, no se limitaba a bajar la colina, sino que avanzaba directamente hacia ella.
Abrió ligeramente la boca y tuvo un extraño presentimiento mientras el caballo se acercaba. Se puso tensa y sintió que se le ponía la carne de gallina, De repente, tuvo miedo de lo que podía ocurrir si el jinete la alcanzaba.
Se volvió a toda prisa y entró en el coche. Lo puso en marcha con tanta rapidez que apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta. De reojo vio que el jinete giraba y seguía galopando.
El camino rodeaba el edificio. Elain comprobó que la mitad de la larga ala no tenía cristal en las ventanas, y que la piedra de algunas zonas estaba negra. La hiedra también era oscura, y confería al lugar un aspecto otoñal como si la muerte del edificio formara parte del ciclo de las estaciones.
Elain aparcó el coche y se apeó. La niebla, que le mojaba los labios y la cara, empezaba a convertirse en una lluvia ligera, pero aún así permaneció un momento contemplando el hotel. La piedra gris se oscurecía bajo la lluvia y las nubes se agrupaban ocultando por completo la luz del sol, pero se veía el brillo de unas luces tras las ventanas de la planta baja y sintió una fuerte impresión de ser bien recibida. Se sentía como en casa.

—¿Cuánto tiempo hace que envió su cheque? —Hace meses. Creo que fue en marzo o abril —dijo Elain.
Aquélla era la parte que más odiaba de su trabajo: tener que mentir desde el principio.
La pequeña mujer, delgada y de mediana edad, volvió a buscar entre las tarjetas. Llevaba un vestido de flores que le quedaba muy bien.
—El caso es que si nos hubiera llegado su cheque, le habríamos enviado la confirmación. Aunque después le habríamos enviado una carta para cancelar la reserva. Hemos tenido un incendio, como puede ver.
Tenía un acento muy melodioso, que Elain encontró encantador.
—Sí, ya lo he visto. Pero no parece haber afectado a todo el edificio, ¿no es así? ¿No tienen otros clientes? Si fuera posible...
—Me temo que por el momento no podemos alojarla. Tenemos algunos clientes, pero todos son asiduos, gente que ya ha estado aquí antes y nos conoce, o gente que vive aquí de manera permanente.
—Pero ¿tienen habitaciones?
—Bueno, hay...
—Por favor, deje que me quede —interrumpió.
Su deseo de quedarse no se debía únicamente a que tenía que cumplir el trabajo que Raymond le había encomendado, sino que de alguna manera, se había enamorado de aquel hermoso lugar.
—Prometo no reclamar si las cosas no funcionan como de costumbre. Quiero pintar Cadair Idris.
Elain sabía que la montaña estaba cerca, y de no haber estado cubierta por la niebla, probablemente la habría visto mientras conducía.
—Llevo conduciendo todo el día —prosiguió—. No me va a resultar fácil encontrar habitación en otro hotel. Además, es muy tarde.
Lo tenía todo preparado. Resultaba mucho más difícil negar alojamiento a una persona a las siete y media de la tarde que a las cuatro. Y la inesperada lluvia que iba en aumento la favorecía.
La mujer apretó los labios, pensativa.
—Es usted de Canadá, ¿verdad?
—En efecto. Tiene buen oído para los acentos.
Prefirió no añadir que vivía en Londres.
—Mi sobrino es de Canadá. Fui a visitarlo allí el año pasado. Es ingeniero civil, y trabaja en Vancouver.
Elain se sintió más relajada mientras charlaba con la mujer, sabiendo que se la había ganado.
—Bueno, voy a preguntar —dijo la empleada al cabo de unos minutos.
Entró en la oficina e intercambió unas palabras con alguien en un gutural pero extrañamente musical idioma, que a Elain le resultaba familiar, como si lo hubiera escuchado en sueños, o en otra vida.
—Ahora mismo no está —dijo la mujer, apareciendo de nuevo—. La verdad es que no sé...
En aquel momento, se abrió la puerta detrás de Elain.
—Vaya, Math, llegas justo a tiempo. Esta señorita es de Canadá, y es pintora. Envió un cheque para hacer una reserva y no lo hemos recibido. Quiere saber sí podernos arreglarlo.
—Hola —dijo él con voz profunda.
Elain sintió que un escalofrío le recorría la espalda, consciente de que el hombre que se acercaba a ella era el primer sospechoso.
Él empezó a presentarse, pero cuando Elain se volvió, los dos se quedaron inmóviles durante un momento, mirándose fijamente. Después, lentamente, Mathonwy Powys sonrió. Le tendió la mano, y ella se la estrechó con la misma actitud forzada.
—Soy Math Powys.
Era más alto que ella. Elain estaba acostumbrada a mirar a los hombres directamente a los ojos, pero en aquel caso, tenía que alzar la vista para mirarlo. Aunque de complexión delgada, tenía hombros anchos y brazos musculosos. Estaba bastante bronceado, el espeso pelo negro le caía sobre la frente, y tenía unos profundos ojos del mismo color que parecían traspasarla. Su nariz era grande, al igual que su boca, amplia y de labios carnosos. La clase de boca que sonreía con facilidad a las mujeres. Y la clase de boca que siempre la ponía nerviosa.
Llevaba una camisa gris y unos vaqueros gastados que Elain ya había visto antes, aunque no le hacía falta ninguna pista para descubrir que aquél era el hombre del caballo. Lo habría reconocido aunque hubiera cambiado por completo. Sentía la misma impresión de encontrarse en peligro.
Deseaba salir corriendo. Su instinto le decía que no se quedara allí, que se fuera mientras aún estaba a tiempo. El corazón le latía con fuerza y, cuando estrechó la fuerte mano, sintió que su pulso se aceleraba.
De repente, tomó una decisión. No era capaz de intentar llevarse bien con aquel hombre. Podía ser peligroso. Estaba dispuesta a hablar con Raymond para que enviara a otra persona. Se iría de allí cuanto antes.
Estaba segura de que Mathonwy Powys era culpable. Sentía una fuerte desconfianza hacia él. Y nunca, hasta que miró aquellos ojos negros, había sido consciente de las consecuencias que le podía acarrear el hecho de ganarse la confianza de alguien para luego traicionarlo. Mathonwy Powys parecía un hombre cruel. Le latía el corazón como si se encontrara ante un antiguo y despiadado enemigo. Se sentía atrapada bajo su mirada, como si ya lo hubiera traicionado y él lo supiera.
Se dijo que no era justo que la suerte le fallara de aquel modo.
—Ya ve que ha habido un incendio —dijo él.
Elain respiró aliviada. Parecía que iba a decir que no le podían proporcionar una habitación. Así sería más fácil. Cogería sus cosas y volvería a Londres, o al menos saldría de Gales, antes de que cayera la noche.
Él la miraba fijamente, con el ceño fruncido, como absorto ante lo que estaba contemplando.
—Pero no podemos permitir que se vaya con esta tormenta —continuó.
Elain pensó que no dejaba de tener gracia, porque todos los problemas que pudiera encontrar fuera no eran nada en comparación con lo que la esperaba si se quedaba allí.
—Si no le importa que haya algunas incomodidades, creo que podremos encontrarle una habitación.
—Bueno, no quisiera...
Antes de que pudiera continuar, él la cogió por la muñeca y causó el mismo efecto que si le hubiera tapado la boca. El hombre sonrió y Elain sintió una oleada de miedo irracional al comprobar que estaba decidido a no dejarla marchar.
—Insisto —dijo Math Powys.
«Lo sabe», pensó aterrorizada. «Sabe por qué he venido. Y no tiene intención de dejarme escapar.»

Mel

Mel
moderadora
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Tal parece que necesitaré una semana entera para leer tanto post interesante y largo que ultimamente he encontrado!!
Ya tengo varios posts anotados en mi agenda, para leerlos en cuanto tenga tiempo!!

Es increible, cada dia tenemos más que leer aqui!!
que interesante se ha vuelto este espacio, no?

Gracias Martha

Saludos
Mel.

5Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 2 Miér 28 Ene 2009, 13:35

Martha.

Martha.
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YO LE MOSTRARÉ la habitación de Llewelyn —dijo a la recepcionista, inclinándose para coger el caballete y dos de las maletas—. Después envía a Jan, ¿de acuerdo?
Si no hubiera tenido equipaje, le habría resultado más fácil irse. Pero cuando vio, desolada, que Math Powys cogía la llave y abandonaba el vestíbulo, pensó que ella misma se había metido en aquel lío. Había bajado todo el equipaje antes de tocar el timbre de recepción, siguiendo una maniobra psicológica que Raymond le había enseñado. Pero su truco se había vuelto contra ella.
Intentó negarse, pero entonces sintió algo extraño. Una inmovilidad, una especie de letargo que le impedía irse de aquel lugar, como si una parte oculta de su mente estuviera determinada a enfrentarse al peligro. Aunque no comprendía el motivo. Parecía tener los labios sellados y sentía el cuerpo más pesado, impidiéndole cualquier intento de resistir.
—La habitación de Llewelyn —dijo Olwen, con aprobación—. No la de Llewelyn ap Gruffydd, por supuesto. Ésa es demasiado antigua.
Elain apartó la mirada de Math Powys, que ya desaparecía.
—¿De verdad? —preguntó, aunque no había escuchado nada—. ¿Puedo usar el teléfono?
Quería hablar con Raymond, convencida de que si le explicaba lo que ocurría le ordenaría que volviera
—Está ahí encima —le indicó Olwen.
El antiguo teléfono de color negro, sin disco para marcar, estaba sobre una mesita entre dos sofás, cerca de la puerta. Elain se desanimó al verlo.
—Tengo que marcar yo el número desde la oficina. Es un sistema un poco anticuado —le sonrió.
Pareció notar la vacilación de Elain.
—Pero será mejor que siga a Math y vea su habitación —continuó—. La cena estará enseguida. Le diré a Myfanwy que hay una persona más.
Elain cogió el bolso y la caja de pinturas y siguió a Math Powys hasta la habitación.
El ascensor parecía propio de una película inglesa de los años treinta, y no pudo evitar sentirse cautivada por su encantador aspecto. Le encantaban las películas de aquella época. Sally tenía una enorme colección de películas de video, y Elain veía siempre las que estaban en blanco y negro. Math Powys dejó las maletas en el suelo para abrirle la puerta, y cuando ambos entraron y la puerta volvió a cerrarse, Elain se dio cuenta de lo pequeño que resultaba. Lo habían construido en el hueco de la escalera y tenía el tamaño aproximado de dos ataúdes.
—¿Es usted pintora? —preguntó él.

Tenía la voz suave y profunda típica de los galeses, pero sin el mismo acento musical.
Elain asintió, agradeciendo poder decir la verdad. Le daba la impresión de que aquel hombre era capaz de descubrir en pocos minutos si alguien le mentía. Ya había pulsado el botón, pero parecía que el ascensor tardaba algún tiempo en ponerse en marcha.
—Así es —dijo con cierta torpeza.
Se sentía intimidada al estar tan cerca de él, y le costó hablar.
Con un repentino estruendo, el ascensor empezó a subir.
—Aquí encontrará muchas cosas que pintar. Pero supongo que ya lo sabrá, o de lo contrario no habría venido. ¿Había estado antes en el White Lady?
Sólo quería entablar conversación pero ella sentía que el corazón le iba a estallar. Podía notar el sudor en la frente y bajo los brazos. Se encontraba incluso mareada. Pero se dijo que aquélla era una reacción ridícula, ya que era imposible que él supiera por qué estaba allí.
Se echó hacia atrás un mechón de pelo.
—No —respondió.
El sonrió y se giró cuando el ascensor chirrió, antes de detenerse.
—Resulta más conveniente no coger el ascensor, a menos que se lleve equipaje —dijo.
Le abrió la puerta y volvió a coger el equipaje, después la guió a lo largo de un vestíbulo revestido en madera, hasta la habitación que se encontraba al final.

Al entrar, Elain creyó encontrarse en otro siglo. Las paredes eran de piedra, y estaban cubiertas por tapices bordados. El suelo era de madera oscura y había un par de alfombras pequeñas; unos hermosos retratos al óleo del siglo diecisiete adornaban las paredes; había un antiguo baúl con cajones, un espejo de cuerpo entero con el pie de madera de roble, y un pequeño baúl del mismo material, a los pies de la cama. La cama estaba instalada contra la única pared revestida de madera, y la colcha, en tonos verdes, hacía juego con las cortinas y la tela del dosel. En las paredes exteriores, de al menos dos metros de grosor, había dos ventanas arqueadas, con cristales emplomados, y una pequeña chimenea que parecía mantenerse intacta desde hacía cientos de años. Elain se quedó boquiabierta al contemplar la habitación.
—¡Es preciosa! —dijo, casi sin aliento.
Le encantaban las cosas antiguas, y aquella habitación desprendía la paz que, aun sin ser consciente, necesitaba.
—Sí —asintió Powys—. Esta habitación la hemos restaurado. El resto aún no está del todo modernizado. No me gusta trabajar con varias habitaciones a la vez.

Dejó las maletas en el suelo y cruzó la habitación para descorrer las cortinas. Frente a ellos apareció el valle, cubierto de nubes que oscurecían el cielo. Más allá se veía un reflejo de luces azules y rosadas que indicaban que el sol comenzaba a ocultarse.
Abrió una de las ventanas. De inmediato, el viento les llevó el canto de un mirlo y el balido de una oveja, que parecía demasiado cercano para proceder del valle. Durante un momento contempló el paisaje, sin hacer caso de las gotas de lluvia que caían sobre él, Después se dio la vuelta.
—Cadair Iris —anunció.
Sonrió, invitando a Elain a acercarse a la ventana.
Aquello era más de lo que ella podía soportar, de modo que fingió no haberse dado cuenta. Fue hacia la otra ventana y la abrió. Contempló las montañas más allá del valle, apenas visibles con la bruma. Las pocas zonas que se vislumbraban era de una oscura tonalidad púrpura.
—¿Dónde? —preguntó.
Enseguida deseó no haberlo hecho, porque él se acercó para indicarle el lugar exacto, pasando el brazo por encima de su hombro.
—Aquella forma alargada —dijo—, La cima está completamente cubierta.
No la había rozado, aunque se sentía como si lo hubiera hecho, Un hormigueo le recorrió la piel.
—No parece muy alta —dijo sin pensarlo.
Era cierto. Pensó que las montañas galesas no eran muy altas, al menos en comparación con las de su país. Pero se decía que tenían proporciones tan perfectas que era imposible denominarlas de otro modo que no fuera «montañas».
Él la miró.
—No —asintió—. Se podría llegar a la cima en un par de horas. ¿Le gusta caminar?
—No tanto como a los ingleses.
Por el tono de su voz daba la impresión de que había querido hacer un comentario despectivo. Parecía una canadiense intolerante y hostil que sólo apreciaba las virtudes de su país.
—Las vistas desde la cima son espectaculares. En un día despejado, claro —añadió él, con una mueca.
—¿De verdad?
Odiaba tener que actuar de aquella manera. Estaba deseando que Math Powys desapareciera. Le habría gustado empujarlo, pero no se atrevía ni a acercarse a él.
—Pero procure no pasar toda la noche con él.
Elain lo miró.
—¿Qué? ¿Con quién?
—Con el gigante de la montaña. Se llama Idris. Cadair ¬significa silla en galés. La montaña es la silla de Idris. Es un alma solitaria, pero según la tradición, el que pase una noche allí, por la mañana bajará convertido en loco o en poeta.
Aquella historia parecía encantadora.
—¿De verdad? ¿Usted lo ha hecho? ¿Ha pasado una noche en la montaña?
Él dudó un momento, y después la miró con un brillo en los ojos, invitándose a unirse a la broma con él.
—Lo hice cuando era un joven intrépido.
—¿Una especie de reto?
Volvió a dudar antes de responder.
—No exactamente.
Elain no pudo evitar seguir preguntando.
—¿Y se volvió loco?
—Espero que no.
—Entonces, es usted un poeta.
—Olwen dice que tenemos una nueva invitada y necesita sábanas limpias, Math. ¿Es aquí donde hay que traerlas?
Elain se sobresaltó al oír aquella voz. Entonces se dio cuenta de que se estaba dejando fascinar. Miró a Powyn, desalentada, pero él se había vuelto hacia la joven que esperaba en la puerta, llevando las sábanas y las toallas.
—Sí, es aquí. Le presento a Jan —le dijo a Elain—. Ella se encargará de todo lo que necesite en la habitación. Jan, esta señorita es... —hizo una pausa—. Me temo que no le he preguntado su nombre.
Él mismo parecía sorprendido.
—Elain —les dijo a ambos—. Elain Owen.
—Elain —repitió él.
Hizo ademán de estrecharle la mano pero se echó atrás al ver que ella evitaba el contacto.
—¿Le gustaría bajar y tomar algo antes de cenar? Mientras tanto, Jan le preparará la habitación.
—Antes me gustaría asearme un poco.
—Por supuesto. Jan, indícale dónde está el baño. La veré en el salón cuando esté preparada, y le presentaré a los demás.
Se fue, dejando un curioso vacío a su paso, como si se hubiera llevado consigo toda la energía de la habitación.
La chica dejó las sábanas sobre la silla y la acompañó fuera de la habitación, para indicarle el camino.
—Owen —dijo Jan, acentuando las dos sílabas. Pronunciado de aquella forma, su apellido tenía un acento musical., que Elain no había oído nunca.
—Es un apellido galés. ¿Es usted de Gales?
—Mi bisabuelo nació aquí.
—¿Y tiene algún familiar más?
Se detuvo y abrió una puerta, pero esperó a que Elain la contestara.
—No lo sé. Quisiera creer que sí.
—¿Era de esta zona?
—No lo sé —dijo de nuevo.
—Este es el cuarto de baño —dijo Jan.
Era un elegante y antiguo cuarto de baño de estilo victoriano, con una bañera blanca y un lavabo empotrado en una encimera de caoba. Aquella habitación también parecía propia de otro siglo.
—Dios mío —dijo Elain, sorprendida.
Sobre la palangana había un enorme y antiguo espejo con marco de caoba. Al reflejarse en él, su suave piel y su cabello rojizo parecían difuminarse levemente, y daba la impresión de que pertenecían a otro mundo.
—El servicio está en la puerta de al lado —dijo Jan, dejando toallas limpias—. Ahora la dejaré sola, ,de acuerdo?
Todo aquel esplendor la fascinaba.
—¿Los otros huéspedes suelen cambiarse para cenar? —preguntó a Jan.
Observó los vaqueros y la arrugada camisa que llevaba puestos desde las nueve de la mañana.
—Vinnie siempre lo hace, desde luego. Los demás se cambian cuando les apetece —contestó—. Pero esta noche será mejor que no se cambie, porque como hay poca gente, todos comen a la misma hora, y Myfanwy, la cocinera, se enfada cuando alguien llega tarde. En quince minutos estarán todos abajo.
No le quedaba tiempo para darse un baño y quitarse toda la suciedad del viaje.
—Muy bien.
Cerró la puerta una vez que Jan se fue.
Se lavó la cara y las manos y volvió a la habitación. Buscó en la maleta y se cambió la arrugada camisa por un jersey de algodón que le llegaba casi hasta las rodillas. Se quitó las zapatillas de deporte y se puso unos mocasines, se peinó y se retocó la línea de los ojos. Fue tan rápida que Jan aún estaba haciendo la cama cuando salió de la habitación. Tan rápida que no volvió a pensar en el hombre que la esperaba en el salón hasta que bajó las escaleras de piedra que rodeaban el ascensor.
De repente se mordió el labio y empezó a caminar más despacio. No era la primera vez que desconfiaba de alguien sin motivo aparente.
Aquel hombre le recordaba a Stephen. Tenía los ojos parecidos, y tenían algunas características en común, aunque tanto en su aspecto en general como en su profesión no tenían nada que ver.
Parecía que un sexto sentido intentaba advertirla de algo, pero no sabía entender el mensaje.
—Aquí está —dijo Math Powyn.
Elain estaba a unos pasos de la planta principal, y pudo ver, al fondo, su oscura silueta a contraluz.
—Ya estamos todos —añadió.
El recibidor era amplio, pero la tenue luz del exterior, que caía sobre el suelo de piedra gris, apenas lo iluminaba. El techo, en aquella parte de la casa, estaba a la altura del tercer piso, y desde su posición podía dominar toda la escalera. Math Powys estaba ahora frente a ella, y cuando lo miró, también parecía una sombra del pasado. «Ya nos conocemos», pensó, Elain de repente. «Antes también éramos enemigos. Lo hemos sido desde el principio.»

En el fondo de la habitación había una gran chimenea de piedra, en la que parecía que se podría asar un cordero entero, como probablemente habrían hecho en el pasado. Era bonita dentro de su estilo primitivo. Tenía una repisa de roble sobre la cual se alzaba lo que parecía una montaña de piedra. En ambos lados había unos antiguos Y oscuros entablados. Owen Glendower, príncipe de Gales, podía haber estado allí con sus guerreros, ataviados con armaduras, dando buena cuenta de una cena a base de carne, pan y vino tinto servido en jarras de estaño. Probablemente, se habría tomado un breve descanso antes de continuar la batalla contra los ingleses.
Había un grupo de gente en los sofás cercanos a la chimenea. Todos la miraron al entrar, y Powys la acompañó hacía donde se encontraban. El resto de la habitación, con excepción de las ventanas con vidrieras, la decepciono. Las paredes de piedra estaban enyesadas, había una pared interior revestida de papel pintado y una araña de cristal. Todo parecía hecho para disminuir el poder y la fuerza de la decoración original, para amoldarla a los nuevos tiempos y conseguir un aspecto cómodo. Ahora volvía a trasladarse a las películas de los años treinta.
—Les presento a Elain Owen —dijo Mathonwy Powys—. Acaba de llegar. Elain, Vinnie Daniels.
Era la persona mas anciana que se encontraba en la habitación. Una mujer de pelo blanco, cubierta de perlas, que vestía una blusa de seda y una falda estrecha de color gris. Estaba sentada en una elegante postura, enseñando hábilmente unas piernas que en otros tiempos debieron ser muy bonitas. Elain pensó que aún lo eran. En las piernas, como en la cara, la estructura ósea era muy importante, y Vinnie Daniels tenía unos tobillos perfectos.
—¿Cómo está, señorita Owen? Estoy encantada de conocerla.
Su cálida voz le recordó a la de Deborah Kerr. Parecía Deborah Kerr, algo entrada en años, interpretando a una condesa.
—Muy bien, gracias. ¿Cómo está usted? —le contestó.
Estrechó la mano que la mujer le ofrecía con elegancia. Tenía la piel muy suave y delicada, pero el apretón fue firme. Elain sintió que la tela de sus vaqueros empezaba a quemarle en las pantorrillas. Se había acercado demasiado a la chimenea, en un intento de mantenerse alejada de Math Powys, aunque por lo general evitaba acercarse al fuego.

6Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 2 Miér 28 Ene 2009, 13:36

Martha.

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Dos mujeres de unos sesenta anos se acercaron al sofá.
—Rosemary y Davina Esterhazy —dijo Powys.
No parecía muy seguro de saber quién era quién. Elain se inclinó para dar la mano a una de ellas.
—Lo siento, usted es... ¿Rosemary? —preguntó.
—Correcto —dijo la mujer.
Era delgada pero fuerte, y caminaba muy erguida.
Estrechó la mano de Elain.
—Ahora ya no tiene emoción, Davina. Ha acertado a la primera. Me pregunto si tendrá el Don. ¿Tiene usted el Don, querida?
Unos ojos agudos y escrutadores se fijaron en ella, con un distanciamiento que contrastaba de forma muy curiosa con aquellas extrañas palabras. Elain, entrando en el juego, inmediatamente la situó en el papel de directora de escuela sin ningún sentido del humor, que interpretaba una de aquellas actrices cuyo nombre no conseguía recordar nunca.
—Yo no me sorprendería tanto —comentó Davina, antes de que Elain pudiera decir una palabra.
No era tan alta como su hermana y parecía menos agresiva. El frágil cabello se escapaba de las horquillas y formaba una especie de halo alrededor de la cabeza, y su figura era más redonda y corpulenta.
—Sentí algo en el momento en que entró en la habitación —continuó, con deliberado dramatismo.
Elain estuvo a punto de echarse a reír. Parecía la propia Margaret Rutherford interpretando a la médium Madame Arcati, en una de sus películas favoritas de todos los tiempos. La observó y se preguntó si se quejaría de que estaba «interrumpiendo sus vibraciones», tal como decía el famoso personaje.
—Siempre se sabe cuando otra persona tiene el Don —explicó Davina a todos los demás—. Es como si nuestras mentes pudieran comunicarse entre ellas. ¿Verdad, querida?
Sonrió apremiante a Elain, como si la quisiera retar a rechazar el poder del Don.
Pero Elain la miro, como pidiéndole disculpas y se encogió de hombros.
—Me temo que no tengo poderes paranormales.
Sonrió. Por nada del mundo les habría hablado de Owen Glendower y sus caballeros.
—Yo creo que sí —Madame Arcati se llevó una mano a la sien—. Estoy bastante segura, querida. El hecho de que no lo haya notado no quiere decir que no tenga cierto potencia¡, aunque no sea consciente de él. Mientras esté aquí, debemos descubrir lo que es capaz de hacer. Yo tengo alguna experiencia en preparar a los, digamos, no iniciados.
Math Powys sonrió.
—Antes de que entren en contacto telepático, voy a presentarle a otra persona, aunque, si no le importa haré uso del lenguaje hablado —bromeó.
Todos rieron con el comentario. Se volvió hacia otra silla, donde un joven de ojos saltones, piel pálida y sonrisa irónica saboreaba un whisky.
—Jeremy Wilkes. Nuestro poeta residente —dijo—. El perro se llama Bill.
A sus pies había un perro labrador de color negro, que alzó los ojos y miró a Math.
—La mayor parte de mi obra está inédita —dijo el poeta al tiempo que Elain le extendía la mano.
Le sonrió con cierto cansancio atractivo, y con un brillo en los ojos que indicaba que sentía lo que le había ocurrido con las dos mujeres.
—Hola. ¿Cómo demonios ha ido a parar a un hotel quemado como éste?
Ella sonrió.
—¿Usted también ha pasado la noche con el gigante?
Él la miró asombrado.
—Perdón, ¿cómo dice?
Elain se dio cuenta de que era mayor de lo que parecía. Tenía una expresión joven, pero su piel ya estaba surcada de arrugas. Debía estar cerca de los cuarenta años. Pensó que, cuando fuera un anciano, conservaría el aire juvenil.
—Ya sabe, la montaña —le explicó.
—Le he contado la leyenda de Cadair Idris —dijo Math Powys.
La imaginación de Elain no era suficiente para situar en su papel a ningún actor famoso.
Jeremy sacudió la cabeza cuando entendió de qué estaban hablando.
—Ah, claro. Tengo que contarle lo que me pasó allí. Creo que, desgraciadamente, yo me volví loco.
Todo el mundo rió y Elain se sentó en una silla junto a Jeremy, mientras Math Powys iba a buscarle algo de beber. El perro se levantó y lo siguió. —Math nos estaba diciendo que es usted pintora, señorita Owen —dijo Vinnie, con su encantador acento—. Debe ser muy interesante. Envidio a la gente con talento. Díganos, ¿qué pinta?
Elain suspiró aliviada. Si alguien la hubiera preguntado el motivo de su viaje a Gales habría tenido que continuar mintiendo, pero no fue así.
—El tipo de pintura que hago se podría denominar como realismo mágico —dijo.
Tomó el vaso de vino que Math le ofrecía. Después, él se apoyó contra el aparador y el perro se tumbó a sus pies.
Rosemary frunció el ceño,
—Yo pensé que ése era un término literario. Tallesin, el autor de Heridas que sangran con profusión escribe realismo mágico. Igual que Gabriel García Márquez, aunque sus estilos son muy distintos.
—Mil años de soledad —señaló Jeremy, asintiendo—. Estupendo libro.
Elain asintió también.

—Sí, creo que los pintores hemos tomado prestado el término literario. O más bien, los críticos de arte.
—Son cien —dijo Rosemary.
Todo el mundo la miró.
—Cien años de soledad —explicó—. No mil.
—Sí, pero no era lo que yo quería decir —dijo Jeremy—. No estaba citando el título original. Cuando dije mil años me refería a lo que el libro inspira.
—Ya saben, todas esas historias, y toda esa soledad —agitó una mano mientras hablaba.
Elain no había leído el libro y no sabía muy bien de qué hablaban, pero era evidente que Rosemary sí lo sabía.
—Yo no veo...
Rosemary se detuvo antes de acabar la frase. Observó a Jeremy con el ceño fruncido, examinándolo, como si hubiera llegado a la conclusión de que no valía la pena corregirlo.
Fue Math quien habló, dando por terminada la cuestión.
—¿Y qué significa el realismo mágico en la pintura?
Elain no se desenvolvía muy bien con la palabras, y el interés de Powys la ponía nerviosa.
—Bueno, si quisiera pintar la chimenea, con todos ustedes aquí sentados, por ejemplo —empezó a explicar— añadiría las figuras de Owen Glendower y sus caballeros, con armadura, como si... —se detuvo, sonrió y se encogió de hombros—. Bueno, creo que me expreso mejor pintando que hablando.
—Es una idea estupenda —dijo Vinnie—. Espero que la lleve a cabo. Me encantaría aparecer en un cuadro junto a Owen Glendower. Fue un valiente guerrero y un estupendo general. Supongo que yo lo retrataría con un aspecto muy galés, muy masculino.
—Ni esta chimenea, ni Owen Glendower —dijo Rosemary—. Se equivoca de época.
La acritud de aquel comentario destrozó bruscamente la visión de Elain, devolviéndola al extraño recuerdo del que había surgido. Cerró los ojos intentando dominar la cólera que sentía. La culpa era sólo suya, por hablar antes de dar forma a sus ideas. El motivo era que se ponía nerviosa siempre que abandonaba su patrón de comportamiento.
—No creo que esta casa se construyera antes de 1550, ¿verdad, Math? —preguntó Rosemary. Es probable que Glendower ya hubiera muerto en 1416. Si estuvo en esta zona durante las conquistas, imagino que se resguardaría en la antigua fortaleza.
En lugar de adoptar la entonación habitual para una conjetura hablaba con firmeza, como una maestra que estuviera examinando a un alumno.
—Según el registro, esta casa empezó a construirse en 1547 —dijo Math—. Aún queda algún rastro que demuestra que hubo otra construcción en este mismo lugar, contemporáneo a la fortaleza, y nunca se ha podido determinar la fecha de la chimenea, pero parece más antigua, por lo que es posible que perteneciera al edificio original. En cualquier caso, esta casa está construida con piedras de la fortaleza, de modo que es probable que Owen Glendower haya estado junto a la chimenea. Las piedras son las mismas, aunque hayan cambiado de forma. El Señor de Cas Carreg fue uno de los primeros seguidores que tuvo en estas tierras.
Mientras hablaba sonreía a Elain aunque su ojos parecían serios. Ella se dio cuenta e que intentaba devolverle la imagen que un momento atrás se había quebrado en su imaginación. No sabía cómo lo había entendido, pero empezaba a pensar que aquel hombre podía leer su pensamiento.
—Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que Owen Glendower durmió aquí —finalizó.
En aquel momento, el fuego expulsó una bocanada de humo sobre Rosemary, como confirmando las palabras de Powys, y como si las mismas piedras que hubiera cuestionado hubieran protestado por su autenticidad.
Rosemary tosió y se sacó un pañuelo de la manga para limpiarse la cara.
—¡Qué estupidez! —gritó.
Elain se mordió el labio, intentando contener una sonrisa, pero el resto de los huéspedes no se reprimió.
Todos estallaron en carcajadas. Bill, se incorporó y empezó a ladrar. Vinnie se acercó a la chimenea y dijo:
—Hola, querida.
—Parece que Jess te ha puesto en tu sitio, Rosemary —dijo Jeremy, divertido.
Ella volvió a toser y se quitó el hollín de la cara.
—Parece que está en contra nuestra, ¿no crees? —murmuró Davina.
Elain miró la chimenea.
—¿Quién?—preguntó.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Jan, con aspecto contrariado.
—Myfanwy dice que lleva veinte minutos con la cena preparada y que se va a enfriar. Y si no acuden inmediatamente, se irá —dijo con firmeza.
—Muy bien. Ya vamos —dijo Math, dejando su vaso.
Todos se dirigieron hacia la habitación contigua.
El perro labrador parecía guiar al grupo. Vinnie se puso al lado de Elain y la cogió por el brazo.
—No pasa nada, querida. Se trataba de nuestro fantasma en acción. Pero no tiene por qué preocuparse. Estoy seguro de que usted le ha caído bien.
Elain pensó que, a fin de cuentas, estaba tomando parte en una película. Y estaba deseando conocer el resto del guión.

7Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 3 Dom 01 Feb 2009, 17:40

Martha.

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EL PRIMER plato consistía en una deliciosa crema de zanahorias decorada con una estrella de nata líquida y una ramita de perejil. Elain pensó que las cañerías debían ser de la época victoriana, y las cortinas datarían de la guerra, pero la comida parecía preparada por alguien que siguiera las últimas tendencias.
El comedor era una amplia habitación que cruzaba todo el piso principal, con ventanas en los extremos de cada pared y vistas hacia el valle y las ruinas. Todas las paredes estaban enyesadas, y las cortinas estaban descoloridas, al igual que en el salón.
Había mesas para dos y cuatro comensales, pero todos se sentaron en una mesa grande al fondo de la habitación, en un acogedor rincón. Había otra chimenea que confería un aspecto reconfortante, frente al viento y la lluvia que golpeaba los cristales.
La mesa era redonda y para alivio de Elain, Vinnie se sentó entre Math y ella.
—No siempre comemos así de bien —le explicó Vinnie—. Después del incendio, se suspendieron las cenas en el hotel, pero Myfanwy es la mejor cocinera en muchos kilómetros, y gracias a nuestra insistencia y a que ella se aburría cocinando para tan poca gente, Math se vio obligado a volver a abrir el comedor. Pero los lunes cocinamos los propios residentes. De forma tradicional, los cocineros libran el lunes. Los pinches sólo pueden dar abasto con un grupo pequeño.
—Y aquí estamos —dijo Jeremy, desde el otro extremo,
Elain aún estaba intentando situarlo en un papel dentro de la película.
—Querida, me pregunto si podría pintar un retrato del fantasma —dijo Davina bruscamente.
Se apoyó en la mesa, con el mismo entusiasmo que lo habría hecho Madame Arcati.
—¿No cree que podría inspirarle, Elain?
Ella parpadeó.
—No lo sé. ¿Quién es? ¿Cuándo vivió?
—No se sabe exactamente, aunque en el pueblo se oyen muchas historias —dijo Vinnie.
—Dicen que es una chica —añadió Jeremy—. Aunque a veces creo que es un hombre. Tiene el mismo sentido del humor que Althorpe.
—¿Quién es Althorpe? —preguntó.
Miró al perro, que descansaba junto al fuego. Pero recordó que le habían dicho que se llamaba Bill.
—¡Por Dios! —exclamó Jeremy—. ¡Althorpe, el Vizconde!
Elain continuaba en blanco. —El hermano de la Princesa de Gales —le aclaró.
—Por supuesto, ahora es el Conde Spencer —señaló Vinnie.
—Claro —dijo Jeremy, golpeándose la frente con la mano—. La última vez que hablé con mi querido primo, aún se llamaba Althorpe. Es un primo por parte de madre —le dijo a Elain, seguro de impresionarla—. Me temo que la familia de mi padre no tiene tan buenas relaciones con la casa real.
Añadió aquel comentario con la típica desaprobación inglesa, convencido de que, una vez que había quedado patente su relación con el Conde Spencer, a Elain no le importaría el origen de su padre.
—De todas formas, me temo que ahora le sonríe la suerte, aparte de haber caído en desgracia frente a los demás —prosiguió.
«Sydney Greenstreet», se dijo Elain, que por fin había encontrado su papel. «Y está a dieta.»

El segundo plato era salmón a la plancha con patatas cocidas y guisantes, todo cocinado a la perfección.
—Myfanwy suele tomarse los lunes libres —explicó Vinnie—. Pero esta noche cocina porque es el primer día que viene, después de pasar fuera una semana. Su madre está muy enferma, y Math le dio unos días para ir a visitarla. Los lunes normalmente preparamos algo entre todos.
—La verdad es que estábamos tan hartos de nuestros comistrajos que le rogamos que cocinara hoy, y no ha puesto ningún inconveniente —dijo Davina.
—Sí, tiene suerte de no haber estado aquí la semana pasada. Le podía haber tocado comer una tostada con judías por encima —dijo Jeremy, temblando al recordarlo.
—Qué ridiculez. No estuvo tan mal —lo recriminó Rosemary—. Los filetes que preparó Math estaban deliciosos.
Se detuvo, pero nadie dijo nada. Elain se preguntaba qué habría cocinado ella cuando le tocó el turno. Rosemary se volvió hacia ella.
—¿Usted cocina?
Elain se quedó pensativa. Era una excelente cocinera. Le gustaba tanto comer que no podía pasar por alto algo tan importante como la preparación de la comida. Pero vio algo en la mirada de Math que la hizo abstenerse de hablar de sí misma. Tenía la impresión de que, si revelaba demasiado, aquel hombre le robaría el alma.
—Sé preparar bocadillos de queso y crema de champiñones —dijo tímidamente.
Todos los comensales hicieron una mueca de fingida resignación.
—¡Otra experta en bocadillos!
—Como puede ver, desde el incendio, hemos desarrollado una mentalidad todo terreno —dijo Math, haciendo una mueca— Podemos enfrentarnos a cualquier cosa. Por lo general, los lunes compartimos la tarea, pero la semana pasada tuvimos que establecer turnos.
—El segundo cocinero se ha ido a trabajar a otro hotel —le dijo Vinnie en voz baja—. Ya que no van a admitir clientes este verano...
—Por desgracia —dijo Davina, en voz alta y clara—, el enemigo está entre nosotros.
Elain se volvió hacia ella con tanta rapidez que el pelo le golpeó la cara. Los demás no se inmutaron, aunque Vinnie parecía molesta.
—Otra vez no, por favor —dijo Jeremy.
Elain sentía que el corazón se le aceleraba, y tuvo que cerrar los ojos para evitar mirar a Math y ver si se había dado cuenta de su reacción. Por un terrorífico momento tuvo la impresión de que Davina se refería a ella.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, esperando que nadie hubiera advertido su tensión.
—Todo el mundo cree que el fantasma es un bromista inocente —dijo, con voz grave—. Pero yo creo que ha cambiado.
—¿Cómo?
—Sí, se ha vuelto peor. Más siniestro. A veces ocurre.
—¿De verdad? Nunca había oído algo así. ¿Qué puede hacer cambiar a un fantasma?
Madame Arcati agitó una mano.
—Puede ser por muchas razones. Nunca se sabe —se puso una mano en la frente— Yo he sentido en este fantasma una especie de resentimiento o frustración que ha debido llevar consigo mucho tiempo.
Elain había oído cosas más raras, aunque no podía evitar la risa. Miró directamente a Math, por primera vez desde que se sentaron a la mesa.
—¿Ha pensado en traer un exorcista? Tal vez el vicario...
Davina se horrorizó al oír aquella idea.
—¡No! No se debe hacer eso. No en determinadas circunstancias.
—¿Por qué? Mi madre también lo dice —dijo Jan, con curiosidad.
Acababa de entrar en aquel momento con el segundo plato.
—No se puede exorcizar a un fantasma que ha cambiado —explicó Davina—. Es extremadamente peligroso,
Elain estaba dispuesta a llegar más lejos.
—Vamos, ¿desde cuándo los fantasmas son peligrosos? ¿No será que han visto demasiadas películas?
—Es algo mucho más serio —la recriminó Davina.
—Ya veo —se volvió hacia Math—. ¿Ha intentado un exorcismo?
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué no?
—Porque me gusta el fantasma. Y a la mayoría de la gente. Es una tradición, lleva en esta casa muchas generaciones. Y yo sólo llevo tres años. Sería pretencioso por mi parte decirle que se fuera.
—¿Cree que es una mujer?
—Sin duda.
—¿Por qué? —le preguntó con curiosidad.
—Porque he acabado por conocerla, y es muy femenina —dijo, sonriendo.
Elain sintió que se le ponía la carne de gallina. Ahora temblaba visiblemente, aunque no por los motivos que todos suponían.
—No hay nada que temer —dijo Vinnie—. Yo he vivido con ella muchos años y nunca ha actuado con maldad. Hace algunas chiquilladas, pero con tanto sentido de humor que siempre se la acaba perdonando —se volvió hacia Math—. Sería una pena que se fuera.
—Voy a tener que pellizcarme —dijo Elain, con asombro—. ¿Siempre representan esta escena con los nuevos huéspedes? Supongo que no dirán en serio que creen en ese fantasma, que vive en esta casa y todas esas cosas.
Rosemary suspiró.
—Ah, la limitada mente colonial. Claro, supongo que en Canadá no hay edificios suficientemente antiguos para albergar fantasmas. Aquí, querida, llevamos construyendo edificios mucho más tiempo que ustedes. La mayoría de las mansiones de Inglaterra tiene fantasmas, y sospecho que las casas pequeñas también. Es estúpido ridiculizar algo que no se conoce.
Elain no supo qué decir ante aquella regañina. En realidad, no había querido ridiculizar a su fantasma, y parecía haberse quedado muda. Le habría gustado responder al ataque de Rosemary, pero lo único que sentía era aquella insoportable timidez que tan bien conocía, y la certeza de no poder contar con nadie.
Miró a Math, sin saber muy bien por qué. Tal vez porque sintió que él la miraba. Encontró comprensión en sus ojos y él se inclinó hacia ella.
—Siempre podrá pintar su retrato.
De repente se sintió aliviada. Se vio envuelta en una oleada de risas incontrolables y contagiosas. Aquello acaparó la atención de todos, aunque Davina seguía diciendo que aquello no era algo sobrenatural, sino perfectamente científico, aunque aún no se había estudiado lo suficiente.
—¿Qué pasa? ¿Cuál es el chiste? —preguntó Rosemary.
Resultaba evidente que desaprobaba aquellas risas.
Elain se mordió el labio y sacudió la cabeza, intentando contenerse.
—No le he dicho a Elain que pinte al fantasma, sino que te pinte a ti —dijo Math, con calma.
Rosemary intentó fingir que no le preocupaba.
—¿De verdad? ¿A mí? No sé por qué.
—Porque es una artista del color y de las formas, no de las palabras. Y por ese motivo ha estado en desventaja cuando la has insultado delante de todos.
Tanto Elain como Rosemary se quedaron boquiabiertas. Elain observó paralizada cómo Rosemary se sonrojaba lentamente, desde el cuello, pasando por las mejillas y finalmente hasta las raíces del pelo. Por un momento, la mujer se quedó sin habla. Después miró su plato, a Math, y por último a Elain. Se tocó el cuello inquieta, como si llevara un collar.
—Puedo asegurarle que no he querido insultarla, querida. Espero que me perdone. Me temo que entre nosotros es una costumbre llamar coloniales a los canadienses y a los australianos, pero le aseguro que no es con mala intención, aunque sé que a ustedes les irrita.
Elain estaba absolutamente desconcertada.
—Ya, ya me imagino, es que...
Se sumió en silencio cuando volvió a aparecer Jan.
La joven sirvió el postre, a base de melocotones y crema y aprovechó el silencio para preguntar a Elain:
—¿Les ha contado lo de su familia?
Evidentemente no era una empleada cualquiera. Elain pensó que también debía asignarle un papel en la película.
—Elain quiere aprovechar su estancia para localizar algunos familiares, ¿no se lo ha contado?
Todos se sorprendieron.
—¿De verdad?
—¿Dónde están?
—¿Quiere decir que es usted de por aquí?
Cuando le dejaron hablar, se explicó.
—Mi bisabuelo nació en Gales en 1879. Se llamaba Arthur John Owen. Eso es todo lo que sé. Y he pensado que tal vez podría descubrir algo más.
—Elaine, acabado en e no es un nombre galés. Pero sí lo es Elain.
—En mi partida de nacimiento consta el nombre sin la e —interrumpió Elain, entusiasmada— Siempre me he preguntado la razón.
—¿Sí?, entonces, ¿cómo deberíamos pronunciarlo, Math? —preguntó Vinnie.
—Hay que acentuar la primera sílaba. Significa «cierva», o «cervatillo», no estoy seguro. Es un nombre poco frecuente.
—Puede encontrar información sobre las partidas de nacimiento en Saint Catherine House —dijo Rosemary—. Pero tendría que ir a Londres.
Elain se sorprendió.
—¿De verdad? Pude haberlo hecho mientras estaba allí, pero no lo sabía.
—¿Ha estado en Londres?
—Sí.
De pronto, se sobresaltó. No sabía muy bien si les había hecho creer que había llegado directamente de Canadá. No podía recordarlo. Miró a Vinnie con nerviosismo, y después a Math. Era ridículo pensar que él sabía algo, aunque parecía muy inteligente. Se dijo que debía tener más cuidado.
—Sí —continuó—. He estado en Londres, pero muy poco tiempo. Y no me di cuenta de que allí podría obtener información.

8Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 3 Dom 01 Feb 2009, 17:41

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—También puede conseguirla aquí —dijo Math—. En la Biblioteca Nacional de Aberystwyth están registrados los nacimientos desde 1837.
—¿Está muy lejos de aquí?
—No mucho. En coche se llega en un par de horas.
—Puede que vaya.
—Así que es usted galesa, Elain. Debíamos haberlo supuesto —dijo Davina.
Elain ya estaba un poco cansada de su sexto sentido, pero sonrío. —¿De verdad?
—Tiene el pelo rojo, es un rasgo típico de los celtas.
Elain se rió y se paso una mano sobre el pelo.
—Sí, ya me lo han dicho antes. Pero mi bisabuelo era muy moreno, al menos así lo retrataron. Un celta muy oscuro, según he oído.
—Como Math, entonces.
Ella lo miró. Era evidente que tenía rasgos galeses, como se podía apreciar en las cejas y los ojos oscuros, las facciones, la nariz y la boca. Pero aquello no era lo que la ponía nerviosa. En realidad, no sabía el motivo.
—¿No será descendiente del señor de la fortaleza que defendió Owen Glendower? —preguntó a Math— ¿O tal vez del propio Glendower?
Él la observaba con interés.
—No. Procedo del valle. Por mis venas corre sangre de mineros y granjeros. ¿A qué se dedicaba su bisabuelo?
—Era constructor —dijo.
Nadie más tomaba parte en aquella conversación, todos estaban atentos a lo que decían.
—Construía casas —continuó— Al igual que su padre.
—¿Y emigró a Canadá?
—Exacto. Y allí se hizo cura. Después fue elegido para el Parlamento.
—Supongo que era un buen orador —dijo Vinnie Daniels—. Los galeses lo son.
—Murió cuando mi madre tenía quince o dieciséis años. Nunca le oí hablar, por supuesto. Pero mi abuelo decía que desprendía un magnetismo especial en el púlpito.
Miró a Math y se lo imaginó en un púlpito, hipnotizando a los rieles con su profunda voz.
Una voz que escucharía a menudo si decidía continuar con aquel asunto. Una voz que debería grabar en una cinta. Entonces se dio cuenta de que él también la miraba y parpadeó, temblando ligeramente.

Por la mañana encontró una avispa en el borde de la ventana. La observó mientras se frotaba la cabeza con las patas, igual que un gato. La avispa voló con la brisa y Elain la siguió con la vista, hasta el valle.
Era una hermosa mañana. El sol estaba ascendiendo por las colinas y aún no había alcanzado el valle. Pero brillaba con fuerza en el hotel. Había dejado las cortinas descorridas, de manera que la luz del día la despertó temprano. Se lavó rápidamente y se vistió.
La noche anterior había decidido seguir adelante con el trabajo, harta de conducir y fascinada con aquel lugar y Math Powys. Había muchas razones para no irse de allí: la oportunidad de pintar, el enfado de Raymond sí volvía, y el dinero. Tampoco le apetecía quedar como una tonta. Y existía otra razón, algo inexplicable que tan pronto la atraía como la repelía.
Comprobó el equipo de grabación y se lo escondió entre la ropa. Aún faltaba una hora para el desayuno, de modo que decidió salir a explorar un poco. Quería ver las ruinas de la fortaleza.
Al salir oyó el tintineo de los platos, a lo lejos. Abrió la puerta principal y abandonó las sombras de la casa para encontrarse bajo el brillante sol, que auguraba un día despejado y caluroso.
Subió la colina y llegó a las ruinas en sólo cinco minutos. Volvió a pensar en los granjeros del valle. Les debía llevar al menos media hora alcanzar la fortaleza, sobre todo si tenían que cargar con niños, comida y sus más preciadas pertenencias. El pánico también debía suponer una pesada carga. Se preguntó si los ingleses quemarían y saquearían los pueblos a su paso.
La fortaleza no le pareció muy grande, en comparación con los castillos galeses, y la mayor parte estaba en muy mal estado. Comprobó que lo que le había dicho Math el día anterior era verdad: se habían utilizado muchas de sus piedras en la construcción del hotel, y tal vez también en algunas cercas y casas del valle. Sólo quedaban una pocas piedras que permitían averiguar el considerable perímetro de las paredes. La estructura de la torre principal se mantenía en pie, igual que una edificación auxiliar que formaba parte de la muralla.
Elain subió por una vieja pero sólida escalera, que estaba en el interior de la fortaleza. Hacía frío, y el lugar estaba sumido en la penumbra, aunque a mediodía el sol debía alcanzarlo de lleno. Se quedó un rato allí arriba, mirando a través de una alta saetera. Podía imaginar el castillo tal como fue, oscuro y sombrío. Sintió la presencia de una mujer que había estado allí, observando y esperando algo que no conseguía averiguar. Tal vez el retorno de su marido tras la batalla. Un hombre al que amaba profundamente, un hombre fuerte y curtido que había partido con su príncipe, y que tal vez murió en la batalla. Y aquella mujer seguía esperando oír el sonido de los cascos del caballo, que indicaría que su marido estaba vivo y volvía a ella, o que precedían al mensajero que le comunicaba su muerte. Imaginó el sonido de los cascos, resonando en la piedra, y cómo debió sentirlos aquella mujer, en todo el cuerpo, en los huesos y en el corazón, sin saber si sería su voz la que escucharía, o la de un desconocido.
—¿Elain? ¿Está usted ahí?
Dio un brinco como si le hubieran echado agua hirviendo encima, y estuvo a punto de caerse de la plataforma de piedra. Oyó resoplar a un caballo y miró hacia el final de las escaleras de piedra. Entre las sombras descubrió a Math, que montaba un gran caballo negro y la miraba con curiosidad.
—Hola —saludó, apenas sin voz.
La figura imponente de Math la estremeció.
—Supuse que la encontraría aquí.
Dejó caer las riendas y se bajó del caballo, que enseguida empezó a comer la hierba que abundaba en el suelo de la fortaleza. Math fue hacia el pie de las escaleras y miró hacia arriba.
Elain sintió un curioso impulso, como si perviviera en ella el espíritu de la dama del castillo y aquél fuera su caballero. Contuvo el deseo de correr hacia él y bajó las escaleras lentamente. Le habría resultado difícil explicarle su conexión con aquella mujer de otra época lejana, que esperó durante tanto tiempo a su caballero. Y por fin, aparecía, en la figura de Math.
Cuando llegó a su altura, hubo un momento de silencio y ambos se miraron, como si algo inesperado fuera a suceder.
—¿Necesita un guía? —dijo él.
Su trabajo consistía en contestar que sí. La noche anterior había decidido que no tenía sentido aquel miedo irracional, pero a pesar de todo seguía sintiéndose insegura a su lado. Se sentía como si estuviera en el borde un precipicio, Incluso a la luz del día lo temía.
—Sí, gracias —le contestó.
El espeso pelaje del caballo estaba sudoroso por el ejercicio, pero Elain no pudo resistir la tentación de acariciarle el cuello. El animal respondió agitando la cabeza bruscamente y la empujo con el hocico. Elain rió y dio un paso atrás, intentando mantener el equilibrio.
—Vaya, parece muy sociable.
—Algunas veces —dijo Math.
El caballo seguía empujando a Elain.
—Debe pensar que le voy a dar azúcar.
—Más bien cree que usted es el azúcar.
Math estaba sonriendo, pero Elain no vio nada especial en aquello. Pensó que podía sonreír así a cualquiera. Aún así seguía encontrando una doble intención a sus palabras. De repente, empezó a sentirse agobiada por el fuerte olor del caballo, que no dejaba de apretar el hocico contra su pecho, Dio un grito y se echó hacia atrás, turbada ante aquella ridícula situación. Para ocultar su sonrojo, inclinó la cabeza Y ajustó el cable de la grabadora que llevaba sujeta al cinturón, como si pensase que el caballo podía haberlo desconectado.
Al hacerlo pulsó el botón de grabación con disimulo, y aquel leve movimiento pareció devolverle la confianza. Miró a Math y se retiró el pelo de la cara.

—No pasa nada. ¿Cómo se llama?
Math la miraba con tal firmeza que estuvo a punto de desconectar la grabadora, convencida de que se había dado cuenta. Pero se mordió un labio y sonrió.
—Balch —respondió Math.
Elain frunció el ceño.
—¿Como la ciudad?
—Se siente orgulloso de ser galés. Se pronuncia acabado en el sonido de la jota, como la palabra escocesa «loch».
—Es muy bonito.
El caballo había vuelto a comer hierba y Elain aprovechó para volver a acariciarlo. Entonces el animal alzó la cabeza y resopló suavemente en su oído.
—¡Bueno, pues vete! Sé apreciar cuando alguien no me quiere.
Math arqueó una ceja.
—¿Está segura?
Elain fingió no escucharlo, miró hacia arriba y le preguntó sobre la edad del edificio y su constructor. No había mucho que ver, pero entraron en lo que debieron ser unas habitaciones, aunque sin puertas que las separaran. Math describió lo que cada una de ellas debía haber sido. A medida que hablaba, Elain revivía las vidas de sus habitantes. Pensó que era cierto lo que se decía de los galeses, puesto que tanto su voz como aquel lugar parecían hechizarla.
Salieron y empezaron a caminar hacia otra pequeña estructura.
—¿Y quién vivió aquí? —preguntó.
—El constructor debió ser un pequeño señor del siglo trece que debía tributo al príncipe Llewelyn. Es probable que el valle perteneciera al castillo.
Elain miró a su alrededor, sonriendo. El sol ascendía sobre las montañas iluminando el valle con su luz dorada. Sentía un profundo vínculo con todas las personas que habían vivido en aquel lugar a lo largo del tiempo.
—Mucha gente habrá visto la salida del sol en este mismo lugar a lo largo de siete siglos —dijo a media voz.
—Yo diría que durante muchos más —dijo él—. Es probable que haya habido otros asentamientos desde la prehistoria. Antes de esta fortaleza hubo otra, probablemente de la época del rey Arturo. Anteriormente, los romanos estuvieron aquí, y antes que ellos, los celtas.
Elain lo observó mientras hablaba de sus ancestros, y pensó que tal vez aquello era lo que le inspiraba sentimientos tan contradictorios.
—¿Y qué construyeron?
Math señaló un punto a lo lejos.
—En aquella elevación del terreno quedan restos de una fortificación, que debe datar del primer o segundo siglo antes de Cristo.

Elain lo miró.
—¿Es usted historiador?
Math dudó antes de contestar.
—Se podría decir que sí.
—¿Por qué decidió comprar el hotel?
La cinta continuaba grabando y Elain se sintió una tramposa. Desconfiaba de aquel hombre y su voz no la hacía sentirse mejor. Normalmente, le costaba mostrar interés por alguien que le desagradaba tanto. Como había ocurrido con Stephen, su tutor en la universidad. Todos insistían en lo buen profesor que era y lo mucho que iba a mejor su rendimiento con él, pero ella no lo soportaba. Odiaba tener que hablar con él.
—Estaba buscando algo en el pueblo, y resultó que Vinnie vendía su castillo. Mi familia procede de las inmediaciones, y es más que probable que tuvieran que pagar tributo al señor del castillo —sonrió—. Lo encontré irresistible.
—¿A qué se dedica un historiador?
—A veces doy clases. Pero sobre todo me gusta escribir.
No parecía tener muchas ganas de dar explicaciones.
—¿Y qué escribe?
—Artículos, y algún libro.
—¿Sobre Gales?
—Algunas veces.
—¿Podría leer algo?
Hizo aquella pregunta sin saber muy bien por qué. Intentó convencerse de que no quería obtener más información sobre él, sino sobre sus propios antepasados.
Math se quedó en silencio, mirándola.
—Bueno, si prefiere que no lea nada, no importa —añadió Elain.
—Al contrario, me halaga su interés.
Elain no lo creyó.
—¿Cómo era la fortaleza celta? —preguntó—. ¿Qué tipo de vida llevaban?
Miró la elevación del terreno, que no le sugería nada. Sólo era un pequeño montículo de tierra, cubierto de brezo y matorrales.
—Generalmente, elegían terrenos secos y empleaban madera en sus construcciones. Si está interesada en ver alguna, en mis libros puede encontrar reproducciones —dijo Math—. Se alimentaban a base de trigo y cebada. Construían fortificaciones muy resistentes y con complejos sistemas de defensa, lo cual indica que a menudo debían hacer frente a guerras tribales.
—¿Cree que los granjeros subían del valle para obtener protección? —preguntó.
—Supongo que lo venían haciendo desde hace dos mil años siempre que había una guerra.
Elain imaginó que podría pintar un cuadro que abarcara todos los períodos por los que había pasado aquella zona: construcciones celtas, guarniciones romanas, el castillo de uno de los nobles de Arturo y la fortaleza de Llewelyn, más tarde de los defensores de Owen Glendower.
—En esta fortaleza había una mujer, esperando —dijo como en sueños.
—¿Si?
—No hablo de un fantasma. Estaba esperando a un hombre que nunca regresó.
—¿Cree que no?
No quiso confesarle que ella también esperó una vez a un hombre que nunca volvió, y tal vez aquélla era la razón por la que sentía la presencia de aquella mujer con tanta fuerza.
—¿Cómo eran de altas las construcciones en la época de Arturo? ¿Serían como ésta? Se debieron librar muchas batallas en otras fortalezas anteriores, ¿no es verdad?
Él no contestó, invitándola a continuar con su sueño»
—No podría decir en qué época vivió —volvió a hablar de la mujer—. Hace quinientos anos, o tal vez mil.
—Supongo que las mujeres han estado esperando a los hombres desde que se inventaron las guerras.
—Sí, pero, ¿quién era esta mujer? Me gustaría pintarla.
Math la observó un momento detenidamente.
—¿Cree que puede tratarse de nuestro fantasma?
Aquella pregunta la hizo volver de su ensueño.
—¿Qué? Oh, no. No creo que esta mujer sea un fantasma. Es sólo que estuvo tanto tiempo esperando que es fácil sentir su presencia. ¿Sabe a lo que me refiero?
—Sí —dijo.
—No me suelen pasar estas cosas. Pero siento algo especial y quiero pintarlo. Realmente puedo sentirla, no como una idea, sino como una personalidad.
Empezó a dar forma al cuadro en su mente y se dio cuenta de que no necesitaba ver con claridad a la mujer. Podía ser un ojo que observara tras una saetera; o una figura distante en el baluarte. Había cosas más importantes que el color del pelo.
Caminaron sobre la hierba hacia la pequeña estructura en ruinas que se encontraba al lado de la fortaleza. Había una verja y varios letreros de madera que advertían que el lugar era peligroso. Elain se asomó para echar un vistazo.
—¿Corre peligro de derrumbarse?
—Ha habido algún hundimiento. Lleva cerrado desde la guerra. Alguien se cayo en un agujero y se rompió una pierna. Probablemente fuera un pozo, así que el que se cayó tuvo suerte de poder salir. De vez en cuando viene algún turista, y es mejor que esté cerrado.
Elain metió la cabeza entre dos barrotes para ver mejor. Era mucho más pequeño que el edificio central y no tenía subdivisiones interiores.
—¿Qué cree que ...?

No pudo acabar la pregunta, porque uno de los barrotes se desprendió y estuvo a punto de caerse.
De no haber sido por Math, que la sujetó con fuerza por la cintura, podía haber ocurrido una desgracia.
—No debería acercarse tanto a esta zona —dijo, una vez que ella se incorporó—. No quiero que pase la noche en el fondo de un pozo.
—Ni yo tengo intención de trepar por él —dijo—. ¡El maldito barrote ha cedido! ¡No soy idiota!
El comentario no merecía una reacción como aquélla. Estaba nerviosa y desconfiaba de él. Al sujetarla, Math había podido tocar la grabadora, y era posible que hubiera sentido la vibración que indicaba que estaba en marcha. Aún la estaba sujetando, tenía su mano izquierda alrededor de la cintura y la derecha sobre la cadera. Se volvió para mirarlo. Sus ojos eran muy oscuros.
—Lo siento —dijo.
El corazón le latía con fuerza y no sabía por qué sentía tanto miedo. Sabía que, aunque Math supiera quién era y fuera el responsable del incendio, no le haría daño, puesto que aquello despertaría la curiosidad de las autoridades.
Se dijo que era una estupidez considerarlo un peligro. Aun así, no podía librarse de la sensación de que, de un momento a otro, le daría un golpe en la cabeza y la tiraría al fondo del pozo.

9Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 4 Vie 06 Feb 2009, 20:38

Martha.

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—ESTÁ OTRA vez aquí —anunció Rosemary.
—¿Quién? —dijo Jeremy mientras bostezaba. No le gustaba levantarse temprano, pero al haber disminuido el número de huéspedes del hotel, el personal también era más reducido, y en consecuencia, nadie le llevaría el desayuno a la cama a hurtadillas. Jan no se dejaba impresionar por sus lazos familiares.
—Esa mujer, el fantasma —explicó Rosemary a Elain, mientras removía su café—. Esta mañana, en mi habitación, me cayó hollín de la chimenea en la cara. Te lo digo yo, es maligna.
Davina asintió con énfasis, pero tenía la boca demasiado llena de tostada con mantequilla y mermelada como para hablar.
Jeremy cogió la cafetera.
—¿Y qué estabas haciendo en la chimenea? —preguntó con falsa sorpresa.
Elain se atragantó con una miga y empezó a toser.
—Me pareció oír a un pájaro que se había quedado atrapado y fui a ver.
—Tal vez el pájaro le echó el hollín —sugirió Elain.
A Rosemary le desagradaba tanto que alguien pudiera poner en duda la existencia de¡ fantasma que desechaba cualquier explicación racional. Irritada, sacudió la cabeza.
—¿Por qué le preocupa tanto el fantasma?, ¿tiene miedo?
Davina se tragó el trozo de tostada que estaba masticando.
—Mire, querida, yo estoy convencida de que el fantasma provocó el incendio. Y tenemos miedo de que ocurra otro incidente que pueda ser fatal. Gracias a Dios, esta vez no ha muerto nadie.
Elain ya había conectado la grabadora hacía rato. De modo que arqueó las cejas y preguntó:
—¿Cree que fue el fantasma? ¿Es posible?
—Por supuesto, Si un fantasma es capaz de pasar a un plano físico, deja de ser un mero fenómeno extraño. Se convierte en algo diferente, mucho más completo de lo que el término implica. Y esos son los fantasmas que corren el riesgo de transformarse.
Le llegó el turno de servirse a Elain.
—¿Es usted médium, Davina?
—Creí que se había dado cuenta. Querida, soy psíquica. Puedo captar la presencia de los espíritus.
—Como Madame Arcati.
—¿Cómo dice?
—Ya sabe, aquella película estupenda de Margaret Rutherford.
—Ya sé quien es Madame Arcati —dijo con frialdad—. Yo no soy médium.

—Tengo una compañera de piso que es una entusiasta del cine.
Se aclaró la garganta, consciente de que había estado a punto de hablar demasiado.
—Tiene una enorme colección de videos —continuó—. Yo siento debilidad por las películas de los años treinta y cuarenta. Me encanta Margaret Rutherford, en especial en Blithe Spirit. ¿A usted no?
—Jeremy, ¿puedes pasarme la mantequilla? —dijo Davina.
Elain se dio cuenta de que la había ofendido.
—Bueno, es una comedia, claro —dijo débilmente— Pero no queda en mal lugar. Quiero decir que hizo un buen trabajo, ya que consiguió que la esposa volviera.
Después recordó que no había sido así exactamente. Tal vez había sido la doncella, que tenía poderes sin saberlo.
—Ya —dijo Davina.
—Mi hermana se toma muy en serio su trabajo —le aclaró Rosemary.
—¿Es usted profesional? Entonces, ¿Math la llamó para pedirle consejo?
Davina parecía necesitar tiempo para recobrarse y contestó Rosemary en su lugar.
—No —dijo—. Vinimos hace unos años a La Dama Blanca, de vacaciones y por pura casualidad, y entonces oímos hablar del fantasma. El año pasado volvimos, Solemos pasar el verano en Gales y esta zona nos gusta especialmente. Entonces mí hermana no dijo nada, pero le preocupaban algunos cambios que había observado en el fantasma. Pero era pronto para prevenir a nadie, sobre todo teniendo en cuenta que aún no sabían que era una profesional. Por supuesto, no solemos hablar de esto.
—Claro —dijo Elain.
Elain pensó divertida que, desde que la había conocido, no había tenido ningún reparo en hablar del tema.
—Este año hemos vuelto —continuó—, porque mi hermana está investigando para escribir un libro sobre los fantasmas de Gran Bretaña. Quería incluir éste, y para ello tenía que comprobar si se iba a manifestar los cambios que esperaba. En efecto el fantasma se ha transformado. Vinimos y encontramos el hotel casi en ruinas.
—¿Nadie las avisó?
—Estábamos de viaje —Davina continuó con la historia—. No podían localizarnos de ninguna manera. Cuando llegamos, todavía se sentía el olor del humo —se estremeció—. Fue horrible. Creo que no había estado tan aterrorizada en mi vida. ¡Fue todo tan rápido! Parece increíble que un viejo edificio de piedra pueda arder así. Fue una suerte que no ardiera entero.
—Gracias a los esfuerzos de Math, sobre todo —intervino Jeremy—. Por supuesto, yo también ayudé. Fue un trabajo realmente duro, hasta que llegaron los bomberos. Yo, personalmente, había perdido las esperanzas de poder contener el fuego.
—¿Cómo empezó? —preguntó Elain—. ¿Cómo puede un fantasma provocar un incendio?
Se llevó la mano a la grabadora para comprobar que seguía en marcha. En una ocasión, había conseguido una conversación incriminatoria y después de dio cuenta de que la grabadora estaba desconectada.
—Empezó en el sótano —dijo Jeremy—. Bajo el salón. Los peritos de la compañía de seguros estuvieron por aquí intentando descubrir el origen.
—¿Qué dijeron?
—No lo sé con exactitud, pero aún no han pagado. Math quiere empezar con la reconstrucción cuanto antes, pero mientras no reciba el dinero no podrá.
—Entonces, ¿no descubrieron la causa?
—Al parecer, había un poco de gasolina en la bodega, de la que nadie sabía nada —dijo Rosemary.
—Dos latas grandes. Llevaban ahí desde la guerra.
En aquel momento, Vinnie Daniels entró en la habitación como una bocanada de aire fresco y Elain sintió que el ambiente se animaba.
—Buenos días a todos —saludó—. Me temo que me he quedado dormida.
Se sentó junto a Elain, y sonrió mientras cogía una taza y un platillo.
—Querida, ¿tendría la amabilidad de servirme un poco de café?
—Por supuesto.
Elain llenó la taza de porcelana y le ofreció leche y azúcar.
—Estábamos hablando del incendio. Es sorprendente que esa gasolina llevara allí tanto tiempo.
Vinnie puso una pequeña cantidad de azúcar en el café y lo agitó vigorosamente.
—Lo sorprendente es cómo llegó hasta allí. Estoy segura de que la gasolina nunca se guardó en el sótano. Al menos no desde la guerra, porque mi padre lo limpió en 1948, cuando compró el edificio —miró a Rosemary y después a Elain—. Tal vez no lo sepa, querida. Mi padre compró la casa después de la guerra y la transformó en hotel. Mi marido había muerto en Arnhem, así que me vine aquí con mis padres. Se lo vendí a Math hace tres años, cuando ya me resultaba muy difícil dirigirlo.
Aquello aclaró algunas cosas que Elain no comprendía muy bien.
—¿Y aún veranea aquí?
—Vivo aquí de forma permanente —contestó—. Es el único hogar que he tenido en cincuenta años, Math consintió en dejar que me quedara hasta el día de mi muerte.
—Tal vez había gasolina y tú no lo sabías —Insistió Rosemary—. Esa parte del sótano es tan pequeña y tan húmeda que supongo que nadie tendría ganas de entrar. A fin de cuentas, los agentes del seguro encontraron las latas, o lo que quedaba de ellas.
—No había latas con gasolina en esa parte del sótano —Insistió Vinnie.
Rosemary la observó con el ceño fruncido, como si dudase de su cordura.
—Estaban allí desde el último inventario de 1942.
Es lo que Math les contó. ¿Cómo demonios se explica eso?

—¿Usted qué cree que ocurrió, Rosemary? —preguntó Elain.
—Una de las latas debió empezar a gotear. Creo que el calor o una chispa provocó el incendio.
—Y un espíritu es capaz de general calor —añadió Davina.
—Por supuesto —dijo Jeremy—. También generan frío. A menudo suelen causar corrientes de aire, y los llamados puntos fríos. Por supuesto, Althorpe tenía un fantasma. Alguna vez lo vi, cuando era pequeño.
—Los niños pueden verlos —intervino Davina.
Elain rió para sí, imaginando cómo iba a salvar aquel problema la compañía de seguros. Pero Raymond quería un trabajo concienzudo y, si aquello suponía incluir fantasmas, así sería.
—¿Cree que el fantasma vivió aquí? Quiero decir, mientras vivía.
—Sin duda —contestó Davina.
—No hay duda de que ésta era su casa —añadió Vinnie.
—Por supuesto —dijo Rosemary.
—Pero, ¿por qué querría quemarla? ¿Adónde iría?
Davina pareció ponerse en guardia.
—Bueno...
No continuó la frase.
—No hay razón para que se volviera maligna —dijo Vinnie—. Y, desde luego, ella no tenía motivos para quemar la casa. Tiene demasiado sentido del humor como para hacer algo tan estúpido.
—Los fantasmas inteligentes son los que tienen más probabilidades de cambiar —dijo Davina, nerviosa.
Era evidente que el sentido común de Vinnie la incomodaba.
—Creo que eso es muy poco probable. De cualquier forma, ¿cómo lo demostrarías? —dijo Vinnie.
Bebió un sorbo de su café, con tranquilidad.
—Tal vez Davina podría elaborar un test de inteligencia para fantasmas —sugirió Jeremy.

Un poco más tarde, y ya en su habitación, Elain escuchó la conversación que había grabado. Raymond decía a menudo que aquellos aparatos eran estupendos para realizar operaciones secretas. Resultaba muy fácil grabar sin que nadie se diera cuenta.
La grabadora de Elain era sencilla y siempre llevaba una cinta de un curso de idiomas. Siempre se encargaba de que la gente supiera que estudiaba italiano, lo cual no resultaba sospechoso en una artista que algún día quería ir a pintar a Italia. Y así, si alguien se daba cuenta de que lo que se oía por sus auriculares eran voces, en vez de música, no se sorprendería.

Pero el aparato tenía espacio para una segunda cinta, que no se veía, y era en ella donde Elain grababa las conversaciones.
Siempre que trabajaba para Raymond llevaba la grabadora, y solía ir con los auriculares, que ocultaban el micrófono, alrededor del cuello o en las orejas. La gente pensaba que Elain era una de aquellas personas que siempre iban pegadas a su aparato, y nadie le daba importancia.
Y se estaba volviendo una experta en italiano.
Tomó algunas notas sobre las conversaciones que habían mantenido durante el desayuno, pero no descubrió nada que pudiera interesar al cliente de Raymond. Todos conocían la causa del incendio, y Elain no podía imaginar que la compañía de seguros fuera a aceptar la idea de que un fantasma había generado el calor suficiente para prender las latas de gasolina.
Lo más interesante era la insistencia de Vinnie de que en el sótano no había gasolina. Tal vez por aquel motivo la compañía sospechaba de Math Powys.
Apuntó la fecha y la hora de la grabación y guardó la cinta en un compartimiento secreta de su maleta. Nunca borraba ninguna cinta antes de que el caso estuviera resuelto, puesto que el comentario más insignificante podía resultar ser una prueba.
Después cogió la cinta en la que había grabado la conversación con Math. No había nada importante en ella, pero quería escucharla. Anotó la fecha y la hora en una pequeña etiqueta y se la pegó. Después la introdujo en el pequeño aparato y la rebobinó.
—¿Cómo se llama?
Escuchó su propia voz, más intensa que de costumbre por la cercanía del micrófono.
—Balch.
Se preguntó por qué motivo habría grabado aquella conversación, si en ningún momento había hablado del fuego.
—¿Como la ciudad?
Aquella voz profunda la estremecía. Decidió apagar la grabadora, puesto que no le apetecía escuchar aquella voz más de lo necesario.

—Parece que han salido todos de una película —dijo Elain.
Estaba llamando desde el teléfono de pueblo, ya que en su habitación no tenía, y llamar desde el vestíbulo del hotel no le parecía recomendable.
—¿De verdad? ¿De cual? —dijo Raymond.
Elain rió.
—Eso es lo que estoy intentando imaginar. El título podría ser algo así como El mundo está loco, loco, loco, pero ya existe una película con ese título, y no tiene mucho que ver.
—¿Qué tienen de raro?

10Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 4 Vie 06 Feb 2009, 20:38

Martha.

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—Son un atajo de excéntricos. Siempre había oído hablar de la excentricidad de los ingleses, pero no imaginé que pudieran colocarlos a todos juntos en el mismo sitio.
—Depende del sitio. Es probable que en el manicomio de Bedlam tengan más de los que les corresponden.
Raymond tenía la capacidad de hacerla sentirse mejor. Poseía un agudo sentido del humor, y siempre sabía hacer los comentarios adecuados para tranquilizarla. Elain no tenía mucha facilidad de palabra, así que era una cualidad que admiraba en los demás.
—Y hay un fantasma —añadió—. Se llama Jess y creo que tiene ya unos cuantos siglos.
—Bueno, no creo que sea una sospechosa —dijo Raymond.
—En eso te equivocas.
Le contó la teoría de Davina acerca del incendio.
—Está muy bien —dijo él—. Pero no es lo suficientemente sólida. Dudo que podamos demostrar legalmente que un fantasma ha tomado parte en el siniestro, aunque sea cierto.
—¿Saben que Vinnie era la antigua propietaria? —dijo Elain de repente— Está convencida de que en el sótano no había gasolina. ¿Por eso sospechan los del seguro?
—No —contestó Raymond—. No lo han dicho claramente, pero creo que recibieron un soplo.
Era evidente que Math Powys tenía un enemigo, alguien que quería hacerle daño del modo que fuera.

Por la tarde cogió el caballete y los útiles de pintura y se fue a pintar frente a la fortaleza en ruinas. Se sentó y contempló el White Lady y el valle que se extendía a lo lejos. En el lado opuesto se levantaba la figura de Cadair Idris sobre el cielo. Lo que decían de las montañas galesas era cierto.
No eran muy altas, pero estaban perfectamente proporcionadas.
Pensó que la mujer misteriosa debía haber contemplado aquella misma vista, mientras caminaba junto a las almenas o miraba por la diminuta ventana. Probablemente, el paisaje no había cambiado mucho desde entonces. Se preguntó si también habría ovejas en las laderas de las colinas. Los campos no debían haber estado tan despejados y no habría coníferas, aunque el bosque sería mucho más extenso y abundarían los robles, los fresnos, las hayas, los olmos y los alerces. Casi podía verlos cubriendo el valle.
Imaginó a la mujer entre las almenas, frente a aquel extenso panorama. Las mujeres de aquella época debían esperar semanas, tal vez meses, antes de tener noticias de sus maridos. Aquel hombre podía haber ido a las cruzadas, en cuyo caso pasarían años. Años de espera, ansiando su regreso.
Mientras pintaba recordó que ella misma había esperado durante varias semanas, repitiéndose como una oración: «Dijo que volvería. Lo prometió». Al principio, todo el mundo había sido muy amable con ella. Intentaban convencerla de que no volverían, no porque no quisieran, sino porque era imposible. Ella no quería reconocerlo, Al final, la gente que la rodeaba se asustó, y aquel temor se convirtió en crueldad. Le gritaban que habían muerto, que sus padres habían muerto, y que nunca más volverían a casa.
La mujer de la fortaleza debía presentir la verdad. Pero tal vez no quiso desconfiar de la palabra de quien había prometido que volvería, puesto que el hecho de no regresar significaría que había muerto. Él volvería si tenía oportunidad, y por lo tanto, debía mantener la esperanza y esperar, porque no creer que fuera a cumplir su promesa sería igual que traicionarlo.
Y lo único que podía hacer era esperar. Si él no volvía, la vida no tenía sentido. Elain observó el lienzo y se concentró en la silueta de la mujer, que estaba de espaldas, con las manos apoyadas en el alféizar de piedra. Debió haber suplicado a Dios que salvara a su marido.
Escuchó ruido de pasos sobre las piedras y se volvió. Allí estaba, delante de ella, con sus ojos oscuros y el rostro impenetrable, escudriñándola con la mirada. Y por un momento, creyó que tanto ella como la mujer habían deseado a un tiempo el regreso de su amado.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Su voz sonaba ronca.
Elain lo miró, atónita y temblorosa.
—¡Math! —susurró.
—¿Qué ocurre? —dijo él—. Me has llamado, ¿no?
Elain estaba confusa. Parecía que el cerebro no le respondía. Miró un momento en dirección al hotel, en la ladera de la colina.
—No —dijo—. ¿Cómo te iba a llamar?
Se observaron durante unos segundos. A Elain le temblaban las manos y dejó caer el pincel. Math se acercó, y Elain tuvo la sensación de que sus destinos estaban unidos a través del tiempo y del espacio. La paleta resbaló al suelo. Math la recogió, y entonces Elain se echó en sus brazos.
Se abrazaron con fuerza y por primera vez se sintió a salvo. Cuando se besaron, un escalofrío recorrió su cuerpo, haciéndola estremecer de la cabeza a los pies.
Sentía la necesidad de escapar de allí, pero al mismo tiempo deseaba entregarse a él. Le ofreció la boca y recorrió su cuerpo con las manos, temblando al sentirlo tan cerca de ella.
Math le echó la cabeza hacia atrás y la besó en la garganta, y después siguió la línea del cuello hasta el hombro. Elain gimió y escuchó su voz, que murmuraba palabras sin sentido en su oído. Volvió a besarla en la boca y la rodeó con los brazos. Entonces la miró y deslizó una mano sobre su rodilla. Un minuto después, todo pareció nublarse. La llevó hasta la hierba, y ambos se tendieron sobre el verde lecho.

11Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capítulo 5 Sáb 28 Feb 2009, 12:16

Martha.

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LA HIERBA le parecía muy suave, como si la propia tierra la quisiera abrazar. Todo era perfecto, incluso el trino de un mirlo sobre sus cabezas y el balar de las ovejas en la distancia. Yr wif i yn dy garu di, oyó junto a su oído, Fy nghalon i. Todas las criaturas del mundo decían las mismas palabras, y ella los comprendía.
—Math —gimió.
En aquel momento, el mirlo respondió al canto de su compañera. Math le acarició el cuello, los hombros y las mejillas con manos temblorosas, mientras Elain sentía que su corazón se aceleraba. Estaban en otro mundo, rodeados por la naturaleza, el sol y la música. Y se besaban siguiendo una suave melodía.
Elain le acarició el pelo, tan tupido como la hierba sobre la que descansaban. Él la besó en la boca, y después en el oído y en la mejilla.
—Eres preciosa —dijo.
Apenas era consciente de sus propias palabras. Continuó besándola y hablándole. Le desabrochó la camisa y se la abrió para besarle los hombros y después los senos.
Elain sintió que le hervía la sangre. En sólo un momento había pasado de un extremo a otro, de no sentir nada a verse desbordada por la pasión.
—No —dijo, asustada—. No.
Math levantó la cabeza y la miró, sonriendo. Tenía los ojos encendidos por el deseo y le temblaban los brazos.
—¿Qué pasa? —preguntó, cada vez más excitado.
Pero no obtuvo ninguna respuesta. Ella lo empujó a un lado.
—¡No! —gritó.
Math seguía tendido a su lado, abrazándola. Elain sintió que todo su cuerpo se ponía tenso.
—Ya veo —dijo él.
Respiró profundamente, y un mechón de pelo le cayó en la frente. Había fuego en sus ojos cuando la miró. Los cerró, y cuando volvió a abrirlos, el brillo había desaparecido. Se levantó de su lado.
Elain temblaba y estaba conmocionada como si acabara de sufrir un accidente. Se sentó y dejó caer la cabeza hacia delante. Tenía frío y se sentía mareada.
—Lo siento —dijo—. No puedo.
Math suspiró.
—No importa.
Elain empezó a llorar, preguntándose cómo había podido suceder algo así.
—No puedo, lo siento.
—Ya lo veo.
Math guardó silencio mientras lloraba. Después la estrechó entre sus brazos, como haría un padre, para calmarla.
—Tranquila.
Le acarició el pelo y dejó que llorara contra su pecho.

Cuando Math se fue, Elain se quedó frente al caballete, contemplando el valle. Aún había luz suficiente, No le apetecía pintar en absoluto, pero tampoco quería volver al hotel y que la vieran en aquel estado. De modo que cogió la paleta y se sentó.
Afortunadamente, había caído con el óleo hacia arriba. Cogió el pincel. Se había concentrado más en la figura de la mujer y el valle apenas estaba esbozado. Decidió seguir con el paisaje, ya que en aquel momento, no tenía la paciencia necesaria para continuar pintando los detalles de la figura. Observó el valle, y puso un poco de blanco, negro y gris marengo en la paleta. Después empezó a pintar.
Pintó el valle a través de los ojos de la mujer, frío y apagado, estéril, abandonado, un lugar donde las semillas nunca germinaban. Un valle sin vida, donde la savia se congelaba en los troncos y la sangre se secaba en las venas. Donde la oveja no respondía al cordero, el sol brillaba con frialdad en un cielo gris y había un invierno permanente. Donde ni siquiera había lugar para la putrefacción, porque todo lo que se descompone supone una promesa de vida.
Mientras pintaba, las lágrimas se secaron en sus mejillas, y no volvió a llorar.

Más tarde, cuando decidió recoger sus cosas, echó en falta la grabadora, De mala gana, se volvió hacia la fortaleza y entró en ella. El sol empezaba a descender en el cielo, pero aún así alcanzó a ver el aparato, tirado en el suelo. Se limpió las manos en los pantalones y lo recogió.
Se lo colocó en la cintura y se puso los auriculares alrededor del cuello. Miró a su alrededor, hacia la hierba que cubría el lugar como una alfombra, y se preguntó qué había pasado. Tal vez se habían dejado llevar por el deseo de la mujer misteriosa.
Dio la vuelta y volvió junto al caballete. Miró el cuadro con indiferencia. Parecía distinto, como si no lo hubiera pintado ella. Observó aquel paisaje desolado y terrible, algo que nunca se había permitido pintar, frío y desagradable. Le habría gustado tacharlo con unas franjas rojas que dijeran: «Existe la vida, existe la belleza, aunque no se encuentre en mí. Pero triunfará. Debe triunfar».
Escuchó una voz interior que decía «ésta es mi vida. He pintado mi propia vida, vacía y sin sentido».
El sol ya se ocultaba tras un grupo de árboles. Hacía frío, y Elain estaba tiritando. Cubrió el lienzo mientras se preguntaba quién había estado a punto de hacer el amor con Math y quién había pintado aquel cuadro. Debía descubrirlo. Tenía que pensar.

Todos estaban tomando té en el jardín y la llamaron para que se uniera a ellos. Elain sonrió y estuvo un rato charlando con el grupo. Después les dijo que tenía que guardar los lienzos y se llevo una taza de té a la habitación.
Una vez allí, abrió la ventana de par en par y se echó en la cama. Se sentía desbordada por los acontecimientos y se arrepintió de haber ido a aquel lugar. Debería haber puesto una excusa a Raymond cuando le dijo que se trataba de un incendio.
Había algo extraño en su interior, algo incomprensible que no tardaría mucho tiempo en descubrir.

Se despertó porque no podía respirar. Sentía una especie de asfixia, pero en la oscuridad no podía saber que su tos se debía al humo. Había un enorme estruendo, un ruido que no había oído nunca y que la aterrorizaba. Caminó hacia la puerta y la abrió. La oscuridad desapareció y vio una intensa luz roja y brillante y un mar de llamas que subía por las escaleras.
Un objeto ardiendo le cayó en el pecho y le prendió el pelo. Empezó a gritar. Entonces apareció su padre, abriéndose paso entre las llamas, le apagó el pelo con las manos y la cogió en brazos para llevarla al dormitorio. Sintió que el pecho de su padre se estremecía con la tos, y el balanceo de su cuerpo cuando levantó una pierna para romper la ventana.
Alguien gritó desde abajo:
—¡Salta!, ¡Salta!
Había gente corriendo por todas partes.
—¡Richard! —gritó su padre—. Voy a tirar a Elain. ¿Podrás cogerla?
Elain sintió el aire frío de la noche y se abrazó al cuello de su padre.
—¡No! —gritó.
En aquel momento lo quería más que nunca. Sentía un amor tan intenso que parecía que el corazón se le iba a desgarrar.
—¡Salta conmigo! —imploró—. ¡Salta tú también!
Su padre la abrazó con fuerza durante unos segundos.
—Tengo que ir a buscar a tu madre —dijo—. Después iré contigo, Elain. Después.
—¡Prométemelo! —gritó ella.
Pero en aquel momento, la arrojó al aire helado y su llanto fue barrido por el viento. Unos brazos la cogieron y la dejaron en la nieve. Estaba jadeando, con la cara y el pecho quemados y congelados a la vez. Después empezaron a alejarla de la casa, que ardía como una tea.
—¡Papá! ¡Papá! —gritó.
El techo se hundió con un rugido infernal.

Se despertó en otra clase de infierno, blanco y vacío, en el que sólo había lugar para el dolor.
Unos desconocidos se acercaban de vez en cuando y la observaban a través de un cristal, hablaban entre ellos y tomaban notas. Nadie la tocaba. Y cuando lo hacían, utilizaban guantes. Sus rostros eran tristes y sacudían la cabeza cuando la miraban. Elain pensó que no la tocaban porque estaba sucia y fea. Y todo el tiempo sentía un profundo dolor. Moverse, e incluso respirar, le resultaba doloroso. Pero sentía mucho más dolor cuando cobraba consciencia de lo que había ocurrido.
Al cabo de una eternidad vio rostros conocidos tras el cristal. Sus abuelos, que lloraban y trataban de sonreír a un tiempo.
—Mi pobre niña —decía su abuela.
Pero su rostro estaba triste.
Su abuela tampoco la tocó. Entonces pensó que realmente debía haberse vuelto horrible, puesto que su abuela la quería y siempre la abrazaba y la acariciaba. Pero nunca entraron en la horrible crisálida blanca que la envolvía. Siempre se quedaban fuera, llorando y saludándola.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó a las personas de blanco.
Pero siempre se volvían, incómodos, sin contestar.
—¿Dónde está papá? —preguntó a sus abuelos—. Prometió que volvería.
—Ahora no puede venir, cariño —le respondieron— No puede.
—Fue a buscar a mamá —dijo—. ¿La encontró? Dijo que después vendrían.
—No puede venir ahora —dijo su abuelo.
Su abuela estaba llorando y no podía hablar.
—¿Cuándo van a venir?
Pero entonces no obtuvo respuesta. Al cabo de un momento, su pregunta fue otra.
—¿Van a volver?
Pero tampoco respondieron.
Se hizo la misma pregunta en su corazón, deseando encontrar una respuesta. «Volverá», se dijo. Y como aquellas palabras no la consolaron, gritó con determinación:
—¡Volverá! ¡Tiene que volver!
Un día llegó su abuelo con una de las personas de blanco.
—Me temo que vamos a tener que hacerlo. Lo hemos aplazado tanto como hemos podido, pero no se ha recuperado. El daño es demasiado profundo.
Después de aquello empezó a experimentar dife¬rentes tipos de dolor. Le dolía la pierna casi a la altura de la cadera, y vio que allí también tenía un vendaje.
—Todo ha marchado muy bien —dijo el hombre de blanco a su abuelo—. Espero que responda favorablemente al injerto.

Después se encontró en la cama en la que dormía cuando visitaba a sus abuelos. Iba a verla mucha gente y cuando la miraban, sonreían con tristeza, sacudiendo la cabeza.

—Era una niña muy guapa —decían a su abuelo—. Es una pena.
Notaba algo raro en el pelo, pero no sabía qué era. Su madre solía cepillárselo por la mañana y por la noche, y las dos se reían mientras se lo medía. Le decía hasta qué parte de la espalda le llegaba, y recordó que, en poco tiempo, pasó del centro de la espalda hasta la cintura.
Ahora su abuela sólo se lo cepillaba a la altura de la cabeza y jamás dejaba que se mirase en el espejo cuando terminaba. Le dolía cuando la peinaba, pero aun así un día le preguntó:
—Abuela, ¿por qué no me lo cepillas entero?
Entonces su abuela empezó a llorar, dejó el cepillo y se cubrió la cara con las manos, sollozando. Estaba sentada sobre la tapa del inodoro y Elain se volvió para abrazarla.
—No llores, abuela —dijo—. Cuando papá vuelva, todo se arreglará.
El llanto de la abuela aumentó y cogió a la niña en sus brazos.
—Mi niña, tu papá no va a venir. No va a volver nunca más. Mi cielo, ¡tu pobre pelo!, ¡tu pobre cara!
Le acarició la cara y la besó con dulzura. Sus labios estaban mojados por las lágrimas.
—Cariño, me gustaría tanto que pudiera volver, pero es imposible. Está con tu madre, y con Dios.
—¿Y cuánto tiempo se va a quedar con Dios? —preguntó Elain.
—Para siempre, mi niña —dijo su abuela, más calmada—. No va a volver. Pero nos tienes a nosotros, y te queremos muchísimo.
Entonces comprendió que su pelo y su cara ahora eran horribles y por aquella razón su padre no volvería. El siempre le había dicho que era muy guapa, y le encantaba su pelo largo y brillante, por lo que según le iba creciendo, su madre y ella se lo contaban orgullosas. Su madre solía adornárselo con una cinta. Cuando su padre llegaba a casa, salía a recibirlo y él la miraba y le decía, «¡Esta noche estás guapísima! ¿Te has puesto esa cinta por mí?»
—¡Ponme una cinta en el pelo! —le dijo a su abuela—. Así vendrá papá.
Pero no surtió efecto. Su abuela tenía razón. Nunca volvería.

12Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 5 continuación Sáb 28 Feb 2009, 12:17

Martha.

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La ventana se cerró de golpe a causa del viento. Elain se incorporó y miró el reloj. Tendría que darse prisa, si quería cambiarse antes de cenar.
Se metió en la ducha, deseando que el agua limpiara también sus recuerdos, pero le resultaba. imposible conseguirlo con una ducha británica, ya que en aquel país, las duchas consistían en unos tubos de goma que se encajaban en los grifos de la bañera. Le resultaba difícil mezclar el agua fría con la caliente, y tan pronto salía helada como ardiendo. Pero ya tenía experiencia con otras duchas parecidas y estaba inmunizada. Se volvió y dejó que el agua le cayera en la cara.
Volvió a la habitación y se secó, evitando mirarse en el espejo de cuerpo entero hasta que estuvo en ropa interior. Después se observó durante un momento. Tenía unas piernas largas y musculosas, unas caderas estrechas pero redondeadas, y una cintura esbelta. Pero su pecho...
Se dijo que era idiota por pensar en Math como lo hacía. Aunque todo su pasado volviera ahora advirtiéndola del peligro, debía afrontar el hecho de que había ido allí para investigar si Math había tenido algo que ver con el incendio. Sería estúpida si se encariñaba con él. El único hombre que le había interesado en mucho tiempo, era del que más debía desconfiar. Sonrió al pensar en las ironías de la vida.
Por cruel que pareciera, su pasado suponía una ventaja. Estaba segura de que en otras circunstancias se habría arriesgado más. Se conocía lo suficiente para saberlo. Descubrió que lo temía porque sentía algo especial por él. Tenía que haberlo supuesto desde el principio. Debía haber imaginado antes de que la tocara que debía evitar su contacto. Imaginó qué habría pasado en la fortaleza si ella se hubiera dejado llevar, si hubiera dejado que Math la desnudara. Era como estar bajo la ducha, tan pronto sentía el frío del miedo como el calor del deseo.
De cualquier forma, quedarse allí ya suponía un peligro.
De repente reparó en la hora. Era muy tarde y aún tenía el pelo empapado. Fue hacia el tocador y cogió el secador. Desenredó el cable y buscó un enchufe. No había ninguno a la vista. La lámpara de la mesilla debía estar conectada al único enchufe de la habitación.
Se agachó y tanteó la pared bajo la cama, pero no encontró nada. Supuso que estaría más arriba, tras el cabecero. La cama era demasiado pesada para moverla, y sólo podía empujarla en una dirección, de manera que también tendría que desplazar la mesilla. Lo hizo y el cable llegó al tope, de manera que la lámpara estuvo a punto de caerse. La cogió a tiempo, pero se golpeó en la rodilla con la mesa.
Se le cayó la toalla de la cabeza y el pelo le tapó los ojos, impidiéndole ver, pero se las ingenió para dejar la lámpara en la cama y evitar que se rompiera.
Sonaba una especie de tintineo, como el de una campana. Pero Elain estaban tan absorta en lo que estaba haciendo que apenas se dio cuenta. Se echó el pelo hacia atrás, se inclinó y empujó la cama con todas sus fuerzas. Pudo desplazarla unos centímetros. Después se arrodilló con el secador en la mano, volvió a tantear la pared, y por fin encontró un enchufe triple. Conectó el aparato, se levantó y puso en marcha el secador.
En aquel momento sonó un pequeño estallido y el secador se paró definitivamente.

Bajó a cenar con un vestido de seda, de color crema y sin mangas. Llevaba el pelo, aun mojado, recogido con un pañuelo. Varios candelabros iluminaban el comedor, y la gente reía y bromeaba en varias mesas. De repente, Elain se dio cuenta de que aquella noche había más comensales.
—¿Cómo ha podido cocinar Myfanwy a la luz de un candil? —preguntó una mujer.
—Creo que Myfanwy podría cocinar con los ojos vendados —respondió la voz profunda de Math, que sonaba divertida.
Elain estaba temblando e hizo un esfuerzo para entrar en la habitación.
—Hola, Elain. ¿Dónde le gustaría sentarse?
Era la voz de Jan, que apareció entre la penumbra.
Había una mesa vacía en un rincón de la habitación, que estaba iluminada por los últimos rayos del sol.
—¿Allí?—sugirió.
—Enseguida le traigo la carta.
Elain se dirigió hacia la mesa y de repente se encontró frente a frente con Math. La acompañó y le retiró la silla de la mesa. Elain se sentó en el momento en que aparecía Jan, y Math cogió la carta.
—¿Te importaría traer otra, Jan? —preguntó.
Después se sentó con toda naturalidad en la silla que había frente a la de Elain, como sí llevara años haciéndolo. Abrió la carta y se la ofreció.
—Los champiñones al ajillo de Myfanwy son la sugerencia para esta noche —dijo, sonriendo—. Te los recomiendo.
Elain lo miró y no dijo nada cuando Jan volvió con la otra carta y un candelabro para la mesa. Tan pronto como se fue, bajó la cabeza y dijo:
—Lo siento.
Estaba sujetando el menú con fuerza entre las dos manos, pero cuando Math extendió el brazo, lo soltó y le ofreció una mano. Él se la llevó a los labios y le besó la punta de los dedos. Después la miró a los ojos, con la llama de las velas reflejada en las pupilas.
—No me pidas perdón —dijo.
Le soltó la mano, como si intentara refrenar sus impulsos, y Elain se estremeció.
Math cogió la carta y la abrió. Era muy limitada. Tenía dos o tres opciones para cada plato, y la lista sólo ocupaba una página.
—¿Qué me dices de los champiñones? —preguntó.
Su voz sonaba más natural. No quedaba ningún rastro de la tensión que se respiraba unos minutos atrás. Elain asintió y él sonrió.
—Bien. ¿Qué te parece el filete de segundo? Si no te gusta, la tortilla de verduras es excelente.
—Prefiero el filete.
Math levantó una mano y Jan fue hacia ellos. Tomó nota de sus pedidos rápidamente.
—Y una botella de Mouton Cadet —le dijo Math cuando se iba a llevar la carta.
—¿Te gustaría venir conmigo a Aberystwyth mañana? —preguntó, una vez que Jan se fue.
—¿Vas a ir?
Pensó que aquella pregunta era estúpida. Math asintió.
—¿Estará abierta la biblioteca? —siguió preguntando Elain.
—Allí es donde quiero ir.
Elain estaba segura de que estaría a salvo con él, y quería averiguar algo más acerca de sus ancestros.
—De acuerdo —dijo.
En aquel momento, entró en el comedor Rosemary, acompañada por su hermana.
—Estoy segura de que ha sido el fantasma. ¡Siempre eligiendo el momento más inoportuno!
Math se volvió hacia ella.
—Jess nunca juega con la electricidad, Rosemary —dijo.
Elain sonrió.
—¿Por qué no?
—Porque no la entiende. En sus tiempos, no existía —contestó, riendo.
—Yo no estaría tan segura —dijo Rosemary.
Caminó hacia una mesa y esperó a que Jan encendiera el candelabro.
—Estaba caminando por la habitación, y cuando llegué al final de la alfombra se fue la luz. Seguro que es uno de sus trucos.
—Créeme, la electricidad en esta casa tiene el suficiente carácter como para causar por sí misma este tipo de incidentes. Es un simple cortocircuito, y en cuanto Evan lo encuentre, lo arreglará —le dijo Math.
De repente, Elain lo miró con gesto culpable.
—¡No me había dado cuenta! Estaba intentando enchufar el secador de pelo cuando se fue la luz. Ocurrió tan deprisa que no pensé... ¿crees que puedo haberlo causado yo?
Math estalló en carcajadas.
—Jan —llamó—. Ve y dile a Evan que mire el enchufe de la habitación de Llewelyn.
Después se volvió hacia Rosemary y se encogió de hombros, divertido.
—¿Lo ves? A Jess le gustan más los candelabros. Cuando tengas problemas con alguno, podrás decir que es culpa suya.
—Creo que no comprendes a nuestro fantasma —dijo Rosemary, y se sentó.
Frente a ella, la luz del candelabro empezó a disminuir hasta desaparecer.
Todos empezaron a reír y varias persona gritaron:
—¡Hola, Jess! ¡Cuanto tiempo sin verte!
Elain también reía, pero se detuvo bruscamente y frunció el ceño, al oír un tintineo.
—¿Qué es eso?
Se volvió, intentando oír mejor.
—¿Qué es eso? También lo oí hace un momento en mi habitación.
—¿Qué?
—Es un tintineo, como el de una campanilla o algo parecido. No puedo describirlo. ¡Ahora!, ¿lo oyes?
—Continuamente. No todo el mundo puede. Algunos dicen que es la risa de Jess. Según la tradición, suena como una campanilla.
Elain sonrió involuntariamente.
—Es como una risa contagiosa, ¿verdad? Y hace que te apetezca reír.
Math alzó las manos.
—Vaya. Jess te da la bienvenida al White Dame.

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A lo largo de la hora siguiente, estuvo nerviosa ante la cercanía de Math. Le prestaba toda su atención y era sumamente amable. Sentía un magnetismo especial, pero al mismo tiempo, desconfiaba. Era como si Math se encontrara al otro lado de un precipicio, y si se dejaba arrastrar por él, caería al fondo.
Otros hombres habían intentado seducirla en el pasado, pero nunca había tenido problemas para desembarazarse de ellos. Sus intentos por atraerla fueron demasiado bruscos, y sus pretensiones tan evidentes que muchas veces había tenido que hacer un esfuerzo para contener la risa.
Pero Math era diferente, era encantador. Con él podía hablar de lo que de verdad le apetecía y siempre demostraba interés. Desprendía un aire de tolerancia, como si conociera todos los detalles sobre su vida y los aceptara. Analizaba su carácter como un granjero analiza la tierra, que por muy fértil que sea, también tiene un lugar para la ruina y la desolación.
Aquello era lo que la desorientaba, aunque con toda seguridad no podría explicarlo con palabras. Era como si la estuviera pintando. Ella amaba los temas que elegía para sus cuadros, cualquiera que fuera el motivo que tuviera para pintarlos, y a pesar de sus imperfecciones.
Era como una invitación para que bajara la guardia, y sentía miedo. Veinte años atrás, la había bajado, y después se sintió completamente indefensa.
De repente, recordó que debería estar grabando la conversación. Miró de reojo el bolso que tenía en el regazo. Dentro estaba la grabadora, desconectada.
—En un día lluvioso apetece más pasar el tiempo en una biblioteca —dijo Math—. Si mañana hiciera sol, tal vez te apetecería más ir a Cadair Idris.
Se sintió como si hubiera caído en una trampa. Parecía que Math supiera lo difícil que le resultaba alejarse de él, su lucha interna por intentar confiar, y lo mucho que lo necesitaba, Volvía a sentirse indefensa, como en el pasado.
—No sé si voy a pasar aquí el tiempo suficiente para hacer todo lo que quiero —dijo, sonriendo.
—Entonces tendremos que retenerte.
Lo dijo espontáneamente, como si no tuviera importancia. Pero Elain sintió que su corazón se aceleraba, como si se sintiera amenazada.
Abrió el bolso para sacar un pañuelo. Aprovechó para conectar la grabadora, cerró el bolso y lo dejó sobre la mesa. Ahora se encontraba mejor, como sí todo estuviera controlado. A fin de cuentas, estaba desempeñando su trabajo.
—Desde luego, este sitio es precioso —dijo con sinceridad—. Creo que podría pasarme años pintando aquí. Pero supongo que la paz se va a quebrar pronto.
Él la miró.
—¿Sí?, ¿por qué?
—Bueno, supongo que querrás reconstruir el hotel. ¿Empezarás pronto?
Se encogió de hombros.
—Hasta que el seguro no pague, no me puedo permitir muchos gastos. Y no parece que vaya a ser pronto.
—¿Por qué no?
La pregunta les sonó igual de falsa a los dos. Pero él no lo demostró.
—Imagino que están buscando pruebas de que el incendio fue provocado. Es la excusa de siempre.
—¿Y crees que las encontrarán? Quiero decir, ¿crees que fue provocado?
Math volvió a encogerse de hombros.
—Las circunstancias fueron extrañas. Nadie recuerda haber visto las latas de gasolina en el sótano. Aun así, debían de tener más de cincuenta años. De todas formas, no comprendo quién querría hacer algo así y por qué.
Elain frunció el ceño.
—Y aparte de ti, ¿quién más podría beneficiarse?¿los nacionalistas galeses?
—Yo desde luego, no —dijo con un aire absolutamente sincero—. Los nacionalistas galeses provocan incendios a veces, pero nunca, hasta ahora, en las propiedades de los galeses —le explicó—. Resultaría asombroso que hubieran decidido incendiar un hotel que los ingleses vendieron hace tres años. Y desde el incendio, he tenido que despedir a doce empleados, todos ellos galeses, y de este pueblo. No creo que estuvieran interesados en algo así.
Elain insistió.
—¿Y no hay nadie más?
—Si hay alguien que quiera causarme algún daño, nunca lo ha demostrado. Nadie se ha interesado por este lugar desde que lo compré, y Vinnie dice que ni siquiera antes había tenido ninguna oferta. El hotel no se ha renovado desde la guerra, y como ya habrás observado, las cañerías son de la época victoriana. Sin embargo, los turistas siempre exigen habitaciones con cuarto de baño y calefacción central. Nunca está completamente lleno, ni en temporada alta, y los clientes no empezaron a comer en el restaurante hasta que contraté a Myfanwy.
Hablaba como si estuviera haciendo un esfuerzo y como si algo le preocupara.
—Entonces, ¿por qué lo compraste? ¿Tienes intención de hacer algunos cambios?
Según le había dicho Raymond, aquello era lo que la compañía de seguros sospechaba. Que Math había incendiado el lugar para obtener el dinero necesario para modernizarlo.
—Tengo intención de restaurarlo —dijo.
Elain parpadeó.
—¿Qué?
—No quiero un hotel. Quiero hacer desaparecer todo lo que pertenezca al estilo victoriano y todos los cambios que se han hecho desde la guerra, para intentar recobrar el aspecto original. La habitación de Llewelyn, que es donde tú estás, ya ha sido reformada.
—¿Y después?
Math le cogió la mano, con aire ausente, y la tomó entre las suyas. La volvió y se quedó contemplando su palma.
—Después viviré aquí, claro. ¿Qué más puede haber?
—¿Y no puedes hacerlo ahora?
Math le acarició la palma de la mano y Elain sintió un escalofrío desde la espalda hasta la cabeza. Cerró la mano y la retiró.
—Claro que puedo. Y lo voy a hacer. Pero el fuego ha destruido los preciosos artesonados del siglo diecisiete, y en el salón del ala había un tapiz del siglo quince que era una auténtica pieza de museo. Va a ser muy difícil reemplazarlo, incluso si el seguro paga todo su valor.
El tono de su voz se había oscurecido.
—¿Qué representaba?
—Era una escena del Mabinogion. «El Sueño de Rhonabwy». ¿Lo conoces?
Elain había oído algo acerca de las leyendas épicas de Gales, pero no las conocía a fondo. Negó con la cabeza.
—Nunca he escuchado ninguna de esas historias.
—«El Sueño de Rhonabwy» cuenta una partida de gwyddwyll jugada entre Owein ap Uryen y el Rey Arturo. El tapiz los mostraba jugando entre las tiendas y pabellones de varios ejércitos, como el de Rhuvawn el Radiante de Deorthach, Caradawg Strong Arm, March ap Meirchyawn Cadwr, conde de Cornwall. Las tropas se habían reunido allí para luchar con Arturo contra Osla, el Caballero Negro.
—Cuánto me habría gustado verlo —comentó Elain.
Le fascinaba oír hablar a Math acerca de aquellos caballeros y su leyenda.
—Sí. La mujer que lo tejió era toda una artista de la aguja. La historia describe los colores de los caballos y de las huestes, y habían sido perfectamente reproducidos en el tapiz.
—¿Tienes alguna fotografía de la escena?
Math negó con la cabeza.
—Había quedado con un fotógrafo especializado en obras de arte en octubre, cuando acabase la temporada turística.
—Lo siento —dijo Elain.
—Yo también. Sobre todo porque...
De repente se detuvo.
—¿Por qué?
Math suspiró.
—Era irreemplazable. Es imperdonable por mí parte no haber tomado más precauciones. Era una pieza histórica que había llevado todo una vida confeccionar, y en unos pocos minutos, el fuego la ha destruido. Incluso me habían propuesto que lo vendiera a un museo, pero me gustaba tenerlo aquí.
—¿Cuánto podría valer?
—Calculo que algo más de cincuenta mil libras.
—Vaya —dijo Elain.
Pensó que no era una cantidad tan grande como para preocupar al seguro. A fin de cuentas, un buque petrolero podía costarles cientos de millones.
—Aunque en una subasta, ni se sabe —dijo Math—. Normalmente, los tapices bordados no tienen el mismo valor que los tejidos, que pueden llegar a valer medio millón. Pero éste representaba una escena poco frecuente, y se encontraba en muy buenas condiciones. Y, por supuesto, el hecho de que formara parte de la historia y la tradición de Gales aumentaba su valor.
—Aun así, cincuenta mil libras son bastante dinero.
Él rió.
—Pero no ha sido tasado en esa cantidad. Hace veinte años se valoró en cinco mil libras. Ha debido ser obra del diablo, que ha intentado demostrar que valía más —la miró apesadumbrado— No, ha sido una verdadera pérdida. No hay nada positivo en esta historia.

14Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 6 Jue 05 Mar 2009, 21:13

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ELAIN se sentó en la cama con la pequeña cinta en la mano. Estaba segura de que Math no lo había hecho. Difícilmente podían creerlo sospechoso cuando iba a recibir tan poco dinero. Cogió un bolígrafo y las etiquetas y anotó la fecha, poniéndole un asterisco para recordar que era una conversación importante. Después pegó la etiqueta en la cinta.

Suponía que su trabajo acababa allí. Pensó en llamar al día siguiente a Raymond, quien sin duda le diría que volviera.

Decidió tomar algunas notas para dar a Raymond datos más precisos, e introdujo la cinta en la grabadora.

La cinta tenía una duración total de hora y media, por las dos caras. El micrófono se activaba con la voz, de manera que en los intervalos de silencio se desconectaba automáticamente. Elain rebobinó la cinta hasta el principio de la primera cara, se puso los auriculares y pulsó el botón para reproducirla.

Yr wyf i yn dy garu di, volvió a escuchar a Math, y dio un brinco, sorprendida. Se preguntó qué demonios era aquello. Fy nghalón i.

Y después oyó su propia voz susurrando «Math, Math».

Su corazón se aceleró. Desconectó el aparato. Se preguntó cómo podía haber ocurrido. Tal vez la grabadora se había puesto en marcha cuando él la cogió en brazos, o cuando la dejó en la hierba.

No quería escucharlo. No quería volver a experimentar el pánico que la atormentaba. Decidió borrar la cinta. Raymond se la pediría, y no estaba dispuesta a permitir que nadie escuchara aquello.

Pero, lentamente, sus dedos alcanzaron el aparato y volvieron a ponerlo en marcha. «Eres preciosa», escuchó en su profunda e hipnótica voz.

Aquello era lo que más la desconcertaba, porque ella no era bonita. Se preguntó qué habría hecho si él no hubiera pronunciado aquellas palabras. Pero recordó que fue en el momento en que Math le tocó los senos cuando se sintió aterrorizada. Cuando empezó a desabrocharle la camisa. Levantó la vista hacia el espejo de cuerpo entero. Contempló el oscuro pelo rojizo, las delicadas cejas que se curvaban, exóticas, sobre los ojos grises, la suave piel y la boca carnosa.

Se preguntó si era hermosa. Otros hombres se lo habían dicho antes, pero jamás le había afectado tanto como cuando Math lo hizo. Nunca había necesitado creer lo que le decían. Tal vez fuera hermosa, a pesar de todo.

«Eres preciosa.»

Se levantó despacio, como si estuviera hipnotizada, y se acercó al espejo, memorizando las palabras de Math. Sólo estaba encendida la lámpara de la mesilla, y bajo su tenue luz sintió una especie de coraje y determinación que no había experimentado antes. «Preciosa», había dicho Math, y después repitió aquellas extrañas palabras, que tal vez significaban lo mismo en galés. Yr wff i yn dy garu di.

Detuvo la cinta y se sentó en el sillón que había junto al espejo. Se quitó el pañuelo del pelo y lo tiró al suelo. Después se agachó para coger el borde inferior de su vestido, se lo quitó por encima de la cabeza y lo dejó en el sillón. Se quedó un rato en ropa interior, y por fin se llevó los brazos hacia atrás para desabrocharse el sujetador.

Se lo quitó y liberó sus senos tersos y bien formados. Por primera vez en muchos años, era capaz de mirarlos.



No había necesitado injertos en la cara gracias a que, en el incendio, su padre le había apagado las llamas del pelo rápidamente. Se había quemado una oreja y parte del cuero cabelludo, pero afortunadamente la cara recuperó su aspecto normal con el tiempo.

Se le había curado, pero habían transcurrido casi dos años antes de que le desapareciera el tono rojizo de las quemaduras, y durante aquel tiempo, se había visto extraña. Tenía la parte izquierda de la frente y de la mejilla de un color rojo intenso, y el resto de un blanco inmaculado, como si media parte de la cara estuviera sonrojándose continuamente.

Incluso los adultos se lo comentaban. Los niños habían sido muy crueles. Algunos simplemente estallaban en carcajadas al verla, y ella se sumió en una furia y un dolor mudos, que incrementaban aún más el tono rojizo de su piel.

Hasta que le creció el pelo, no pudo ocultar de ninguna manera la punta quemada de la oreja, ni la calva que tenía tras ella.

«Oye, piel roja, ¿tu padre era medio indio o qué?» «Alguien ha intentado cortarle la cabellera.» «Ha debido ser su padre medio piel roja.»

Incluso los profesores demostraban a veces una increíble indiferencia, sin mostrar ninguna comprensión por la causa de su cambio de comportamiento. La niña que antes era brillante ahora era insociable y taciturna, y ante aquel cambio, respondían con sarcasmo, dejándola perpleja y desesperanzada. «Antes conocías la respuesta, Elain. Por favor, esfuérzate o pensaremos que también te has quemado el cerebro.»

Al cabo de dos años, todo pareció volver a la normalidad. El pelo le cubrió la calva y creció lo suficiente para ocultar la oreja, que había cicatrizado bien. El color rojo de la cara desapareció. La gente olvidó que alguna vez había estado desfigurada, y la propia Elain, poco a poco, empezó a olvidar cómo se había convertido en una niña desagradable y fea, en una sola noche.

Una vez que el dolor desapareció, apenas prestó atención a la marca cuadrada de su pecho. Su abuela siempre le compraba bañadores poco escotados, y la gente no parecía fijarse en la zona oscura que procedía de la piel del muslo.

Pero entonces empezaron a crecerle los senos. En el instituto tenían piscina, y los vestuarios eran comunales. Un día escuchó: «Dios mío, Elain, tienes un pezón más grande que el otro». Se miró en el espejo y comprobó que era verdad.

Volvió a experimentar la humillación y la vergüenza al tomar consciencia de su deformidad. Estaba desesperada por parecer normal y fue a un médico, pero no pudo hacer nada. La explicación era muy sencilla: la piel del muslo no era tan flexible como la del pecho. Probablemente, sus senos nunca serían iguales. Tendrían el mismo tamaño, porque la piel de la parte inferior del pecho compensaría la falta de elasticidad. Pero el pezón izquierdo, arrastrado por la piel del injerto, siempre estaría erguido, y el parche siempre tendría un color ligeramente diferente, que se acentuaría si tomaba el sol. Sin embargo, se podía considerar afortunada. Aquello no impediría que pudiera dar el pecho a sus hijos. Podía haber muerto en el incendio, pero sobrevivió y sólo le quedó una pequeña deformación.

Le costó algún tiempo, pero acabó por aceptarlo. Y aunque nunca dejó de sentirse deforme, cuando las chicas la preguntaban acerca de la marca, contestaba: «Fue en un incendio. Tuve mucha suerte». Y descubrió que su propia aceptación evitaba las reacciones violentas que tanto odiaba.

Pero aquello fue antes de conocer a Greg. Se apartó del espejo, cogió la parte superior del pijama apresuradamente, y se la puso. Se acostó y apagó la luz. Recordó que Greg también pensaba que era hermosa, hasta que la vio desnuda. Y no se arriesgaría a pasar otra vez por aquello mientras viviera.



Se encontró con Math en el desayuno.

—No voy a ir contigo a Aberystwyth —le dijo—. Creo que prefiero pintar.

—Va a estar despejado todo el día —dijo Math—. Es un buen día para ir a la montaña. ¿Te apetece ir de picnic a Cadair Idris?

—Gracias, pero quiero pintar —repitió, con decisión.

—Los picnics de Myfanwy son la envidia de todos los invitados no residentes.

No pudo evitar reír. Pero sabía que debía vencer la tentación. De lo contrario, la situación se le podría ir de las manos.

—En otra ocasión.

Pero estaba segura de que no habría otra ocasión. Con un poco de suerte, se iría aquel mismo día.

Él sonrió, y aquello fue como un bálsamo para su corazón vacío y desolado. Pensó que no podía irse de allí con tanta rapidez.

Math se marchó unos minutos más tarde. Elain sintió que se alejara de ella y se sentó sola, frente a su café, hasta que llegaron Vinnie y Jeremy.

—¿Hoy también va a pintar? —preguntó Vinnie.

—Probablemente, pero primero necesito hacer un poco de ejercicio. He pensado en dar un paseo hasta el pueblo. ¿Saben cuánto se tarda en ir a pie?

El día anterior había ido en coche.

—Media hora por la carretera. Pero si quiere disfrutar del paisaje, vaya por la senda para excursionistas. Pasa por la fortaleza, en el otro lado de la colina, y baja unos veinte metros desde la muralla. Si va hacia la derecha llegará al bosque, y Pontdewi está solo a veinte minutos.

Elain subió hacia la muralla y se abrió paso entre los arbustos. Después, subió unos escalones para cruzar la valla de piedra que separaba el terreno del hotel de los pastos para las ovejas. Al verla, unas cuantas desconfiaron y salieron corriendo.

—No voy a haceros daño —gritó Elain.

Pero no parecía que la comprendieran.

La senda continuaba junto a la valla de piedra y después se desviaba hacia el bosque. Fue un paseo agradable y tranquilo, y pronto se encontró en la vieja cabina de teléfonos, donde empezó a revolver en sus bolsillos en busca de monedas.

—Has trabajado rápido —dijo Raymond, cuando escuchó las noticias—. Informaré al cliente. Llámame dentro de un par de días.

—¿Puedo irme ya a casa? —casi le imploró.

—¿Qué te pasa, pelirroja? ¿Estás ansiosa por volver a la gran ciudad? —le preguntó, imitando el acento norteamericano.

—Bueno...

—Perdona —interrumpió—, no quiero acabar tan pronto con este asunto. Mi cliente no ha sido totalmente sincero, y me gustaría que te quedaras más tiempo, hasta que todo se aclare.

Aquello echaba a perder sus planes. Colgó el teléfono y se quedó un momento en la calle, con el sol a su espalda. En el pueblo sólo había un bar, George, y una diminuta tienda

que también era la oficina de correos. Nada más. Según el letrero de la puerta, en George ofrecían cafés por las mañanas, y por las tardes servían la merienda en la terraza.

Elain cruzó la carretera.

Entró en el bar y pidió un café y unas pastas.

—Usted se aloja en el White Lady, ¿no es verdad? —le preguntó la camarera—. Fue una pena lo del incendio. Mi cuñada trabajaba para Math, pero ahora apenas tiene clientes ¿no?

—Sólo unos pocos —respondió Elain.

—Qué pena.

Elain era la primera clienta de la mañana y la camarera parecía tener ganas de charla.

—Me pregunto cómo empezaría el fuego —dijo Elain.

—Bueno, está claro que no fue Jess, tal y como dicen esas mujeres —respondió la camarera, con vehemencia.

Elain conectó la grabadora, ya un hábito en ella.

—¿Usted no cree que el fantasma haya cambiado?

—Nunca he oído que a otros fantasmas les haya pasado —dijo—. Como ellas son profesionales, o como quiera llamarlo, supongo que lo sabrán. Pero conocemos a Jess. Ella nunca habría provocado un incendio. Se limita a bromear y a reír.

15Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Caoitulo 6 continuación Jue 05 Mar 2009, 21:14

Martha.

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—Sí, ya la he oído.

La camarera sonrió.

—¿De verdad? Eso significa que le cae bien. ¿Lo sabía?

Elain asintió.

—La gente suele mentir al respecto —continuó la camarera—. Pero siempre se nota quién la ha oído y quién no.

—¿Le importaría ponerme otro café, Gwen?

Al oír aquella voz, Elain se volvió con tanta brusquedad que estuvo a punto de tirar el suyo. que ibas a Aberystwyth —le increpó.

Y pensaba hacerlo —dijo—. Pero tan pronto como llegué al mar, me di cuenta de que era una pérdida de tiempo pasar el día en una biblioteca. No solemos tener tan buen tiempo en Gales. Así que volví para ver si te apetecía ir a nadar al mar.

La camarera le sirvió el café.

—Me dijeron que venías al pueblo —continuó diciendo a Elain—. Creí que ibas a ir a pintar.

Por la expresión de su cara, Elain supo que la había atrapado. Se sonrojó.

—Bueno, pretendo hacerlo. Pero me apetecía hacer un poco de ejercicio antes de empezar.

—La natación es estupenda. Y el mar está a pocos minutos.

Math cogió la taza de café y le echó azúcar. Después miró a Elain con una sonrisa. Antes de que pudiera contestarle, la preguntó:

—¿Estabas hablando de Jess con Gwen?

Afortunadamente, no había llegado a tiempo para oírlas hablar del incendio.

—Sí. Es algo bastante peculiar, ¿no te parece?

—¿Tú crees? Después de todo, ella forma parte de la vida aquí, como las ovejas y las cañerías viejas.

—¿Piensas hablarme de ella alguna vez?

Aquella pregunta resultaba extraña para alguien que pensaba irse al día siguiente, pero Elain apenas lo advirtió.

—Claro —respondió Math.

Apuró el café, se levantó y dejó unas monedas sobre la mesa.

—Vamos —dijo.

—¿Qué?

—Te hablaré de Jess en la playa.



Elain llevaba un bañador verde, poco escotado y con anchos tirantes, que ocultaba la marca. Math llevaba un bañador negro de algodón, que no era nada ajustado, pero le quedaba muy bien. El reflejo del sol en el mar los deslumbraba, y el aire era tan puro que los pulmones acostumbrados al de Londres no podrían soportarlo.

Nadaron un rato y después, se tumbaron en las toallas. El momento inevitable llegó.

—Tienes la piel muy blanca. ¿Has traído crema protectora?

Math había llevado una sombrilla, pero Elain tenía tantas ansias de sol que no quiso ponerse en la sombra. Pero tenía razón, podía quemarse fácilmente.

—Está ahí —dijo.

Math le alcanzó el bolso. Elain, como un animal domesticado, buscó en su interior, sacó un tubo grande de protector y se lo dio.

Entonces él le desató los tirantes y se los bajó.

Eran meramente decorativos. El bañador llevaba ballenas que hacían que se sujetara solo y los tirantes habían sido diseñados para atarse alrededor del cuello o en un lazo, por debajo del pecho, pero Elain nunca había mostrado los hombros en público, y se sentía desnuda. Se llevó las manos al pecho, y entonces se ruborizó al pensar en lo estúpido de su comportamiento. Se inclinó mientras Math le extendía la crema por la espalda.

Había comprado el bañador en una tienda especializada en mujeres operadas de mastectomía, pero no por ello dejaba de tener estilo. Era de corte alto en la parte inferior, y tenía un amplio escote en forma de triángulo en la espalda para compensar el escaso escote de la parte delantera. A medida que Math extendía la crema, Elain tomaba consciencia de lo amplio que resultaba el escote trasero del bañador.

Math cubrió cada centímetro de sus hombros, cuello y espalda, y algunos más, Deslizó los dedos bajo el bañador, a la altura de los tirantes y después en el lugar en que acababa el escote. Elain se estremeció y tuvo que morderse el labio para no gritar.

Sentía como una corriente eléctrica, todo su cuerpo se estremecía ante aquellas caricias tan deseadas. No podía decir ni hacer nada, estaba como hipnotizada. Sabía que debía detenerlo, pero también era consciente de que si movía un solo músculo no sería para apartarse de él. Si se pusiera en pie, las piernas no podrían sujetarla.

—Date la vuelta —dijo Math.

El sonido de su voz era como otra caricia, y le hacía temblar. Se volvió, con las manos aún en el pecho, sujetando los tirantes. Con un solo dedo, Math le extendió la crema sobre la piel de la cara, sobre la nariz, bajo los ojos y alrededor de la boca, en un gesto cargado de erotismo.

Le retiró las manos del pecho, con delicadeza, y subió los suaves pliegues de la tela. Elain mantenía los ojoscerrados y continuaba mordiéndose los labios cuando, por fin, Math descubrió la marca de su piel. No observó ningún cambio en su comportamiento, nada que la indicara que lo había visto, pero era imposible que le hubiera pasado desapercibido bajo la luz del sol.

—Me quemé —dijo Elain.

Math acarició sus senos.

—Vaya, lo siento.

Entonces, con suma delicadeza, Math le aplico la crema en la parte descolorida que tenía sobre el pecho izquierdo. Ella sintió un escalofrío. Abrió los ojos y apenas podía respirar, como si le faltara el oxígeno.

Después sintió sus labios en el mismo lugar, y el pelo oscuro de Math le hizo cosquillas en el cuello.

—¿Qué estás haciendo?

No sabía muy bien si podía más el miedo o la rabia que sentía.

Math levantó la cabeza y la miró.

—Te estoy besando.

—No lo hagas —dijo Elain—. No.

Él frunció el ceño y la miró, desconcertado.

—¿Por qué?

—Me quemé aquí —dijo tontamente, como una chiquilla—. Es piel injertada.

—¿Te duele cuando te toco? —preguntó sorprendido—. Parece que está curado.

—No —dijo Elain.

—Estupendo.

Math sonrió con una expresión que no le había dado tiempo a descifrar cuando ya la estaba besando de nuevo. Y aquel beso fue electrizante.

Después le puso crema en los brazos y en las piernas, y ella tembló bajo sus manos. No la tocaba con ninguna intención, pero cuando llegó a la altura de los muslos, no la necesitó. Ni cuando le acarició la parte interna del codo o la planta de los pies. Su cuerpo tradujo aquel contacto, y si él hubiera decidido hacer el amor con ella en la playa, apenas habría podido negarse.

Cuando acabó, Elain sintió que una sombra la cubría y supo que Math había colocado la sombrilla. Después se tumbó a su lado. Elain no podía sentir ni la toalla ni la arena bajo su cuerpo. Le parecía estar levitando. Se dejó llevar por aquella sensación. Un insecto se posó un segundo en el brazo, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.

—¿Estás dormida? —preguntó Math.

Elain pensó que debía estar bromeando si pensaba que se podía dormir en aquellas circunstancias. No había estado más despierta en su vida. Se lamió los labios y saboreó el gusto mentolado de su protector labial.

—No.

—¿Estás preparada para oír la historia del fantasma?

No tenía ni idea de lo que estaba hablando. Le sorprendió que quisiera hablar de un fantasma en un día de playa soleado, y cuando ella estaba levitando a causa de la excitación.

—Muy bien —dijo.

No tenía intención de protestar.

—Se llamaba Jessica —empezó a explicarle—. Según dicen era descendiente del constructor original de la casa, su única hija. Aunque algunos dicen que sus padres tuvieron otro hijo, enfermo, al que nunca quisieron. Jess era una niña preciosa y se convirtió en una bella jovencita, a la que su padre adoraba. A los diecisiete años, le eligieron un marido, un buen partido. Pero ella estaba enamorada del hijo de uno de los vasallos del pueblo. Probablemente fuera un granjero, aunque nadie lo sabe con certeza.

16Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Caoitulo 6 continuación Jue 05 Mar 2009, 21:15

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—¿Con quién quería casarla su padre? —preguntó Elain.

Empezaba a interesarse por la historia, a pesar de su estado físico.

—Con el hijo de su hermana, que estaba casada con un señor. Pero Jess se negó. Su amante fue a pedirle su mano a su padre, y le dijo que ella ya le había entregado su corazón, y jamás podría pertenecer a otro.

—¡Qué valiente! —exclamó Elain.

—Demasiado. Fue azotado por su osadía. Y envió al padre un mensaje, que decía que si no le concedía su permiso, se fugaría con ella y jamás vería a sus nietos.

—¿Le dijo eso al señor del feudo? Suena un poco arriesgado.

Elain abrió los ojos y lo miró, porque en algún momento, tenía que hacerlo. Math estaba tumbado junto a ella, apoyado en un codo. Lo veía a través de una nube, como si tuviera un aura alrededor.

—¿Y si su padre la encerraba? —preguntó Elain.

Math rió, mostrando sus perfectos dientes blancos. Elain tembló y volvió a cerrar los ojos.

—Dicen que el amante era un maestro de las artes ocultas, ya que él se las ingenio para entrar en la casa sin ser visto. También dicen que, a menudo, pasaba las noches en su cama sin que nadie se enterara, y se iba antes de que amaneciera. Otros dicen que la había hipnotizado, y no hace falta mucha imaginación para descubrir que pretendía ganar sus favores sexuales.

Elain no podía entender aquello. Hacía mucho tiempo que nadie pretendía obtener sus favores sexuales, pero aquel día vio que podía ocurrir.

—En realidad, no se sabe si Su amante empleaba artes ocultas, pero Jess aceptó fugarse con él —prosiguió Math.

Elain deseaba que dejara de emplear la palabra «amante». En su boca cobraba un significado especial, lleno de promesas.

—Pero la noche que planearon la fuga los descubrieron. La doncella los traicionó, y encerraron a Jess en la casa, con un vigilante en la puerta.

—Vaya —tomó aire— ¿Y a él lo mataron?

—Nadie lo sabe. Desapareció cuando se vio rodeado. Dicen que se convirtió en un pájaro y escapó.

Con aire ausente, extendió un poco de crema que se había quedado hecho un pegote en el brazo de Elain. Elain estaba sudando. Deseó que volviera a besarla.

—Llamaron a un mampostero del pueblo para que construyera un muro frente a la puerta—explicó Math.

—¡Dios mío! —Elain se incorporó y se sentó—. ¿Quieres decir que la emparedaron y murió de hambre o algo parecido?

Math negó con la cabeza.

—No en aquel momento. Jess estaba embarazada de su amante, y al cabo de unos meses, tuvo un bebé sano, al que puso el nombre de su padre. Pero ella murió poco después. El nieto que dio a su padre fue el único que tendría, la única oportunidad de dejar sus tierras a alguien de su propia sangre.

Cogió el tubo de crema solar y miro a Elain levantando una ceja.

—¿Me pones un poco en la espalda?

—Claro.

Se dio la vuelta y Elain se arrodilló a su lado. Su cuello y los músculos de sus hombros le parecían muy fuertes. Apretó el tubo y le puso un poco de crema. Después, nerviosa, empezó a extendérsela.

Tenía al piel muy caliente. También sudaba, y la mezcla del sudor con la crema le resultaba espe­cialmente erótica. Se preguntó si aquella piel sabría a sal, y si sus labios serían tan cálidos como sus manos. Pensó que resultaba muy fácil entregarse a alguien en aquellas circunstancias.

—De otra forma —continuó Math—, tendría que dejárselas a los hijos de su sobrino. Y no era lo que él deseaba.

—Entonces, ¿se las dejó al hijo del siervo, el hombre con el que prohibió a su hija que se casara?

Tenía los muslos empapados en sudor. El día era realmente caluroso. Se preguntó si sería normal que la gente sudara al hacer el amor.

Descubrió un lunar en el hombro de Math, pero el resto de su espalda estaba inmaculado. Tenía la piel suave. Le frotó los hombros y cuando llegó al cuello, él suspiró.

—Qué bien —dijo, como si le gustara sentir las manos de Elain.

Tenía las manos fuertes; pintar desarrollaba los músculos. Empezó a masajear el cuello de Math, y sintió que toda su energía y vitalidad fluían desde su sangre hasta ella, y de ahí al corazón. Era como si estuvieran envueltos en una nube de calor. Math también tenía los muslos empapados en sudor, Observó sus pantorrillas, cubiertas de un fino vello oscuro y manchadas de arena.

—Sin duda.

Elain parpadeó, sobresaltada al salir de su ensueño.

—¿De qué hablas?

—Dejó sus propiedades en herencia a su nieto. Tal vez tenía remordimientos.

—Pero el niño era ilegítimo.

Math tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en los brazos. Sonrió.

—Probablemente, pero nunca lo sabremos con seguridad. Unos meses después del nacimiento, se descubrió en el pueblo el registro de matrimonio de Jess y su amante, celebrado un año atrás por el párroco del pueblo. De modo que el hombre pudo declarar legítimo al niño y le legó su herencia.

—¿Ya estaban casados? ¿Y por qué no se lo dijeron? ¿Qué podría haber pasado?

Math se volvió para que Elain le echara crema por el pecho, que al igual que las piernas, estaba cubierto de vello y gotas de sudor. Observó su torso, los músculos de su estómago y la forma de su ombli­go, como si fuera un terreno extraño, peligroso para los no iniciados. Se echó un poco de crema en la mano y se la extendió por el estómago.

Math guardó silencio durante un rato. Respiró profundamente y su estómago subió despacio y vol­vió a bajar.

—También existe la sospecha de que el registro de matrimonio fue falsificado por orden del padre de Jess. Al parecer, el párroco del pueblo vivió muy bien el resto de sus días, y mientras vivió, cualquiera que necesitara un favor de la casa gran­de, si tenía al párroco de su parte, podía estar seguro de conseguirlo.

—¿Y el niño heredó sus tierras?

—Así fue.

—Y entonces, ¿por qué ronda el fantasma de Jess? ¿Esperaba que su amante volviera para llevársela? O tal vez se quedaría para ver crecer a su hijo, y después se acostumbró a estar allí,

Aunque en voz alta, parecía hablar consigo misma. Al tocar a Math sintió que su piel se estremecía, pero él no pareció advertirlo. Aquello suponía una nueva experiencia. Podía tocar la piel de un hombre desnudo sin ningún peligro. Se dijo que era algo sin importancia que cualquiera podría hacer.

—¿Tú habrías hecho lo mismo? ¿Esperarías a tu amante más allá de la muerte?

La curva de sus pestañas resultaba muy atractiva en aquel ángulo. Elain suspiró. No podía saber lo que habría hecho, porque no tenía ninguna experiencia en el amor. Aunque podía imaginarse a sí misma como un fantasma, esperando, tal vez a Math. Llegó al final del estómago, donde comenzaba el bañador. Tenía los músculos tensos.

—No lo sé —le respondió—. Tal vez habría intentado irme de casa antes de rechazar la propuesta de matrimonio de mí padre. Sobre todo si estuviera embarazada.

Rozó el bañador de Math, que estaba húmedo y frío. Se echó hacia atrás y le puso un poco de crema en las piernas.

—Dicen que el padre y la hija estaban muy unidos. Seguramente, ella creyó que lo podría convencer.

Math emitió un pequeño gemido cuando Elain empezó a masajearle los muslos, en el límite del bañador. Tenía un poco de arena, y a Elain le resultaba agradable su tacto, mezclado con la crema.

—Me pregunto qué fue de su amante. ¿Crees que lo mataron aquella noche?

Siguió ensimismada en los muslos fuertes y musculosos, que contrastaban con la suavidad de la piel. El bañador era largo y se los cubría en parte, de modo que pasó la mano por debajo del borde para poder extender bien la crema, en caso de que el sol también llegara allí.

—Parece poco probable que hubieran podido encubrir un asesinato así, La gente lo habría rumoreado.

Math se sentó y quitó las manos de Elain, aunque no había terminado.

—Pero de todos modos él tendría que haberse ido del pueblo, ¿no? —preguntó Elain.

Math la miró y se apartó la arena de las piernas. Elain tapó el tubo de la crema y lo guardó en el bolso. No quería preguntárselo, pero al final no se pudo contener.

—¿Qué habrías hecho tú?

Cuando Math la miró, parecía como si sus ojos hubieran absorbido toda la luz del sol. Sonrió.

—Habría vuelto a buscarla —dijo.

Lo dijo sin intención y sin ningún énfasis, pero Elain sintió que el corazón empezaba a latirle más fuerte, como si Math fuera a buscarla a ella y no admitiera un no por respuesta.

17Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 7 Dom 08 Mar 2009, 11:40

Martha.

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ELAIN se recogió la falda y se sentó en el todo terreno. Las piernas se le pegaba el asiento. Sonrió.

—Lo que ahora necesito es una buena ducha caliente con mucha presión. Pero supongo que tendré que conformarme con una ducha normal.

—Pero caliente, ¿no?

Math la miraba mientras conducía. El sol empezaba a descender a sus espaldas. Habían nadado y comido un delicioso picnic preparado por Myfanwy, habían tomado el sol, y después de pasar todo el día en la playa, se sentían envueltos en un sensual sopor. Tenían la piel pegajosa con la mezcla de sal, arena y crema. Hacía años que Elain no se sentía tan viva.

—Al menos tenemos agua caliente —dijo Math.

—Cierto. Me conformaré con una ducha caliente.

—¿,Qué más necesitas? —preguntó, riendo.

—Daría un ojo de la cara por una ducha que tuviera más presión —respondió Elain.

Math sonrió, mostrando su perfecta dentadura.

—Muy bien. Te contaré un secreto. Arriba tengo una ducha especial. Puedes usarla si prometes no decir nada.

—¿En qué consiste esa ducha especial?

—Tiene un motor eléctrico que aumenta la presión. El agua del hotel no viene directamente del canal, sino de un tanque. Por eso apenas tiene presión.

—¿Y dónde tienes esa ducha?

— En mi piso. Vivo en el piso de arriba.

—¿Y a cambio de un simple ojo de mi cara puedo disponer hoy de semejante lujo?

—El precio es más alto cuando la ducha se convierte en una necesidad. Se podría decir que actuamos como traficantes de drogas.

Elain rió más de lo que la broma merecía. No recordaba haberse reído tanto como aquel día. Tal vez empezaba a ver una pequeña luz en la oscuridad. Le maravillaba lo fácil que era. Un hombre la besaba dos veces y parecía que el corazón iba a levantar el vuelo como un pájaro.



El piso estaba restaurado y mezclaba con elegancia detalles antiguos y modernos. El techo era alto y abovedado, con reproducciones decorativas en madera, y un tragaluz que iluminaba toda la habitación. Math no había alterado la estructura original del edificio para introducir aquellos cambios. El suelo estaba revestido de madera pulida, que brillaba en los espacios que la alfombras dejaban libres. La enorme chimenea de piedra gris había sido restaurada para devolverle su aspecto original.

Las ventanas tenían vidrieras antiguas, y a su alrededor crecía la hiedra. En las paredes había empleado piedra, yeso y algunas tablas de madera.

El cuarto de baño era de ensueño. Las paredes y el suelo estaban cubiertos de una austera piedra negra, incluido el espacio que rodeaba a la ducha y el lavabo. Tenía un aspecto sobrio y antiguo, en el que Owen Glendower se habría sentido muy cómodo.

La ducha le pareció increíble, un lujo que no había tenido desde que dejó su casa, hace cinco años. Estuvo debajo durante cinco minutos, sin moverse, como si la acabaran de rescatar de un desierto. El agua le caía sobre la cabeza, la cara, y todo el cuerpo hasta las plantas de los pies, como un masaje terapéutico.

En el extremo opuesto a la ducha, y pegado a la pared, había un espejo de cuerpo entero. Cuando acabó estaba cubierto de vaho y su reflejo parecía el de un fantasma. Pulsó un botón y puso en funcionamiento un ventilador. El calor empezó a disiparse. Se secó, mientras su reflejo en el cristal se hacía más nítido.

La imagen empezó a aclararse en las partes superior e inferior. Por un momento, mientras el centro permanecía borroso, se vio a sí misma como una mujer normal. Una mujer a la que un hombre desearía tocar y hacer el amor con ella. Alta, de piernas esbeltas, brazos bien formados, un pulcro y rojizo bello púbico, vientre liso y cintura delgada; cuello largo y delgado, rostro atractivo, un saludable y espeso cabello rojizo, y piel suave, ligeramente bronceada en la cara, los brazos y las piernas.

El vaho desapareció por completo y Elain se obligó a mirarse. Observó sus senos, redondos y generosos. Uno era de un blanco perfecto, y en el otro aparecía una marca oscura de piel mas gruesa, que le llegaba hasta debajo del brazo. El pezón apuntaba hacia arriba más de lo normal, destruyendo la simetría y cualquier asomo de belleza.

—¡Diablos! ¿Qué es eso? ¡Qué cosa tan rara!

Recordó aquella voz masculina con tanta nitidez que pareció retumbar en las paredes de piedra.

Entonces Elain se había cubierto con una mano, para evitar que siguiera mirando.

—Es un injerto. Me quemé.

No podía dejar de escuchar su risa nerviosa.

—Vaya, Elain, tendrías que haberme avisado.

Seguía riendo.

—Lo siento.

—Bueno, ahora veo por qué te hacías tanto de rogar. Te vas a divertir mucho en la vida, ¿eh? Bueno, no me hagas caso, soy un bocazas.

Desde entonces, nunca se miraba, odiaba aquella deformidad. Hasta aquel día, en que pudo mantener los ojos abiertos y fijos en ella. «Nada ha cambiado» se dijo. «Un hombre te ha besado dos veces, pero en realidad nada ha cambiado.»



Diez minutos después salió del cuarto de baño.

—¿Quieres que comamos algo aquí arriba, lejos de la multitud? —sugirió Math—. Puedo pedir a Myfanwy que nos envíe una bandeja.

Elain contempló la habitación, fría y en penum­bra, la luz púrpura y dorada del atardecer que pasa­ba a través de los cristales, y las sombras oscilantes de las hojas mecidas por la brisa. Vio flotar motas de polvo en la luz, y se sintió agotada por la acti­vidad del día. Lo último que le apetecía era la compañía de extraños. Pero le apetecía menos aún lo que veía reflejado en los ojos de Math. Porque sabía cómo aquella expresión podía cambiar con rapidez, y no estaba dispuesta a comprobarlo. Al menos no con Math. Sabía que con él sería mucho peor.

Estaba segura de que se marcharía el día siguien­te. Se planteó la posibilidad de arriesgarse, sólo por una vez. A fin de cuentas, no lo volvería a ver.

—No, gracias —le contestó—. Ya me voy.



—Quieren que te quedes más tiempo —dijo Raymond.

—¿Qué?

El corazón le latió con fuerza. Era como si la obligaran a meterse en la boca del lobo.

—¿Por qué? —preguntó—. Él no lo hizo. Es imposible.

—Mira, están muy satisfechos con la manera en que has llevado este asunto, pero todavía no se dan por vencidos. Quédate allí y consigue toda la información que puedas, y es posible que dentro de poco puedan darte instrucciones más específicas.

Elain maldijo.

—¿Qué pasa, cariño? ¿No se te está dando bien la pintura? —preguntó Raymond con sarcasmo.

—No —respondió con sequedad.

No estaba dispuesta a explicarle por lo que esta­ba pasando y lo que suponía para ella quedarse allí.

—Aguanta —dijo Raymond—. Lee un libro. Eso ayuda a pasar el tiempo. Y graba todo lo que pue­das. Nunca se sabe.

—¿Qué es lo que nunca se sabe?

—Puede que él mienta, Elain. Pero al menos habla contigo. Quién sabe, tal vez te cuente una historia diferente cada día. El tapiz no se había tasado en su valor actual. Procura averiguar algo al respecto.

Pensó que si grababa todas sus conversaciones tendría más posibilidades de llevar las riendas. Suspiró.

—Él no lo hizo, y lo sabes. No es vuestro hombre.

—Elain, querida, este cliente es muy importante, y los dos cobramos en función del tiempo que emplees. Hay crisis. Si tú no necesitas el dinero, yo sí. Así que no lo eches a perder.

Volvió a suspirar.

18Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 7 continuación Dom 08 Mar 2009, 11:41

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—Raymond, no hay nada raro en este asunto. Es una tontería que me quede aquí. Están pagando por nada.

—Mira, cariño, es una compañía de seguros. Son muy escrupulosos y quieren que las cosas se hagan a su manera.. Están cargados de dinero, así que no veo la razón para no sacar una buena tajada de todo esto. Aunque te quedaras un mes, ni siquiera se fijarían en la factura.

—¿Un mes? —gritó—. ¡Yo no me quedo aquí un mes!

—Pareces una doncella victoriana ultrajada. Mira, pienses lo que pienses, ellos tienen sus sospechas y prefieren pagarnos a nosotros nuestro sueldo miserable antes que pagar ese seguro. Ahora, haz el favor de ponerte a trabajar. Me alegra hablar con mi agente en el campo de batalla. Me recuerda los viejos tiempos.



El paisaje era más bello de lo que había imaginado. Las laderas de las colinas estaban cubiertas de musgo y árboles llenos de magia que parecían tan viejos como la misma tierra. Cualquier elevación del terreno ofrecía una vista espectacular.

El cielo azul y despejado, y las playas amplias y limpias parecían propios del Caribe. Las casas antiguas estaban rodeadas por muros de piedra de siglos pasados. Proliferaban los ríos, lagos y arroyos, y en los campos verdes pacían las oscuras vacas, las blancas ovejas y los caballos, que ofrecían un cuadro más pintoresco de lo que podía soñar. Los círculos de menhires, las susurrantes cataratas y todos los sitios continuaban igual desde que su bisabuelo abandonó aquellas tierras.

Elain condujo y caminó por aquellos parajes, siempre con su caballete y sus pinturas, para dejar constancia de aquella belleza. Era como el regreso al hogar. El mito, la historia y la magia. Era la tierra de sus antepasados, el lugar en el que estaban sus raíces. Sabía que nunca volvería a ser la misma.



—Gales tiene un clima muy húmedo —le dijo Vinnie—. Por eso es tan verde.

Elain estaba contemplando la lluvia. Llevaba dos días sin poder pintar.

Se habían quedado solas después de comer y no tenían ninguna razón especial para levantarse de la mesa. Rosemary y Davina habían salido temprano aquel día, con la comida en unas mochilas. Jeremy había ido a Londres para ver a su editor. Math había subido a su piso una hora antes. Pero Vinnie y Elain no tenían nada que hacer, excepto tomar un café y charlar.

No conectó la grabadora porque estuvieron charlando sobre el pasado. Vinnie había perdido a su marido cuando tenía veintidós años y esperaba su primer bebé, que también murió. No volvió a casarse y tuvo que aprender a dirigir un hotel, cuando nunca había tenido que mover un dedo para salir adelante.

Una ráfaga de viento entró por la ventana y Elain se empapó. Apenas se vislumbraba la fortaleza, oscurecida por la lluvia y la espesa niebla.

En aquel momento tuvo una idea y conectó la grabadora.

—He pensado que me gustaría pintar la escena del tapiz que se quemó en el incendio —dijo— Sobre todo si el tiempo continúa así. ¿Lo recuerda bien como para describírmelo?

Vinnie dejó su taza.

—Es una idea estupenda, querida. Seguro que a Math le encantará. Le gustaba mucho ese tapiz. ¿Se lo ha encargado él?

—La verdad es que no se lo he comentado. Estaba pensando en un lienzo pequeño. Pero si a él le gusta la idea podría ser más grande. Por supuesto, no sería tan valioso como el tapiz.

—Creo que a Math no le importaba por su valor. Quería exponerlo cuando restaurara la casa.

—¿Dónde lo consiguió?

—Siempre estuvo aquí, al menos por lo que yo sé. Lo encontré guardado en un aparador en 1956. Pero hasta que murió mi padre, en 1970, no lo saqué para colgarlo. A mí padre no le gustaba tanto como a mí.

—¿Fue entonces cuando lo tasó para asegurarlo?

Vinnie suspiró.

—Me temo que sí. Nunca supuse que subiría tanto su valor. El joven agente que me aconsejó su venta lo pasó por alto.

—Un golpe de suerte para Math —dijo Elain, con rudeza.

—Sí, él fue el primer sorprendido. Cuando vino a ver la casa sólo había echado un vistazo por encima a esa habitación. Se quedó encantado cuando vio el tapiz. Es muy aficionado a los mitos galeses. Aunque no tenía intención de venderlo, acordamos que, si algún día se decidía, me pagaría la mitad del dinero que obtuviera.

— Era la representación de «El Sueño de Rhoabwy», ¿verdad? ¿Conoce la historia?

—Querida, la escuché hace mucho tiempo, pero me temo que no lo recuerdo todo. Math tiene la traducción al inglés del Mabinogion. Puedes pedírsela.

—Pero, ¿me podría describir la escena? —presionó Elain.

Se sentía apesadumbrada. Hasta entonces, en ninguna investigación se había encontrado tan cerca de la gente a la que espiaba, y odiaba lo que hacía. Por otro lado, estaba muy interesada en obtener más información sobre sus antepasados. Y no mentía al decir que quería pintar «El Sueño de Rhonabwy»

El artista original había sido una mujer que trabajaba en el único medio que podía permitirse. Elain pensó que tal vez se sintiera desanimada con los lentos progresos de la aguja. Y todo su trabajo se había quemado en un momento. Pero ella estaba decidida a volver a darle vida.

—Si quieres puedo intentarlo —dijo Vinnie—. Si pintas mientras hablo, tal vez pueda hacerlo. Estaba confeccionado en un extraño y antiguo estilo, ya sabes. Los colores originales eran muy vivos y la perspectiva. ..

En aquel momento escucharon los ladridos del perro en el vestíbulo, y un ruido de voces. Tras la tarde de inactividad, ambas decidieron investigar.

Rosemary y Davina se habían visto sorprendidas por la tormenta y acababan de entrar. Estaban llamando a Jan. Su aspecto debía haber desconcertado a Bill. Llevaban grandes gabardinas y sombreros, y estaban empapadas y cubiertas de barro.

El perro les ladraba con furia, como si fueran desconocidas.

—¡Elain! ¡Vinnie! Estáis ahí —dijo Rosemary, agradecida—. ¿Podríais decir a Jan que nos traiga algo para limpiarnos un poco? No queremos manchar de barro todo el suelo.

—¡Vaya día! Primero nos sorprende una horrible borrasca. Muy tonificante, pero nos hemos empapado —explicó Davina— Y luego, Rosemary se cae.

Bill no dejaba de ladrar, nervioso.

—¡Quieto, Bill! —ordenó Elain.

No tenía muchas esperanzas de que la obedeciera, y en efecto, siguió ladrando.

—No tiene mucho sentido del olfato —dijo Vinnie—. Y estáis muy raras.

La gabardina amarilla de Rosemary estaba cubierta de barro. Elain comprendió inmediatamente por qué no querían moverse de donde estaban.

—Iré a buscar a Jan —dijo.

La encontró en la cocina, y volvió con ella, con un cubo y algunos trapos y toallas. Math ya había bajado las escaleras.

—Por supuesto, no hemos podido disfrutar del picnic —dijo Rosemary—. No hemos estado a resguardo ni un solo momento desde que salimos de aquí.

Bill no parecía tener intención de callarse, ni siquiera cuando las dos mujeres se limpiaron las gabardinas y se quitaron todas las prendas externas. El perro había visto al enemigo, y la euforia de su triunfo, al ahuyentarlo y hacer aparecer a Rosemary y Davina en su lugar, no tenía límites. Al final, todos renunciaron a hacerle callar, pues cuanto más intentaban tranquilizarlo, más nervioso se ponía.

Vinnie sacudió la cabeza con tristeza y miró a Math.

—Supongo que ya chochea.

Rosemary estaba más mojada y sucia que Davina. Mientras seguía limpiándose el barro de las manos, se miró los calcetines y los pantalones empapados, y los mechones de pelo que le caían rezumando agua.

—Bueno—dijo— Creo que la próxima vez...

No pudo terminar la frase. Bill se abalanzó emocionado hacia sus piernas, en un arrebato de cariño, y tan grande era su excitación que no pudo controlarse y desahogó la vejiga en sus pies.

Rosemary, por mucho que lo disimulara, era una persona muy rígida, y demasiado vanidosa para dejarse llevar por el sentido del humor. No era capaz de reírse de sí misma en una situación apurada, y el que hecho de que Elain no pudiera contener la risa no la ayudó.

—¡Dios mío! —gritó.

Levantó el pie izquierdo, embutido en sus nuevos y empapados calcetines, y lo miró con una indignación asombrosa.

—¡Pero qué demonios es esto!

Vinnie y Math se controlaron mejor que Elain. Math se lanzó a coger al desafortunado perro, lo sujetó por el collar, abrió la puerta más cercana, que daba al salón, lo empujó allí y después cerró la puerta rápidamente. Bill, que había dejado de ladrar un momento, empezó de nuevo, con más énfasis.

—Lo siento, Rosemary —dijo Math—. No sé qué le ha pasado.

Vinnie le agarró un brazo.

—Math —dijo, asustada.

En aquel momento Elain sintió el olor.

—Humo —dijo, frunciendo el ceño—. Algo se está quemando.

El olor la hizo recordar y gritó:

—Dios mío, ¡fuego!

Bill empujaba la puerta del salón, ladrando y gimiendo como si lo hubieran encerrado con un fantasma. Math le abrió la puerta y el olor del humo entró en el vestíbulo. Todos entraron rápidamente en la habitación, incluido Bill, que al parecer no había empujado la puerta para salir, sino para que ellos entraran.

En el centro de la alfombra que estaba frente a la chimenea, empezaba a crecer una llama, levantando una nube de humo.

—¡El cubo! —dijo Jan.

Salió corriendo en su busca. Pero no fue necesario. Bill, que no dejaba de ladrar y de gemir, se agazapó con las patas traseras extendidas y olfateó la alfombra, como si intentara descubrir qué era aquello. Después levantó la pata y orinó encima.

Su puntería resultó excelente. El pequeño fuego se extinguió antes de que Jan volviera con el cubo. La alfombra desprendía un olor fuerte y desagradable, una mezcla entre lana quemada y orín de perro.

Todos estallaron en carcajadas, aliviados. Davina, que se encontraba más cerca de la escena, había tragado mucho humo y empezó a toser mientras se echaba hacia atrás precipitadamente.

—Muy bien, Bill —dijo Vinnie con admiración.

El perro se apartó y los miró, ya calmado, golpeando la cola contra el suelo y con la boca abierta en una amplia mueca.

Ladró una vez más, contento por su hazaña.

Math lo miraba con una ceja levantada.

—No volveremos a decir que chocheas, ¿verdad, chico? —dijo, riendo.

—Por supuesto que no —añadió Vinnie—. Y mucho menos que ha perdido el sentido del olfato.

—Pero, ¿cómo ha ocurrido? —preguntó Elain—. ¿Alguien estaba fumando?

19Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 7 continuación Dom 08 Mar 2009, 11:41

Martha.

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El único que fumaba era Jeremy y estaba en Londres. Math se acercó a la alfombra y apartó el humo con una mano. Había una marca oscura de unos treinta centímetros. Y en el centro un pequeño pegote carbonizado. Miró a Jan.

—Jan, ¿cuándo encendiste el fuego aquí?

—Hace una hora, justo después de comer. Me dijiste que lo hiciera cuando subiste, porque hacía frío. Y no cayó ningún trozo de carbón en la alfombra.

Math sacudió la cabeza.

—No, yo diría que esto se ha prendido hace unos quince minutos. ¿Alguien ha estado en esta habitación durante la última hora?

Elain negó con la cabeza.

—Vinnie y yo hemos estado en el comedor tomando café. Y no me ha parecido ver a nadie.

Sólo tres personas habían comido en el hotel, y Jan no había puesto la mesa acostumbrada, sino una más pequeña cerca de la ventana y con vistas al valle. Desde el comedor se veían sin problemas la puerta de entrada y el vestíbulo.

Vinnie asintió.

—Todo ha estado tranquilo. Hace como una hora, Jan vino a traernos más café, así que creo que es cuando encendió la chimenea, y no hemos visto a nadie más desde entonces.

Davina cerró los ojos.

—Siento la presencia —dijo con voz emocionada—. Me temo que ha sido Jess.

Math sonrió. Miró el fuego de la chimenea, cuyas llamas caldeaban la habitación, haciéndola más cómoda.

—Es más probable que haya saltado una brasa de la chimenea —dijo.

Y, como para confirmarlo, el fuego aumentó en aquel mismo momento, y saltaron varias brasas.

—Sí, parece que tienes razón —dijo Vinnie.

Rosemary sacudió la cabeza.

—Sería mejor que hicierais caso de las advertencias de mi hermana —dijo.

Elain añadió rápidamente:

—No se olviden de Bill.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Rosemary.

—¿Qué le llamó la atención? —dijo Elain—. Siempre han dicho que no tenía sentido del olfato, y no estaba ladrando a la puerta del salón, ¿verdad?

— Bueno, tal vez... —empezó a decir Vinnie.

—¿No lo ven? Algo lo puso nervioso, pero no fue el fuego. Normalmente sólo le asusta. Y si no hubiera ocurrido el incidente de Rosemary, Math no habría abierto esta puerta. Y tal vez no hubiera entrado nadie en una hora más.

—¿Qué tratas de decir? —preguntó Math.

—Bueno... no lo sé —dijo, encogiéndose de hombros. Pero había algo extraño. Tendría que pensar.

20Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 8 Mar 10 Mar 2009, 18:00

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LA NIEBLA se acumulaba sobre las montañas como un mar de humo. Cubría todo el valle, y confería un aspecto misterioso y fascinante a las verdes laderas, incluso bajo el brillante sol de la mañana de verano.

«Debo surcar el mar hacia Avalon», pensó Elain, en sueños. «Aunque si me quedo más tiempo mirando, la espada Excalibur aparecerá.»

Y apareció, blanca y gris, envuelta en la niebla, tomando forma bajo sus delicadas pinceladas; otra realidad imposible en aquel mundo imaginario, que sólo algunos se atrevían a ver. Elain sonreía mientras pintaba, aunque inconscientemente. Aquella sonrisa reflejaba que el cuadro había cobrado vida y parecía tener voluntad propia para convertirse en lo que quisiera. Elain no había planeado incluir a Excalibur en el paisaje, pero tampoco había planeado algunos de sus mejores cuadros. Si hubiera resistido aquella inspiración, casi una intrusión, habría echado a perder el cuadro.

Excalibur tenía una resplandeciente esmeralda incrustada en la empuñadura, rodeada de letras rúnicas. Elain se dio cuenta una vez que la pintó, se pasó la lengua por los labios y se inclinó para acentuar el resplandor. La inspiración procedía de otra parte. La técnica era lo único que ella había aportado al cuadro.

Añadió un poco de blanco para conseguir el efecto del brillo. Pensó que, en el centro del resplandor verde, debía haber una imagen, cogió un pincel del número uno y lo manchó de rojo carmín. Tal vez podría pintar una rosa, o unos labios rojos, o algo que mezclara ambos detalles.

—¡Qué interesante! Supongo que es Excalibur, ¿,verdad?

Elain se sobresaltó, y la pincelada roja fue a parar al cielo de tonos grises y azules. La visión se quebró y cayo en una especie de niebla. Elain volvió al mundo real, con la sensación de haber perdido algo importante. Volvió la cabeza sobre el hombro y parpadeó. Aún se encontraba entre dos mundos, y la mujer que vio frente a ella le pareció una completa desconocida.

—Hola, Rosemary —dijo al fin.

—Oh, lo siento —dijo Rosemary— No pensé que pudiera sobresaltarte. Creí que me habías oído llegar.

—Cuando pinto no me entero de lo que sucede a mi alrededor —dijo Elain.

Dejó el pincel en el suelo. Pensó que debía reconstruir aquella imagen, pero en otro momento.

—Te he estropeado el cuadro. Pero ha sido sin querer. Creía que estabais charlando.

Elain frunció el ceño, desorientada. Entonces se dio cuenta de que el escalofrío que había sentido en la espalda un rato atrás le había indicado que no estaba sola. Se volvió en el asiento y lo vio. Estaba tendido en el suelo y apoyado en un codo, masticando una brizna de hierba. El sol brillaba en su cabello oscuro, y otra luz le iluminaba los ojos.

Lo había estado evitando los últimos días, pero su presencia seguía poniéndola nerviosa.

Math sonrió y se encogió de hombros, sin decir nada. Elain estaba desconcertada. Bajó la mirada y se inclinó para guardar la paleta en la caja de pinturas.

—Siento mucho haberte estropeado el trabajo —dijo Rosemary, con remordimiento—. Espero que puedas arreglarlo —se acercó al cuadro y se inclinó para observarlo mejor—. Seguro que podrás hacerlo.

—Por supuesto —dijo Elain.

Se alegraba de que la hubiera distraído. Intentó desviar la atención de aquellos o jos que observaban el tenue algodón del vestido de verano, la curva de sus hombros y brazos sudorosos, los mechones de pelo que le caían en la frente y el cuello, y las hábiles manos manchadas de pintura.

—No será difícil —añadió.

Y era cierto. Hacer desaparecer la mancha de carmín del cielo era algo muy sencillo. Sin embargo, si hubiera ocurrido en el brillo de la esmeralda, el problema habría resultado más serio.

Cogió un trapo del interior de la caja de madera y limpió los pinceles que había usado.

—¿Cuánto tiempo llevabas mirándome? —preguntó, sin levantar la vista de los pinceles.

—Unos cinco minutos antes del nacimiento de Excalibur —dijo Math.

Resultaba curioso que se expresara de aquella manera, como si comprendiera el proceso creativo.

Estaba más acostumbrada a oír a la gente preguntarle de dónde sacaba las ideas, como si fueran algo que se pudiera comprar en una tienda. No pudo evitar una sonrisa, y se volvió hacia él. El le devolvió la mirada con tanta intensidad que Elain no pudo desviar la suya, y apenas podía respirar.

Rosemary contemplaba el paisaje. La niebla empezaba a disiparse bajo el calor del sol, y el valle ya se vislumbraba bajo las colinas. Elain llevaba varios días levantándose temprano para contemplar la niebla. Subía con su equipo de pintura hacia el muro, donde nadie podía verla, y pintaba sin interrupción durante un par de horas.

—He visto mil veces esta escena y jamás he imaginado una espada en el cielo —dijo Rosemary—. ¿De dónde sacas esas ideas?

Había un ligero tono de desaprobación en aquella voz, que a Elain le recordaba a un profesor que había tenido en el colegio, y que detestaba el arte. Trató de evitar una mueca de fastidio, pero entonces se volvió hacia Math, y tenía una mirada tan irresistible., que empezó a reír, como si el aire estuviera impregnado de champán.



—Simplemente me vienen —le explicó a Rosemary.

No había forma de explicárselo. Entonces pensó que la idea de la espada le había venido poco después de que Math apareciera. Tal vez había algo freudiano en todo aquello. Podía haber sentido inconscientemente su presencia, y había pintado la espada no como un objeto místico, sino como un símbolo fálico sobre las colinas con formas de senos.

Por supuesto, sus predecesores no lo habrían expresado así, sino más bien como el profundo misterio de la sexualidad. Tal vez el significado fuera el mismo, pero ahora se llamaba por su nom­bre a lo que antes se consideraba misterioso.

Rosemary se despidió de ellos y bajó por la lade­ra, para tomar el camino hacia Pontdewi. Elain se quedó en silencio, con Math a su espalda. Elain recogía el caballete y las pinturas, mientras Math continuaba tumbado en la hierba, esperando. Al final, se vio forzada a volverse para mirarlo de nuevo.

Él la miró como si entendiera lo que estaba pen­sando y le sonrió con ternura. Elain sintió un nudo en la garganta. Math estaba apoyado en la hierba sobre un codo, y le tendió el otro brazo. Lo hizo de forma espontánea, como si ambos supieran que ella se tumbaría a su lado, sólo porque él se lo pedía.

Lo miró durante un momento, intentando resis­tir la atracción de sus ojos, de su presencia, de su mano extendida. Por fin, sacudió la cabeza y Math bajó el brazo.

—¿No sigues? —preguntó, con suavidad.

Elain volvió a negar con la cabeza y se volvió hacia el valle.

—Se ha ido la niebla —dijo—. Tendré que esperar a otro día.

Se inclinó para recoger el equipo de pintura. Math se levantó con desgana y caminó hacia ella para ayudarla. Cogió sus cosas y las dejó junto a la torre en ruinas. Después, tomó a Elain por la cintura y la sentó en el muro de piedra, antes de cruzarlo.

Balch estaba atado fuera de la fortaleza y mas­ticaba hierba.

—¿Has venido a caballo? No te oí —exclamó Elain.

—No, estabas inmersa en el trabajo —dijo Math, cogiendo las riendas del caballo—. Te has escondido bien, hacía tiempo que no te veía.

Elain sintió un calor en las mejillas.

—Estaba trabajando —dijo.

Era cierto, como también lo era que en los últi­mos días había intentando evitar a Math. Incluso había comido dos veces en el bar del pueblo.

—¿Te apetece un descanso? Hoy hay mercadillo en Machyrilleth, un pueblo cercano, y Myfanwy me ha dado una larga lista.

El sol ya empezaba a calentar, y Elain no podía pasar por alto las instrucciones de Raymond.

—Muy bien —dijo.

Después añadió, culpable:

—Gracias.

Math sonrió.



El mercadillo del pueblo resplandecía bajo el sol. Pasearon por las calles, entre los puestos de verduras de alegres colores, rojos, verdes, amarillos y marrones. También había puestos de huevos, mantequilla y quesos locales e importados; ollas y cacerolas resplandecientes; camisas y faldas de fuertes colores, mecidos por la brisa; maquinaria para lava granjas; objetos de ferretería; tazas de té y cuchillos.

—Es muy grande —observó Elain—. ¿Siempre está aquí?

Conocía algunos mercadillos londinenses, Pero había algo en aquél que lo hacía más real. Tal vez fuera la cantidad de gente que vendía su propios productos.

—El mercadillo de Machyrilleth lleva funcionando cada miércoles desde hace ochocientos años —dijo.

Elain alzó la vista, sorprendida. El sol la cegaba.

—¿Me tomas el pelo?

Se puso la mano sobre los ojos, para poder verlo.

Math negó con la cabeza.

—No. El rey Eduardo concedió el permiso en diciembre de 1291. Hay una copia en los archivos, que están un poco más abajo.

—¿Cada miércoles? ¿Sin falta?

—Eso tengo entendido. Los puestos de ganado estaban donde está ahora el reloj.

—Soy canadiense —dijo—. Creo que no estoy preparada para enfrentarme a una tradición de ochocientos años.

—Pero llevas sangre galesa —le recordó Math.

Elain miró la calle, con los tenderetes expuestos en ambos lados, y se preguntó si en siglos pasados sus antepasados habrían ido hasta allí para comprar comida para su familia.

Mientras Math compraba, Elain lo seguía. Cuando algo le llamaba la atención se detenía, y luego debía encontrar a Math entre la multitud. Se detuvo en todos los puestos que vendían grabados enmarcados y acuarelas originales. Pocos cuadros eran buenos, y la mayoría representaba animales entrañables de grandes ojos, niños precozmente santificados o paisajes mal pintados. Pero descubrió una acuarela de delicadas pinceladas que tenía muy buen aspecto. No se limitaba a una mera función estética, sino que inspiraba algo especial. Preguntó el precio e hizo un gesto de asombro. Le parecía muy bajo para una acuarela original. El artista se vendía por muy poco. Si el trabajo era de mayor calidad también debían exigir un precio mayor.

—La mayoría de la gente cuelga esos cuadros en la cocina —dijo Math, detrás de ella—. Hay una tienda para turistas con trabajos de artistas locales, cruzando la carretera. ¿Te gustaría verla? Yo acabo en un minuto.

Lo siguió hasta el próximo puesto, donde compro un surtido de cuadernos y una caja de folios. Aquello no estaba en la lista de Myfanwy.

21Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 8 continuacíón Mar 10 Mar 2009, 18:01

Martha.

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—¿Estás trabajando en algo? —preguntó Elain.

—Sí —respondió, con aire ausente.

—¿Sobre qué? ¿O no debería saberlo?

Math hizo una pausa, y después contestó.

—Estoy escribiendo sobre el Mabinogion.

—La epopeya sobre Gales —dijo Elain.

Siguió a Math a través de la calle.

—Exacto.

—¿Es verdadera, Math?

—¿Qué entiendes por verdadera?

—Si está basada en un hecho real.

Math se echó a reír.

—Depende de lo que entiendas por un hecho real. Aquí está la tienda.

Era la típica tienda que se podía ver en cualquier lugar donde se desarrollara una intensa actividad artística. Math le contó que un grupo de artistas sin ánimo de competir en su trabajo, había alqui­lado el local, y dirigían el negocio entre todos. Los socios eran dos alfareros de estilos muy distintos, un joyero que trabajaba la plata y la piedra pulida del lugar entre otras cosas, un acuarelista, un teje­dor y un tallista de madera.

Elain dio una vuelta por la tienda, observando los trabajos expuestos, y se preguntó por que no habría tenido el valor de hacer algo así después de graduarse. En vez de trabajar para Raymond en Londres, donde todo era tan caro, podía haberse establecido en aquella avenida, que parecía abierta para ella.

Algunas veces había vendido algo en el puesto que tenía un amigo suyo en Embankment, pero siempre había atribuido sus ventas a la suerte. Tal vez la visita a Gales le había infundido más con­fianza. Por primera vez, tenía la convicción de que podría vivir de sus obras arte, en lugar de trabajar de detective para Raymond.

—No hay óleos —dijo Elain, casi para sí.

—En efecto —Math se volvió hacia el hombre que estaba sentado tras el mostrador—. ¿Cómo va el negocio, John?

—Bore da, Math. Un poco flojo esta semana. Pero en conjunto muy bien.

—Elain, te presento a John Llewellyn. Es el autor de las tallas de madera que están expuestas. John, mi amiga Elain Owen. Pinta al óleo.

John la estrechó la mano con fuerza.

—¿Está pintado algo ahora? ¿Va a pasar aquí mucho tiempo?

—Estoy pasando un par de semanas en el White Lady.

El hombre levantó las cejas e inclinó la cabeza hacia Math.

—¿Qué tal te va? ¿Te han pagado ya?

Math sacudió la cabeza.

—Aún no.

En el mostrador había tarjetas de la tienda. Elain cogió una y se la guardó en el bolso, donde llevaba la grabadora.

—¿Hay algún problema?

—No dicen nada. O dicen que tienen que con­siderarlo. Pero creo que hay algo más.

John volvió a levantar las cejas.

—¿El jefe de bomberos no les pasó su informe?

—Sí. Las latas de gasolina tenían al menos cin­cuenta años. Y él determinó que había sido un accidente.

—Pero los del seguro no quieren pagar.

Math asintió.

John chasqueó la lengua.

—Y mientras tanto no puedes hacer nada. Si al menos restauraras la fachada, podrías utilizar las habitaciones que no han sufrido daños.

—Tendré que empezar sin ellos.

—Olwen dice que se quemó el tapiz. No lo sabía. Eso si que es una tragedia.

Math se limitó a asentir, y John reparó de nuevo en Elain.

—Así que es usted pintora ¿Es galesa?

—Descendiente de galeses —dijo, sonriendo.

—¿Y quiere pintar los alrededores?

—Es una manera de decirlo.

—Bueno, si va a quedarse un tiempo por aqui, venga algún día a enseñarnos sus cuadros. Tal vez podamos exponerle alguno.

Aquélla era una generosa oferta, considerando que no sabía nada sobre ella.

—Gracias —le dijo Elain.

Después volvieron al calor y el ruido del mercadillo.

—Debe ser hora de comer —dijo Math.



Pasaron la tarde conduciendo y contemplando el paisaje, y después fueron a la playa. No habían llevado traje de baño, pero pasearon descalzos por la orilla hasta el atardecer, y volvieron al hotel bastante después de que se sirviera la merienda.

—¿Quieres ducharte? —le preguntó Math.

Elain contestó que sí, y él le dio un juego de llaves.

—Voy a llevarle todo esto a Myfanwy. Sube y sírvete un té o una copa, si lo prefieres.

Elain pasó antes por su habitación para coger ropa limpia. Cuando salió de la ducha, Math aún no había vuelto, y se sirvió una copa de jerez seco. Por alguna razón no le apetecía irse de allí. Se envolvió el pelo en una toalla y dio una vuelta por el piso.

En una de las habitaciones estaba el estudio de Math. Las paredes estaban llenas de libros, y había un par de mapas y grabados, una máquina de escribir y un escritorio con una gran silla negra frente a una estrecha ventana con cristalera. Y entonces descubrió a un gato pardo, tumbado en el escritorio entre una montaña de papeles y libros. Estaba aprovechando los últimos rayos de sol y la miraba fijamente.

—Hola—dijo Elain—. ¿Eres un gato observador?

El gato maulló, estiró las patas traseras y empezó a lamerse con sumo esmero. Después se volvió a tumbar, sin prestar atención a Elain. Atraída tanto por la presencia del gato como por la ventana, caminó hacia allí.

Se veía la fortaleza, aunque no totalmente, ya que la ventana era muy estrecha. Tuvo la extraña sensación de que estaba mirando un mundo encantado a través de una ventana mágica. Era aquel tipo de ventana. Sonrió y decidió preguntar a Math si podía pintar el paisaje que se contemplaba desde allí. Nunca se sabía lo que podía ver.

Acarició la cabeza del gato, casi sin darse cuenta. Tenía un color extraño, y su pelo era oscuro y espeso, como el de un oso. Sin pretenderlo, miró la hoja que estaba en la. máquina de escribir.



Señor —dijo Caradoc—. Tus mensajeros no pueden hacer nada más. ¿No emprenderás tú mismo el camino que viste en tus sueños? Si nos guiaras...



Elain se sentía culpable y se comparó con Rosemary, Se volvió y abandonó la habitación, seguida por el gato. De vuelta en el salón, se dijo que debía irse, pero no lo hizo.

Allí también había estanterías llenas de libros. Se agachó y empezó a leer los títulos, sin ninguna intención en especial. Era una colección muy variada, que incluía libros antiguos y modernos: ficción, poesía, historia, mitología y religión. Elain no era muy aficionada a la lectura, pero le gustaba la literatura de ficción moderna.

Encontró un grupo de libros que pertenecían a autores modernos, como D.M. Thomas, Robertson Davies y Taliesin, y se preguntó cual sería el preferido de Math. Aunque ella no leyera mucho, conocía aquellos nombres. Se sentó con las piernas cruzadas, se quitó la toalla y puso la copa en el suelo, a su lado. Encontró un ejemplar de El hotel blanco. Ya había leído aquel libro y lo había encontrado tan imprescindible como la pintura. De los escasos autores que conocía, pocos la habían impactado de aquella manera. Decidió que tenía que leer más.

Cogió otro libro, Bred in the Bone, en cuya portada leyó que había obtenido un accésit en un certamen. Alguien le había dicho que aquel libro trataba sobre artistas y le apetecía leerlo. Tal vez Math se lo prestaría.

Estaba segura de que nunca había leído a Taliesin. Era un nombre curioso. Creyó recordar que alguien lo había mencionado poco tiempo atrás. Cambios atmosféricos. Las cartas de la diosa. También había oído aquel nombre recientemente. Heridas que sangran con profusión. Estaba segura de que aquel título sí lo habían mencionado. Cogió el libro y lo abrió. Una poderosa exploración erótica del mito y la realidad.



El gato se acercó, olfateó el jerez y se tumbó en su regazo, de manera que apenas la permitía moverse. Pasó las hojas con dificultad, incapaz de concentrarse. Se sentía intranquila. Se preguntó qué estaba haciendo allí, y por qué estaba esperando a Math.

Una mujer galopaba en un caballo negro, susurrándole al oído que fuera más deprisa.

Tomó un sorbo de jerez y acarició al gato. Volvió a preguntarse por qué estaba esperando a Math. El gato se tumbó boca arriba, con un ronroneo que invitaba a acariciarlo. Así lo hizo, y sonrió cuando el animal la recompensó con otro ronroneo, cambiando de postura para seguir recibiendo caricias.

Elain se inclinó y frotó la cara contra el pelo del animal.

—Comprendo cómo te sientes —le dijo—. Igual que yo cuando...

Se interrumpió al darse cuenta de que el final de aquella frase era la respuesta a sus dudas, y volvió al libro.

El caballo no llevaba riendas ni silla. La mujer lo controlaba con la presión de las piernas y de las manos, y con la voz. Elain presintió que en otras ocasiones sería imposible de controlar. Leyó lentamente, sin apreciar el cariz erótico que estaba tomando la lectura, hasta que resultó demasiado evidente, hasta que comprendió que entre el caballo y la mujer existía una especie de armonía apasio­nada, una extraña atracción que no dejaba de ser física por el hecho de no ser convencional.

Ya había leído antes literatura erótica. Resultaba difícil evitarlo. Pero las descripciones del acto sexual que conocía no la habían afectado tanto como aquella poética pasión. No estaba preparada para experimentar la corriente de sensualidad que la arrastró cuando el caballo emprendió el vuelo en la noche, súbitamente; ni para pensar en las caricias de Math, ni en el duro enfrentamiento con la verdad, de la que siempre huía.

—Yo me siento igual cuando Math me toca —di­jo, por fin, al gato.

Entonces se dio cuenta de que aquello era lo que había estado esperando: la llegada de Math, y sus caricias.

Cerró el libro con un golpe que hizo que el gato saltara de su regazo. Lo puso en la estantería de cualquier modo, cogió la copa de jerez y se levantó. Debía irse antes de que Math volviera. No tenía fuerzas para volver a resistirse. Y su expe­riencia en el pasado la obligaba a desconfiar. Aun­que lo que había sentido con Greg no era nada en comparación con el daño que podría hacerle Math, si descubría en él la misma mirada.

Se volvió y dejó la copa sobre una mesa, se inclinó para recoger la toalla y caminó hacia la puerta. El gato la seguía, enredándose en sus pier­nas, y no la dejaba avanzar. Pero ya era demasiado tarde. A medio camino se detuvo, inmóvil como una estatua. La puerta se abrió y su corazón latió con fuerza, como si detrás le esperara la misma muerte.

angelica


COLABORADOR ESPECIAL.
COLABORADOR ESPECIAL.

En cuanto termine de leer el orgasmatron 9000 y A darker dream leo este, pero si que estan buenos eeeh no dejes de ponerlos!

23Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 9 Mar 10 Mar 2009, 19:43

Martha.

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—HOLA —dijo Math, sonriendo—. ¿Has disfrutado de la ducha?

—Sí. Me he olvidado el peine —fue la primera excusa que se le ocurrió.

Tenía la toalla en la mano, y el cabello revuelto le caía sobre los hombros. Math se interponía en el camino hacia la puerta. Elain sonrió nerviosa mientras caminaba hacia él.

Math la rodeó con un brazo y le hizo dar media vuelta.

—Vamos, puedes usar el mío, quédate un rato a hacerme compañía.

Le quitó la toalla de las manos y la arrojó sobre un taburete de madera cercano a la chimenea.

—¿Estás tomando algo?

—Un jerez —contestó.

Elain sentía la sangre hervir y estaba a punto de desfallecer. Un escalofrío le recorría la piel. Parecía como si no le llegara el oxígeno suficiente para que la mente funcionara.

Math empezó a desabrocharse la camisa.

—¿Me pones un whisky? Voy a buscar el peine.

Entró en el cuarto de baño. Elain lo miró y vio que cerraba la puerta. Por alguna razón, la imagen de aquella habitación se le había grabado en la mente, y estaba segura de poder pintarla sin verla. Se dirigió hacia el mueble bar y comprobó que no había hielo. Fue hasta el frigorífico y cogió unos cubitos. Después se detuvo, y su mente empezó a despejarse. No tenía que esperar sólo porque él se lo dijera. Podía irse cuando ella lo decidiera.

Math salió del cuarto de baño. Llevaba un albornoz largo y negro. Era la clase de regalo que haría una amante agradecida. Elain estaba inmóvil, con un vaso lleno cubos de hielo en la mano.

—Math —dijo, dudando.

—Sí.

Lo dijo como si estuviera contestando a una pregunta, en lugar de formularla. Y por la forma en que la miraba, Elain pensó que cualquiera mujer podría pensar que él era la respuesta a cualquier pregunta.

—¿Quieres hielo en el whisky? —preguntó débilmente.

—Sí, gracias.

Volvió a desaparecer en el cuarto de baño, al cabo de un momento, se oyó el ruido de la ducha. Elain echó unos cubos de hielo en un vaso y sirvió el whisky. Entonces la asaltó la visión de Math en la ducha: el pelo negro, la piel pálida en contraste con la piedra oscura de las paredes, el agua cayéndole sobre la cara y los ojos cerrados al recibirla, la curva del cuello y su cuerpo firme y musculoso. Pensó en sus manos deslizándose por el cuello, el pecho, las axilas y los muslos; el jabón cubriéndole el pecho, las caderas y el abdomen.

El gato maulló y se apoyó en sus pies para lamer el suelo. Entonces Elain se dio cuenta de que había vertido media botella de whisky. El vaso se había desbordado, el mueble bar estaba empapado y el gato había decido probar el líquido que había caído en el suelo. Elain dejó la botella medio vacía y buscó un trapo.

Había una toalla sobre la cubitera y la cogió para limpiar la mesa. Después la metió en la cubitera y la llevó a la cocina. Lo dejó todo en el fregadero y cogió una esponja y un cubo.

Cuando volvió a la habitación, el gato había dado buena cuenta de la mayoría del líquido vertido en el suelo y se estaba lamiendo una pata. Elain se preguntó cómo iba a explicar a Math que el gato estaba empapado de whisky.

—Hueles como una bodega —lo acusó.

El gato parpadeó confundido y se volvió a tumbar boca arriba, ofreciéndole la barriga. Maulló, animado.

Elain sacó con cuidado los cubos de hielo del vaso y el whisky bajó de nivel. Después se sentó e intentó volver a echarlo en la botella. Observó que era whisky de malta escocés de quince años. El gato, probablemente, se habría bebido el valor de diez libras. Tomó un sorbo y se sintió confortada.

Había conseguido introducir la mitad del whisky del vaso en la botella, pero la otra mitad empapó la etiqueta y cayó sobre el mueble. La ducha dejó de sonar. Elain dejó el vaso y limpió el resto del líquido derramado. Después volvió a echar los cubos de hielo en el vaso.

Cuando Math salió del cuarto de baño, envuelto en una nube de vapor, con el albornoz y una toalla en la cabeza, Elain estaba sentada en un sillón al lado de la chimenea, con otra copa de jerez. El vaso de whisky estaba sobre una mesa de madera, entre su sillón y el brazo del sofá.

Math se acercó a la mesa y cogió el vaso, lo miró y después se volvió hacia Elain, sonriendo.

—¿Quieres emborracharme? —preguntó.

Aquella risa embriagó sus sentidos tanto como el whisky al gato.

Se mordió los labios, bajó la mirada y sacudió la cabeza.

—¿Te he puesto demasiado?

Antes de que pudiera contestar, el gato empezó a correr por la habitación, chocó con los tobillos de Math, se dio la vuelta y empezó a morderle y arañarle el albornoz, como si se tratara de un ratón.

—¡Ay! —se quejó Math al sentir las uñas.

Apartó la pierna y el gato se tumbó en el suelo, con las orejas hacia atrás y un brillo salvaje en los ojos.



—¿Qué te pasa, Mudpie? —le preguntó.

Se inclinó y le acarició la cabeza. Mudpie volvió a salir corriendo, desenfrenado, y se llevó por delante una pequeña alfombra.

—¿Qué demonios pasa? —dijo Math.

—¿Tu gato se llama Mudpie? ¿Pastel de barro?

—Yo no tengo ningún gato. Mudpie es una gata.

—Pues tu gata es una borracha —le informó Elain.

Math hizo una mueca.

—Ya veo que lo has descubierto.

Elain asintió, con seriedad.

—Sí.

—¿Cuándo empezó a darle a la botella?

—Hace unos diez minutos. Mientras estabas en la ducha. Parece que tuvo una necesidad imperiosa de probar tu mejor whisky.

Math fue hacia el mueble bar y cogió la botella medio vacía.

—Vaya —exclamó.

Miró en la dirección en que la gata se había ido.

—¿Sobrevivirá?

—Supongo que sí. No se lo ha bebido todo. Utilizó el resto para revolcarse.

—Qué sensata.

Math fue hacia el sofá y se sentó, riendo. De alguna manera, aquella situación divertida sólo había servido para que Elain se pusiera más nerviosa.

Se levantó del sillón y caminó hacia el taburete en el que Math había dejado la toalla. La recogió y se pasó los dedos por el cabello. A su espalda se encendió una tenue luz.

—Ven aquí.

Se lo pidió con dulzura, amablemente, no como una orden. Aun así, había algo en su entonación que la obligó a quedarse donde estaba, y sintió un escalofrío que le recorría la espalda. Se volvió, incapaz de resistir el impulso, y lo miró por encima del hombro.

Estaba sonriendo. Sus ojos parecían más cálidos bajo la luz de la lámpara, y los párpados le caían ligeramente.

—Siéntate aquí —señaló el sofá que estaba a su lado.

Llevaba un peine plateado.

—Deja que te desenrede el pelo.

Elain sabía que si se sentaba a su lado estaría perdida. Fue hacia él, se volvió y se sentó con las piernas cruzadas, frente a sus rodillas. Math le puso las manos sobre los hombros para que se echara hacia atrás, y abrió las piernas para que ella se acomodara. Le pasó las manos por la cabeza y empezó a deslizar el peine por su cabello, hasta bajar a la altura de los hombros, Elain sintió sus dedos electrizantes. Era como si recibiera una descarga sobre la cara y el cuello, la espalda y los hombros, a través del pecho, el estómago y la piernas. Lo podía sentir hasta en las pestañas. Se cambió de postura, nerviosa, y extendió las piernas.

Llevaba unas mallas marrones de algodón y un jersey del mismo material, color crema, y estaba descalza. Mientras Math pasaba el peine por el pelo mojado, Elain encogió los pies. La luz de la lámpara parecía envolverlos, mientras el sol se ocultaba tras las montañas y las sombras invadían el resto de la habitación.

Tenía los pies de Math a ambos lados. Eran fuertes y musculosos, y sus tobillos estaban cubiertos de un vello oscuro y rizado. Sentada entre sus piernas, se sentía pequeña y a salvo, lo que no la ocurría desde hacía años. Se preguntó si Math sería tan sensible a su contacto como ella al suyo.

Se dio cuenta demasiado tarde de que Math podía encontrar la pequeña marca de la oreja. En aquel momento, él se detuvo para beber un sorbo y después se inclinó para alcanzarle su copa de coñac. Ella la cogió, agradecida, feliz de saber qué hacer con las manos. Dejó que sus sentimientos afluyeran, animada por el alcohol.

Cuando Math acabó, le pasó las manos por los hombros y empezó a masajearle el cuello. Elain cerró los ojos y echó la cabeza hacia delante, estremecida. Sabía cómo iba a acabar aquello. Pensó que debía irse, pero no fue capaz de hacerlo. Estaba ansiosa por sentir sus caricias, y no podía perder aquella oportunidad.

Math le masajeó el cuello, los hombros y la parte superior de los brazos, hasta relajarlos por completo. Después Elain se volvió, se arrodilló y le rodeó la cintura con los brazos, para recostarse en su regazo.

Apoyó la cabeza sobre su miembro erguido, y se echó hacia atrás, sobresaltada. Parecía verdaderamente sorprendida, pero Math la sujetó por los brazos.

—Tranquila—dijo con firmeza—. Elain, tranquilízate.

Elain estaba temblando como una hoja en medio de un huracán. Sin darse cuenta, habían llegado demasiado lejos. Pensaba que Math no había reparado en la sensualidad de la situación. Qué equivocada estaba. Y eso que Math sólo le había tocado los hombros, y ella ni siquiera lo había rozado a él.

Él la estrechó contra su pecho y se inclinó para besarla con dulzura.

—Donde la abeja liba —susurró y volvió a besarla— libo yo también.

Y aunque no solía comprender las metáforas, entendió que Math estaba comparando su boca con una flor.

En aquel momento, todo empezó a despertar sus sentidos: las caricias, la voz, las palabras que Math le decía, e incluso su propio pelo que le caía sobre el cuello. Math volvió a besarla y ella gimió.

—No haremos nada que no desees —susurró Math—. Nada para lo que no estés preparada.

Elain pensó que toda su resistencia resultaría inútil.

Sin saber cómo, se encontró tumbada en el sofá, con Math entre sus piernas, la pierna izquierda tras su espalda y la derecha junto a su regazo. Él le acariciaba, ya sin dulzura, los muslos, el estómago, los hombros y los brazos, y Elain se estremecía, pidiendo más. Math le pasó la mano por los muslos, despacio, esperando una protesta, pero Elain ya era incapaz de resistirse. Deslizó los dedos bajo el jersey, sobre el estómago y hacia sus senos, y los recorrió una y otra vez, hasta que Elain estuvo saciada de sensaciones.

24Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 9 continuación Mar 10 Mar 2009, 19:44

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Elain sabía que ya no podía echarse atrás, no podía detenerlo ni con un palabra, una mirada o una caricia. Math deslizó los brazos tras su espalda, la levantó y empezó a subirle el jersey sobre la cabeza.

Lo arrojó al suelo, y entonces se quedó con­templando los ojos entrecerrados y anhelantes de Elain. «Vaya, Elain, tendrías que haberme avisa­do». Volvió a escuchar las palabras de Greg. Pero no podía hacer ni decir nada, sólo podía esperar a que Math la tocara.

El se inclinó y besó la garganta de Elain, y poco a poco fue bajando hasta el sencillo sujetador que siempre llevaba. Deslizó las manos bajo las hom­breras y Elain respiró profundamente.

—Math —susurró.

Él se detuvo y ella observó los músculos tensados de su mandíbula.

—¿Quieres que vaya más despacio? —preguntó suavemente—. ¿Lo dejamos?

Elain cerró los Ojos, incapaz de hablar, y después volvió a abrirlos. Se encontró con la mirada pro­funda de Math, y deseó ahogarse en ella,

—Math —volvió a susurrar.

Él le desabrochó el sujetador y se lo quitó.

Elain sintió un pequeño escalofrío, mezcla del miedo y el deseo. Observó a Math mientras miraba sus senos desnudos y sólo descubrió deseo en su mirada.

Desesperanzada, se mordió los labios. Math se inclinó y besó sus senos, Elain sintió el calor de su mano sobre el pecho dañado y su boca des­lizándose por él.

—¿Qué estás haciendo? —gritó.

Le resultaba incomprensible que no le importase tocar su seno defectuoso.

—¿Qué estás haciendo? —repitió.

Math levantó la cabeza y la miró.

—¿Qué ocurre, mi amor? —susurró—. ¿No puedo besarte?

—¡Ahí no! —gritó como una niña.

Math apartó la mano, sorprendido, lo miró y después se volvió hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque es horrible. Está deformado. Soy horri­ble —dijo.

La verdad resultaba dolorosa, pero debía enfren­tarse a ella.

Math se inclinó hacia ella y perdió el control. La besó en los labios con pasión, sin prestar aten­ción a sus palabras. Después la miró, casi enfadado.

—No eres horrible —dijo—. Eres la mujer más bella que he conocido. Tus senos son hermosos y tu cuerpo también lo es. Tu rostro es como una flor. Y te deseo.

—¿Aún? —preguntó, con una voz que no parecía la suya.

—Siempre—dijo él—. ¿Qué quiere decir ese aún?

Elain cedió ante su mirada apasionada.

—Tenía miedo. Pensé que si lo veías...

No pudo continuar. Luchaba por controlar el torbellino de sentimientos que la envolvía.

—Me quemé —explicó, al ver que él no decía nada. Es un injerto.

—¿Y qué pensabas que haría cuando lo viera? —preguntó Math.

Elain vio un brillo en sus ojos que aún la atemorizaba. Tragó saliva y no le contestó.

Math la miró y la abrazó. Después se inclinó y Elain volvió a sentir el calor de su boca en el pecho. Pero cuando sintió el contacto de su lengua ya no sentía miedo, sino que se dejaba arrastrar por las sensaciones. Se estremeció al descubrir que había recuperado la libertad. Curvó la espalda y gritó, y Math supo que por fin se entregaba libremente.

De repente, Math le agarró el brazo con fuerza. Elain abrió los ojos y lo miró.

—¿Eso es todo? —preguntó Math.

—¿Todo?

Apenas podía hablar, sumida en el nuevo mundo de sensaciones que estaba experimentando.

—¿No temes nada más?

—¿Qué quieres decir?

No sabía de lo que le estaba hablando.

—¿Ningún hombre te ha hecho daño? ¿No tenías miedo de hacer el amor conmigo?

Elain no entendía nada en absoluto.

—Tenía miedo de que cuando lo vieras, no quisieras...

Intentó explicarse, pero fue incapaz. Como si sus palabras le hubieran hecho perder el control, de repente, Math la rodeó con los brazos y la besó con desmesurada pasión.

—Elain —susurró—. Creía que...

Pero entonces volvió a besar su cuello, sus senos y sus brazos y empezó a recorrer de nuevo su cuerpo con los labios.

Elain se despojó de las mallas y Math recorrió con las manos y con la boca sus zonas más íntimas. Ella gritó llevada por la pasión y se sumió en un mundo de sensaciones nuevas y desconocidas.

Perdió la noción del tiempo. Math estaba desnudo, encima de ella, y tenía un atractivo irresistible que la cautivaba por completo. La alzó para sentarla sobre sí. Elain gimió, temerosa de lo que iba a ocurrir y escuchó a Math pronunciar su nombre como si fuera una palabra secreta y muy preciada.

Ninguna experiencia la guiaba. Él era su único guía, y con toda seguridad, la conduciría a través de un mundo salvaje y desconocido, donde encontraría el placer más insospechado. Math la levantó, la besó y la acarició hasta hacerle perder el control.

Después la estrechó contra sí, con los brazos alrededor de su cuello y los ojos encendidos por la pasión.

—Bésame —le ordenó—. Bésame, Elain.

Ella le acarició el pelo y lo besó con avidez. Recorrió su boca con la lengua y después deslizó los labios por su rostro.

—Math —susurró.

Se sentía segura y confiada pronunciando su nombre.Volvió a besarlo. Math susurró su nombre. Al escucharlo, Elain se vio envuelta en otra oleada de profundas sensaciones, y entonces sintió un placer incontrolable.

25Querido Enemigo por Alexandra Seller Empty Capitulo 10 Miér 11 Mar 2009, 16:28

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MÁS TARDE, Elain descansaba en el sofá, a salvo entre sus brazos. Se estrechó contra su pecho, ligeramente aturdida.

—Nunca lo había hecho —dijo.

—Ya me he dado cuenta —dijo Math, no sin cierta sorpresa —¿Cómo es posible?

—Nunca pensé que alguien pudiera...

Math esperó la respuesta, pero Elain fue incapaz de continuar.

—¿Que alguien pudiera qué? ¿Descarte? —dijo, con incredulidad.

Elain asintió.

Math se inclinó y la miró.

—¿Cómo puedes creer que alguien pueda no desear a una mujer tan bella y atractiva como tú? ¿Y cómo es que nadie te lo ha demostrado?

Ella sonrió, sin acabar de creerlo.

—¿Crees que los otros hombres son como tú?

No estaba segura de haberse explicado bien.

—Si lo que yo piense puede hacerte creer que eres deseable, la respuesta es sí, sin lugar a dudas. Pero no le des muchas vueltas —la rodeó con un brazo—, porque ninguno de ellos te tendrá.

—Greg decía... Bueno, cambió de actitud cuando... —respiró profundamente antes de acabar la frase—. Cuando me vio desnuda.

De repente, la imagen de Greg se convirtió en un recuerdo estúpido. Entonces se dio cuenta de lo tonta que había sido al dejar que un momento desagradable le amargara la vida. Empezó a reír.

—Fíjate, en el instituto era una figura en el deporte. Después consiguió una beca deportiva, se fue a una universidad estadounidense y se licenció en abdominales, o algo parecido.

Elain estaba tumbada de espaldas a Math y él la rodeó con los brazos y cubrió sus senos con las manos. De repente, Elain empezó a llorar. Por fin se sentía a salvo.

—Gracias —dijo.

Al escuchar su voz quebrada por las lágrimas, Math se inclinó y la besó en la mejilla. Él también tenía los ojos húmedos.

—¿Por qué lloras? —preguntó Elain.

—¿Estoy llorando, cariño? Supongo que es porque tu explicación no tiene nada que ver con lo que había imaginado.

—¿Y qué habías imaginado?

—Reaccionaste de una forma tan violenta el otro día en la fortaleza que pensé que alguien, de alguna manera, te había hecho odiar el sexo.

—¿Creías que me habían violado?

—Algo parecido.

—¿Y qué pensabas hacer?

—Esperar el tiempo que fuera preciso.

Elain supo que era sincero y que siempre podía haberse sentido segura a su lado. Habría estado dispuesto a esperar, sin perder la paciencia.

—Pero me alegro de que no haya sido así —concluyó.



Por la noche, Elain se despertó a su lado. La luna llena iluminaba la cama a través del tragaluz, pero Elain sentía que aquella luz provenía de sus propios ojos, como si fueran capaces de ver en la oscuridad. El mundo parecía mágico y distinto, y se sentía como si acabara de nacer.

Se levantó de la cama y caminó por la habitación. Hasta entonces, nunca había dormido desnuda, y se deslizó entre la luz y las sombras, sintiendo que la propia luna la había aceptado tal y como era.

La luna aparecía perfectamente enmarcada en el tragaluz e iluminaba todo el salón. Elain levantó las manos sobre la cabeza e hizo una pirueta, alzó la cabeza hacia la luna y bailó al compás de una música que oía en su interior.

Escuchó el ulular de un búho y lo comprendió. Entendía a todas las criaturas de la noche, que adoraban como ella a la diosa luna. La noche vivía en su interior. Fue hacia la ventana y contempló la oscuridad, los colores misteriosos y los suaves movimientos de las sombras. Sobre la colina, vio la torre de la fortaleza, que se alzaba inexorable y parecía cobrar vida bajo la luz de la luna. Elain permaneció inmóvil durante un momento, casi sin respirar, contemplando aquella visión. Y deseó poder formar parte de la noche, como el búho, el zorro, el rocío que cubría la hierba y el canto de los grillos.

Los poetas hablaban del día de la creación, del despertar de la luz en la oscuridad. Para Elain aquella era la primera noche. Estaba segura de que el creador, que había originado la luz, también había originado la oscuridad, ya que la noche no podía existir sin la ausencia del día.

Se dirigió hacia la chimenea y miró el sofá. Los recuerdos la asaltaron. Vio el rostro de Math., su mirada profunda y apasionada, y se estremeció. Pasó la mano por el brazo del sofá, con suavidad, y cerró los ojos, reviviendo las sensaciones de unas horas antes.

El búho volvió a ulular.

—Gracias —susurró, en respuesta—. Gracias.

Cuando se volvió reparó en la estantería, junto a la cual otra mujer, en otra vida, había estado arrodillada aquella tarde. Se acercó, sonriendo. Pensaba en la forma en que el amor había transformado a aquella mujer. La luna iluminaba la estantería, y descubrió una sombra en el lugar en el que había colocado apresuradamente uno de los libros, justo cuando Math llegó para cambiarle la vida.



Al colocar el libro debía haberlo empujado demasiado. Se inclinó y lo sacó. Heridas que sangran con profusión, de Taliesin. Abrió el libro y le quitó la cubierta de papel. Se quedó mirando la parte trasera frunciendo el ceño. La luz de la luna a veces engañaba.

Encendió la lámpara que estaba junto a la estantería para verlo mejor. No era un efecto de la luna. Sobre el nombre del autor, Taliesin, había una fotografía de Math.



Cuando volvió a la cama, la luna había desaparecido. Se deslizó bajo las sábanas y se acercó a Math. A pesar de la cálida noche, se había quedado helada, y se estrechó junto a él.

—Mmm —murmuró, adormecido. La rodeó con los brazos.

—Nada —dijo Elain.

—Mmm.

Pensó que era maravilloso poder sentir su cuerpo cálido junto a ella. Se apretó más contra él y sonrió. Math se revolvió como si de repente recuperara la consciencia.

—¿No puedes dormir?

—No. ¿Math?

—¿Sí?

—¿Tú eres Taliesin?, ¿el escritor?

—Mmm.

Math bostezó y se estrechó contra ella.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Volvió a bostezar.

—Supongo que lo iba a hacer en cualquier momento.

—Eres famoso, ¿verdad?

Math abrió los ojos y le rodeó la cintura.

—No exactamente. ¿Te supone algún problema?

—Claro que no.

—Pensaba decírtelo mañana, si esto ocurría. He tenido una idea.

—Cuéntamela.

Bostezó una vez más.

—No. Ahora vamos a dormir —dijo.

Elain se abrazó a él, con la nariz a la altura de su cuello. Sintió el agradable aroma de su cuerpo y se recostó en su hombro.

—¿Qué idea has tenido?

Math tenía los ojos entrecerrados, y una sonrisa se perfiló en sus labios.

—¿Qué?

—¿Qué estás pensando? —repitió.

—¿Ahora?

—Sí.

—La verdad es que estoy pensando en lo mucho que me gustaría volver a hacer el amor contigo, y me preguntaba si tu cuerpo podría soportarlo. ¿Qué me dices?

Levantó la cabeza y le acarició el hombro y el brazo.

—Estoy dolorida —admitió, sorprendida—. Hacer el amor es doloroso, ¿verdad?

—Sólo la primera vez, cariño.

—Ah.

Math continuaba masajeándola y sus caricias le hacían temblar.

—Siento que estés tan incómoda.

Math se apoyó sobre el codo y la miró, mientras le apartaba el pelo de la cara. Elain lo miró y él sonrió.

—¿Si te beso el sitio que te duele te encontrarás mejor?

Aquella proposición la sobresaltó. Se mordió un labio.

Antes de que dijera nada, Math se deslizó bajo la sábana, con las manos en sus muslos. Elain sintió la dulce presión de sus manos al separarle las piernas, y después otra presión diferente, como el roce de una pluma, que despertó todos sus sentidos. Gimió, disfrutando del placer que Math le proporcionaba.



—¿Por qué escribes bajo un pseudónimo? —preguntó Elain, por la mañana.

Se habían levantando temprano, y habían tomado la senda que llevaba a Pontdewi, con intención de desayunar allí. La noche anterior no habían cenado, y por la mañana, llegaron tarde para el desayuno. Aquello podría levantar sospechas entre los huéspedes del hotel, pero Elain era tan feliz que no le preocupaba.

—Así que ¿no puedo ser un personaje anónimo?

—¿Alguna vez has publicado algo con tu propio nombre?

—Nunca.

—¿Y no te gustaría?

Math se dio la vuelta para mirarla.

—Cuando tenía veinte años creía que si era famoso tendría más éxito con las mujeres.

Se reía tanto como de sí mismo como de Elain, pero ella no pudo unirse a la broma. Aun así, creía que tras aquel tono jocoso, había algo que no era tan divertido.

Le resultaba extraño. Ella nunca podría pintar bajo otro nombre. Pensaba que la vida era muy corta, y que si podía hacer alguna contribución al mundo del arte, quería que se le reconociera. Pero el sol brillaba entre los árboles, y aquel paisaje era demasiado hermoso para pensar en algo tan fugaz como la fama y la inmortalidad.

—¿Por qué escogiste ese nombre?

—Es el nombre de un poeta galés del siglo seis. Tal vez resulte un poco presuntuoso, pero tenía sólo veintiséis años cuando lo elegí.

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